Ingenieros y doctores. Recuerdos (Capítulo 11) 2


Primera hora del primer martes del experimento, la primera reunión en la Nave Industrial comienza con tan sólo dos participantes, las piezas básicas de este rompecabezas: el Director y la doctora Braxton Hicks; quienes tras las pertinentes salutaciones, discuten el punto importante del día.

De acuerdo Director, ¿quién cree que debería ser el primer sujeto de la Máquina?

Creo que está meridianamente claro para los dos, aquel con el que no tenemos obligación alguna: John Doe.

Me alegra comprobar que compartimos la misma visión sobre la experimentación y el experimento en sí mismo. Sin duda es la mejor opción, ni tan siquiera los padrones le echarán de menos y si surge cualquier complicación, cosa casi imposible, porque como científica sé que imposible no hay nada, podremos solventarla para los sujetos más aptos.

No se puede estar más acertada.

Los dos aceptan con la mirada que la reunión finaliza y cada uno se marcha a dirigir a su equipo, ingenieros y doctores.

Si os soy sincero tengo una preferencia entre ellos, ingenieros y doctores, porque por muy imprescindibles sean las máquinas, prefiero escribir sobre personas. Así pasaré de puntillas, muy rápido, por los primeros para centrarme en los segundos.

Los ingenieros aprietan botones, conectan cables, sueldan placas, resuelven complicados cálculos y realizan comprobaciones mecánicas. Por su parte los doctores, reciben una charla con las instrucciones para el día. El Director mientras volvía  a Sede Central, la Nave es territorio de Braxton Hicks, le comunica a Ricardo la anterior resolución y se despide. ¿El responsable para todo lo demás? El cuñado del doctor Méndez.

Acérquense doctores, gracias… hoy comienza de verdad la segunda fase del experimento, el primer sujeto de pruebas será John Doe, así que vuestra labor más importante será acompañar al resto de sujetos por las zonas comunes y ayudarles a normalizar su estancia y a convivir con la espera. Imagino que ya habréis revisado los planos que les entregaron y que no he de explicarles cómo hacer agradable la vida de un desconocido… que es lo que son a pesar de que conozcan sus vidas al dedillo. Confío en su profesionalidad.

Esta reflexión no parece agradar a Pepe, pero a quién le importa, desde luego a su cuñado no, que prosigue.

Por mi parte… yo llevaré a John Doe a la zona de laboratorios y por si acaso la curiosidad científica no es suficiente estímulo para ustedes, recuerden que el sistema de incentivos y bonificaciones continúa vigente y lo que es mejor, con mayores emolumentos.

Los doctores Garriga y Lorenzo sonríen y la charla termina y cada uno marcha a sus labores. Los tres subalternos esperan en el patio a que los sujetos salgan de sus habitaciones para desayunar, pues al comedor sólo se llega cruzándolo y cuando estos hacen su aparición, en vez de una comitiva de bienvenida, los doctores y el espacio se asemejan a una cárcel. Durante todo el día el ambiente penitenciario se apodera de las situaciones, aunque por las ostentosas habitaciones pareciera una cárcel de lujo, es cárcel al fin y al cabo.

El cuñado del doctor Méndez llega a la celda (perdón, habitación, habitación…) de John Doe y no espera, como han esperado al resto, a que se despierte y desde la distancia, en el pasillo, activa el despertador que colocaron en cada habitáculo. Se escucha a John Doe blasfemar a través de la pared, no importa; por el intercomunicador le indica que se vista con el mono blanco de tejido recio parecido al vaquero que le han dejado sobre la silla. El sujeto, que por su prioridad ha perdido de nuevo su nombre y que de ahora en adelante será Sujeto A, se queja de que entren mientras duerme aunque no deja de vestirse como le han indicado. En el momento justo en que la prenda cubre todas sus intimidades, Ricardo y dos de seguridad entran en sus aposentos. ¿Casualidad o les están observando constantemente? Sujeto A no tiene ninguna duda.

ingenieros y doctores Meet_John_Doe

Por favor, acompáñeme.

Le tiende la mano hacia la puerta por la que ha entrado y contraria a la que da al patio, los compañeros del cuñado tan sólo hace más evidente la falsa amabilidad. El Sujeto A avanza por donde exigen, amablemente eso sí, mientras Ricardo comenta.

¿Sabe que es usted quién inaugurará este gran avance científico?

O se excusa.

