Paco el blanco 1


A Paco, su pelo claro, casi blanco en la niñez, le ha traído confusiones toda la vida, muchas veces le creyeron del norte o del este de Europa, incluso estadounidense, cuando caminaba por el centro de su ciudad, una de las capitales turísticas del país. En bares y restaurantes le preguntaban que qué quería en inglés cuando iba bien vestido, pues le confundían con un guiri, y le echaban de muchos cuando se descuidaba la barba y los ropajes, por parecer alguien de las repúblicas exsoviéticas cercano a la indigencia. Tuvo unas sencillas niñez y juventud como hijo de familia de clase media, de la real, no  de esa clase media inventada por el sistema para calmar a, la antes llamada, clase trabajadora. No fue buen estudiante pero se le daba muy bien y con menos esfuerzo del que otros hacían gala, se formó con varias carreras y masters en la universidad. Después salió al mundo real, al principio todo marchaba como esta sociedad decía que debía marchar: pareja, amigos, trabajo… hasta que un día el capitalismo salvaje en forma de OPA hostil destruyó su sueldo, después cuestiones personales se llevaron por delante su incursión como emperdedor y finalmente la crisis económica que decían pasada, nunca se marchó, y a él le acompañó durante años. Tanto fue así que tuvo que ir a pedir ayudas estatales para subsistir a pesar de que su aspecto externo no reflejaba la necesidad.

Paco Roto 11 de 13 de Jordi Bernabeu

Ahora espera su turno en la institución, escribe y escucha música mientras tanto, apoyando su libreta sobre la carpeta que guarda toda la documentación necesaria. Cada pocos segundos levanta la mirada hacia la brillante pantalla informativa, todavía queda gente por delante. Es entonces cuando se percata que de forma inconsciente hoy se ha vestido con una formalidad inusual, camisa y zapatos incluidos, lo que para algunos es normal, para él es elegancia. Recapacita sobre el porqué y acierta a encontrar la respuesta, él, que se jacta de no tener prejuicios, en realidad sí que los tiene. En su subconsciente, venir aquí y pedir la ayuda es un reconocimiento de su fracaso, a pesar de que en realidad no sea más que otra herramienta del autodenominado estado del bienestar. Inmerso en sus pensamientos internos como estaba necesita del pitido que emerge de la pantalla indicando que su turno ya tiene asignada una mesa.

Se levanta y avanza hasta la mesa veintisiete, se sienta con una sonrisa nerviosa y comienza la burocracia. Varias dudas y encontronazos después, el funcionario le acepta la documentación a pesar de haber mostrado reticencias a hacerlo. Paco, con su metro ochenta blanco, pues su piel sólo permite dos tonos: pálido o rojo, se levanta y se despide y mientras recoge los papeles y la capeta en la mochila, observa cómo le mira su para nada amable interlocutor y como un segundo más tarde ya se ha girado para comentarle algo a su compañero. En la mirada ha creído leer un desprecio que no comprende y al que por tanto no da importancia, hasta que ya de espaldas, yéndose, escucha el comentario del hombre que debería, como mínimo, tratarle igual que al resto:

¿¡Pero le has visto!? Qué va a necesitar nada, no es más que otro “hippioso” que quiere aprovecharse del sistema…

Al oírle agacha la cabeza, la tristeza le invade, los prejuicios tienen muchas formas y a todas las víctimas, nadie se libra y lo peor, cuesta mucho ver, aceptar y actuar en consecuencia con los propios. De hecho se hace tan fácil negarse a hacerlo, que gracias a ello los políticos racistas y fascistas, tan incompresiblemente aceptados en la actualidad, están haciendo su agosto.

Esta pena que ahora le recorre también le da ideas:

Cinco relatos cortos con los prejuicios raciales tópicos y típicos… se llamarán… Miradas, y serán un conjunto que se lea por separado: Norberto el sudaca, Joe Doe el negrata, Lee el chino, Osama el moro y por supuesto yo, Paco el blanco.


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