Osama el moro (Miradas 4)


Hace ya mucho tiempo que su nombre, Osama, le trae problemas y eso que hace más de veinte años que vive en Europa. Llegó como estudiante de ingeniería informática tras un acuerdo de intercambio entre su universidad, la de Teherán, y la de Cambridge. Allí se sacó una de las titulaciones con mayor prestigio del centro, aunque no fue, por mucho, el primero de la clase, su aprobado le ofertó muchos trabajos donde comenzar. Aquellos que todavía confíen en que estas entidades universitarias privadas basan sus precios en la calidad de sus catedráticos y en la extrema validez de sus conocimientos, se equivocarán a medias y un poco más, pues en una educación basada en objetivos finales y no en el aprendizaje en sí, hay un propósito más importante que el resto, conseguir un empleo, y es por esto que los precios de estas universidades son prohibitivos, porque aparte de una buena educación, se supone, compras un futuro seguro. Y precisamente fue eso lo que Osama creyó encontrar en su momento.

Después se hizo famoso otro Osama, bin Laden, y su Al Qaeda y sus aviones y la criminalización de todos los árabes y comenzó la primera fase del odio al diferente en esa Europa, que con inocencia, había creído suya también. Luego vino el atentado en Londres y la animadversión que surgió en los ingleses hacia su persona, le hizo emigrar a Francia. Allí pasó otros tantos años, prolíficos en cuanto a realización personal ya que tanto su mujer como su hija siguen siendo francesas, claro que tras la felicidad llegaron fases más negativas. Dos nuevos atentados perpetrados por otros que sus conciudadanos consideraron, por alguna extraña razón, iguales a él. Así pues el ISIS y el ascenso del racismo de Le Pen, le obligaron a emigrar de nuevo. Esta vez con más miedo si cabe pues la sociedad era más violenta que en su época inglesa y además ahora, tenía más que perder. Continuaron su peregrinación europea cada vez más al sur y  terminaron en Barcelona.

Se decidió por la oferta laboral catalana porque en Madrid ya hubo, en su día, un atentado del que indirectamente la sociedad le podría culpar y tuvo suficiente en Londres. Lo que también decidió por su cuenta al llegar a la ciudad, fue reivindicar y recordar sus orígenes, a pesar de que dejó la religión musulmana atrás al marchar de su país natal. Lo hizo utilizando la vestimenta de su región en Irán, los días de fiesta se viste con ella ya que en los ordinarios tiene miedo de la reacción de sus compañeros. Y así es como ha bajado hoy domingo a pasear a las Ramblas como es su costumbre, incluso después de los últimos atentados que sucedieron hace unos pocos años. Aprovecha para llamar a su familia, quiere contarles que le han ascendido a ingeniero jefe del departamento, habla con su madre, con su padre, con su tío y claro, lo hace en persa.

Aun no entendiendo lo que dicen se aprecia la felicidad en el idioma y los gestos, al menos así sería si los prejuicios no estuvieran recorriendo el mundo como un germen inmortal. A su lado pasa mucho blanco y ninguno se percata de su regocijo, de hecho pareciera, por sus miradas, que les molestase la alegría del extranjero y aunque al principio a Osama le parece que esta sensación es plenamente suya, tras unos minutos ocurre algo que le contradice y le subleva. Y como no podía ser de otra manera ese algo es más bien alguien, tres chavales que no han tenido tiempo para vivir ni aprender con sus dieciséis años, expresan con palabras apenas audibles lo que el resto hacía con sus ojos:

Nosotros les dejamos venir, les damos libertad y ellos vienen y nos ponen bombas y quieren destruir el estilo de vida europeo…

Osama, antes de comenzar un enfrentamiento que no le apetece, les dirige su mirada, directa, sin medias tintas aunque sin mediar palabra y los adolescentes, hundidos ante el sufrimiento y la persecución que reflejan las pupilas del ingeniero, se asustan y aceleran el paso visiblemente. Incluso uno de ellos, con la voz más aguda que el miedo puede crear en sus cuerdas vocales, suelta:

Lo siento, por favor, no me hagas daño.

Cuando desaparecen a toda velocidad en una bocacalle, la rabia de Osama se convierte en un coctel de tristeza y hastío y aún con las felicitaciones familiares al otro lado del teléfono, sólo puede pensar:

No quiero irme también de aquí… estoy tan cansado.   

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