Póker y tragos. Recuerdos (Capítulo 14)


Bernardo consigue casi todo lo que propone para la timba de póker y los secretarios de Sede Central se lo llevan por la tarde, con tiempo suficiente para dejar preparada la zona de juegos antes de la cena. Tiene la esperanza de que si los compañeros de experimento, tan raros y asociales como para rechazar una partida amistosa, ven el ambiente, la parafernalia, se animarán a participar. En su cabeza no cabe la posibilidad de resistirse a todo ese aparataje que puebla los sueños, al menos, sus sueños; y es que no podemos olvidar que Bernardo es ludópata. Con el esfuerzo y las manos de los secretarios, coloca la mesa de juego bajo el foco luminoso de una de las fluorescentes del techo y a su lado el mini bar, que en una falta de entendimiento entre las peticiones y su recepción, de la que el señor Loup no se va a quejar, ha resultado ser un mueble con bebidas, condimentos, vasos y heladera; en vez de las botellas y los hielos que creía que traerían para los tragos. Lo sitúa entre la mesa y una ventana cercana, el rincón para la partida queda muy elegante, han escogido dos muebles que pegan a las mil maravillas, pero llega al culmen de la perfección cuando Bernardo reparte las fichas, dejándolas en sus respectivos soportes. Después del trabajo duro se da una ducha y una hora más tarde, los sujetos del experimento han terminado de cenar y quienes habían confirmado su asistencia se quedan en la sala y los que no, no.

El ambiente no es el más confortable, cinco desconocidos frente a una mesa de póker, los doctores se conocen desde hace más tiempo, desde que comenzó el experimento hace unas pocas semanas, y por mucho que se esfuerce Bernardo con juegos de palabras y chascarrillos, los primeros minutos son incómodos para todos hasta que, en un acto de inteligencia emocional, se ofrece para preparar los tragos. Los doctores Lorenzo y Garriga piden sendos roncolas, Méndez un gintonic y Mariola un whisky doble con hielos. Esta propensión alcohólica de sus compañeros de partida agrada a Bernardo, sabe por experiencia propia que es más sencillo ganar a un borracho. Así que con toda la amabilidad del mundo se convierte un instante en el barman que le han negado en sus peticiones y con aspavientos y comicidad, cual Tom Cruise en Cocktail, termina las bebidas que el resto recoge con gratitud. Con los vasos en las manos todos parecen recobrar la confianza y tras una primera probada se sientan a la mesa, afables sonrisas en sus rostros y sin poder reprimir sus ganas, Bernardo barajea las cartas con habilidad, cual Tom Cruise en Rayman, y reparte explicando las reglas que regirán la partida de hoy.

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Jugamos Texas hold’em, dos cartas en mano, sin cambios, cinco al centro. Repartiremos una vez cada uno, apostamos 50 euros cada uno y el reenganche son 25 más y… y ya está.

Levanta su copa para un pequeño brindis que al resto alegra, pero que él utiliza de forma taimada, quiere que beban sin complejos y los primeros tragos siempre son los más amargos. La mentalidad de jugador en su máxima expresión, cual Tom Cruise en El Color del Dinero.

En las primeras manos la estrategia de Bernardo funciona a la perfección y cuanto más alcohol pierden los vasos, más dinero pierden sus contrincantes y más gana él, que previniendo la situación al preparar las copas, en su ruso blanco ha puesto mucha más leche que vodka. Se felicita a sí mismo por su plan magistral, simple y fácil, pero magistral, cual Tom Cruise en Misión Imposible. Aunque todo lo previsto se tuerce y se pierde cuando comienzan la tercera copa y los comentarios amables e impersonales del inicio, evolucionan a conversaciones más íntimas y sinceras.

Es en esta situación donde Mariola se siente más cómoda, como si en su fuero interno estuviera deseosa de librarse durante unos instantes de su personalidad secundaria, la que le sirve de coraza frente al mundo, y mostrarse ante estos cuatro señores con su verdadero ser. Es por ello que desde el primer trago de la tercera copa, Mariola no hace más que preguntar, a los doctores sobre todo, ya que se muestran más receptivos sobre sus vidas personales mientras ella dispara preguntas, cual Tom Cruise soltando soflamas en Magnolia.

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¿Tenéis pareja? ¿Estáis casados? ¿Ah, sí? ¿Y tenéis hijos? ¿Qué música os gusta? ¿Vais al cine o sois más de series? ¿Os lleváis bien con la familia? ¿No? ¿Qué no soportas a tu suegra? ¿Y tú? ¿No aguantas a tu cuñado, eh?

Y así hubiese continuado hasta la eternidad si no fuera porque los gustos del doctor Garriga coinciden de manera sorprendente con los suyos. Mariola nota esas semejanzas y sin buscarlo conscientemente, terminan conversando ellos dos solos; el resto se centra de nuevo en la partida, el juego debe continuar. A la par que pierden dinero, el doctor Garriga y Mariola Piola, generan una confianza mutua que se ve reforzada por la posición en la mesa, uno al lado de la otra. Bernardo no para de ganar manos, cual Tom Cruise de éxito en éxito en la década de los 90, hasta que Garriga suelta un grito levantándose de la silla de un salto, se mueve con nerviosismo y no puede controlar los aspavientos ridículos de sus brazos, cual Tom Cruise en el show de Oprah.

¡Pero no me lo cuentes! Te estaba cogiendo cariño y ahora… ¡Ahora tengo que informar de que estas embarazada! ¡Te pueden echar del experimento y necesitas la pasta!

Mariola no tiene respuesta y solloza, los otros dos doctores recuperan la sobriedad ante el escándalo y clausuran la sala de juegos al instante. Por su parte Bernardo Loup, contento con las ganancias obtenidas, dirige sus pensamientos hacia un único punto.

¿Y estando embarazada se ha bebido todo ese whisky? Cómo se ponen algunos por unos tragos… Bueno, cada uno a lo suyo…

Ya en su cuarto se mete en la bañera, activa el hidromasaje y enciende la televisión que pidió para el baño. Entre toda la gama de películas a las que tiene acceso, busca su favorita, esa que nunca se cansa de ver, Top Gun. Suelta un suspiro y cierra los ojos durante los créditos, las cámaras le graban, el relax en su máxima expresión.

Ah… Tom Cruise… el mejor actor de la historia…


A la mañana siguiente la reunión entre los alfas del experimento, Braxton Hicks y el Director, se resuelve rápido. Él le pregunta a ella.

¿Qué le parece?

No me importa que esté preñada, no creo que afecte a nuestros objetivos.

Ahora ella le pregunta a él.

Y tú, ¿qué opinas?

A lo que le Director responde con una vehemencia inusitada.

Creo que hay que sacarla de inmediato, su hijo tiene derecho a la vida…

Pareciera entreverse un ápice de empatía, correcta o no, en su actitud.

La sustituimos y que se busque la vida, no quiero llevar sobre mi conciencia la muerte de su vástago.

Ah, no, perdón, me he confundido empatía con egoísmo.

Quedan cuatro.

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