Siento que no haya podido desayunar, pero es imprescindible realizar esta parte en ayunas, tranquilo que el buffet le estará esperando luego…

Y cuando el Sujeto A está seguro de que a su interlocutor ya sólo le queda comentarle la apariencia de sus deposiciones matutinas, arriban a la Sala de Borrado. Nombre por el cual la conocemos nosotros y los participantes del experimento, no así el Sujeto A qué se encuentra ante una puerta doble mecánica con una luz roja encendida al lado del número 32. Las puertas se abren y la luz se apaga y la Sala de Borrado se presenta en toda su magnificencia. Un sillón futurista preside en el centro exacto de la Sala, está sujeto por un hidráulico desde la parte inferior; por las paredes cuadros eléctricos y ordenadores ocupan toda su superficie y varios ingenieros siguen moviéndose como hormigas entre pantallas y botones de inicio. El único hueco de la pared que continúa libre destaca por ser un cristal, limpio y brillante, que presenta a Braxton Hicks como una mezcla de semidiosa y súper-villana. Su bata es muy reconocible tras el cristal pero su cara se oculta al contraluz, sus blancos dientes acompañan a la bata en color y presencia al comerse las uñas con nerviosísimo.

El Sujeto A no se fija en nada de eso, no puede, lo que le rodea está tan lejos de lo que había llegado a imaginar que su presencia en el lugar le parece parte de un sueño. A pesar o por ello continúa  siguiendo las afables órdenes de Ricardo, quien le dirige a la silla, que se descubre robotizada pues al ponerse el Sujeto A en ella, esta le amarra las muñecas, los tobillos y el cuello; algo que el Sujeto A acepta ya que había sido informado por el cordial cuñado del doctor Méndez. Con todo preparado la voz de Braxton Hicks resuena por megafonía.

Gracias, ya puede volver al resto de sus obligaciones doctor. Le avisarán cuando se requiera su presencia de nuevo.

Ricardo lo acepta por lo que es, una orden, y vuelve a su despacho, tiene papeleo, eso seguro, aunque en vez de empezar con él, decide escribir el primer borrador de un discurso para el Nobel. Porque puede que hayáis olvidado que es el responsable último de este experimento, está firmado, pero él no lo olvida y está feliz y contento con ello, aunque creo que dentro de poco dejará de estarlo

Nuestra mirada se dirige ahora a la Sala de Borrado, perdón, la puerta 32. Allí, el Sujeto A sigue en la silla de experimentación, le han puesto un casco sintético que le cubre la cabeza, salvo la boca, y que tiene pegado en la cabeza mediante unas extrañas ventosas. Está asustado y fascinado y expectante y ansioso pero nadie le pregunta, ni le mira, ni tan siquiera parecen percatarse de su existencia. Gajes de convertirse en Sujeto A.

Braxton Hicks pregunta a cada sector si está preparado y ante las confirmaciones, anuncia el comienzo del experimento (creo que ya habéis vivido cuatro comienzos, este es el auténtico).

Compañeros, hagamos historia, revolucionemos la ciencia y pongamos en marcha la Máquina. Activad el primer sector, bien… segundo sector, ok… y tercero… perfecto.

El Sujeto A tiene los ojos inmersos en luz y ya no escucha lo que le rodea, todo es blanco y luminoso, no aprecia ningún foco del que provenga la luz, pero no le incómoda, es agradable. De repente escucha un resorte y un click y de entre la luz surgen dos pequeños puntos negros, se acercan lentos, lentos pero constantes, con tanta constancia que ahora los siente con los párpados, son dos tubos de plástico que no paran. El Sujeto A comienza a sentir dolor, un dolor desesperante que no termina hasta que deja de sentir por completo.

ingenieros y doctores 1

Las luces rojas de error y sus sirenas correspondientes se apoderan de la Sala de Borrado, los ingenieros se aceleran entre sectores gritándose indicaciones de unos a otros, Braxton Hicks aporrea un botón de apagado de emergencia al que claramente le falta energía y ¿el Sujeto A? El Sujeto A yace muerto sobre la silla de experimentación, soportado por los amarres de sus extremidades y con el casco todavía puesto. De este chorrea sangre que le tiñe el mono blanco de tejido recio semejante al vaquero, de carmesí. Cuando logran resetear la Máquina y, por ende, quitarle el casco, se aprecia la causa de la defunción: dos pequeñísimas lentes acopladas a tubos de plástico retráctiles, le han explotado los ojos y se han introducido en su cerebro. Nadie llora, nadie refleja sentimiento alguno salvo los signos de la frustración ante el fracaso manifiesto de la primera prueba. La rabia por sus fracasos contrasta con el cuerpo inerte y tranquilo del Sujeto A, antiguamente conocido como John Doe y más antiguamente conocido por otro nombre que ni él mismo recordaba. Se ha ido, ha desaparecido literalmente en un abrir y cerrar de ojos. Llaman al servicio de limpieza que componen, mira tú qué casualidad, tres tipos enormes con cara de pocos amigos, que sin hacer preguntas, recogen el cadáver y limpian la habitación después de que Braxton Hicks les exija a sus hormigas ingenieras que arreglen estos errores tan estúpidos, y amenace con no poder volver a sus casa hasta que todo funcione mejor que perfecto.

Ingenieros y doctores, torturadores y carceleros.

¿Sujetos? Ya sólo quedan cinco.


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