Escapada de padre e hijo, vol. 5


¿Cómo qué hablaste con ella?

Juan se queda mudo y asustado.

¿¡Pero no te había dicho qué no podías hablar con ella!?

El hijo va a cortar al padre pero este no le deja ya que coge carrerilla.

Es decir, tu madre está de viaje y tú has ido a molestarla, y claro, cómo estamos en una semana lectiva a lo mejor se arrepiente de nuestra escapada, a lo mejor le meten miedo en el colegio y exige que volvamos…

Esta frase le hace temer lo peor al hijo, quien deja escapar un no en forma de suspiro.

Llevo mucho tiempo organizando esta travesía europea para nosotros dos, demasiado tiempo soñando con esto para que… ¡para qué la cagues!

Las lágrimas fluyen copiosas de los ojos de Juan, él no quería estropearlo todo pero tenía morriña, quiera o no, el hijo lleva mucho tiempo viviendo a solas con su madre y esto implica que para él, estar fuera de casa es estar sin su madre y a su edad, se le hace difícil estar tranquilo sin escuchar su voz. Pero los balbuceos provocados por el lloro le hacen imposible explicárselo a su padre, quien ahora se mantiene callado ante la pena que demuestra sin disimulo su hijo. Le acaricia la cara, le revuelve el pelo con cariño y le pide perdón, los dos callan aunque pequeñas gotas saladas siguen cayendo por los mofletes infantiles de Juan, mientras que el coche sigue igual, directo al sueño del más pequeño sin que disminuya su velocidad, ni por supuesto cambien sus emociones.

El resto de la mañana y mediodía hasta la hora de comer, los dos la pasan en silencio, callados ante la misma situación pero con sentimientos distantes, uno, el hijo, con el miedo ante el enfado de su padre y que, por ende, se acabe el viaje europeo, y el otro, Pedro, cabreado con la inseguridad que ha provocado la acción de Juan y sobre todo, porque probablemente la melancolía de su hijo, haya mandado al garete su escapada. A pesar de eso, el padre también tiene en mente el susto que le ha propinado a su hijo y acepta que él no tiene culpa de nada ya que tampoco es que le haya contado toda la verdad de lo que ocurre, ni de lo que ocurrió en su día. Así que ya sentados en la mesa, con los alimentos todavía calientes, el padre actúa como tal al cortar el silencio que se había apropiado de todos los lugares por los que pasaban.

¿Qué tal está la boloñesa francesa, Juan?

No muy rica, como si llevase agua en vez de tomate.

Un consejo para las comidas del resto de días, tengo entendido que los gabachos usan mejor la nata y la mantequilla…

Después, como si nada hubiera ocurrido, comienzan a conversar de nuevo, al igual que han hecho durante todo el viaje hasta este lapso de tiempo cubierto de miedos y tristeza y aliñados con cierta circunspección personal de cada miembro del grupo de dos. Pero Pedro sabe que quedan pocas horas para llegar al ansiado Cheyenne Hotel y una vez allí, ¿qué podría pasar para no entrar en Euro Disney? ¿Qué Mickey Mouse le detenga? Se mofa de la idea mentalmente mientras la comida se termina, pagan y salen y vuelven a entrar con los neceseres y se limpian los dientes. Después, la pareja al coche, el ambiente no está tan limpio, ni desprende la libertad de antes de la confesión del hijo y aun así en la tarde, con el conocimiento de la llegada al anhelado deseo, Juan no puede evitar transformar su recién adquirida desconfianza en ansia nerviosa cargada de felicidad. Los kilómetros arrastran consigo a las horas y de repente, como si fuera una postal, en el horizonte aparece el castillo de la Cenicienta con la luna llena de al fondo y el hijo deja escapar una espiración aguda.

El camino les lleva directos al palacio que brilla casi como si fuese otra ciudad francesa, de repente un cartel les hace girar hacia la derecha, Cheyenne Hotel 2 Km, y en diez minutos llegan a la representación de un pueblo del salvaje oeste americano, con sus casas bajas y de madera, sus caminos de tierra y claro, su saloon, versión Disney por supuesto, donde lo más picante son unas animatronics bailarinas de can-can. Avanzan hasta el parking y recogiendo todo lo necesario del coche, salen de él y nada más hacerlo, un Goofy vestido de vaquero les guía hasta la recepción con un Juan boquiabierto y que no le puede quitar la mirada de encima. Les dan la llave y les cuentan que si se dan prisa llegarán al desfile nocturno (aunque olvida decirles la hora) y les pide que sigan a un Pato Donald, que con su tocado indio de plumas les guía hasta su habitación. Y sin deshacer las mochilas, Pedro habla al aire para que le escuche su hijo mientras se dirige a la salida.

Voy a informarme sobre la cabalgata nocturna y trataré de traer algo que podamos comer de pie, viéndola. ¿Vale?

Vale

Como respuesta acredita la aceptación de la idea y el padre cierra la puerta con suavidad al cruzarla, a su paso un clic indica que el hijo ya se ha acomodado en la cama y ha prendido la televisión, todos los canales son de Disney, incluso los noticiarios, que por lo irónico de ver a Peter Pan, muy serio, como presentador de informativos, es lo que elige Juan. Pedro por su parte disfruta del falso alboroto que generan los clientes y los trabajadores, disfrazados o no, en este, también falso, pueblo del salvaje oeste norteamericano. Llega a una caseta de información sita en un típico granero rojo de los westerns de los cincuenta, entra y los auxiliares le reciben con sonrisas, saludos multilenguaje y vestidos de amish, como para que nadie tema importunarles. Les devuelve la sonrisa y tras apoyarse en el mostrador, comienza a inquirir sobre todo aquello que necesitan: comida para llevar, horario y lugar de la cabalgata, de paso, un mapa, cuándo abrirán el parque mañana… ¿necesitan el coche para ir a…?

Mientras Pedro se enrolla con preguntas fútiles, dos trabajadores más entran en el granero, van vestidos de Mickey y Minnie Mouse y es al verles cuando el padre desconecta de sus dudas y demuestra su cariño por esos dos personajes.

¡Qué simpática pareja! ¿Me dais un segundo? ¿Sí? Bien

Le da su móvil para hacer una foto a la muer amish de información, se coloca entre el par de ratones, extiende los brazos al frente, con sus manos hace el gesto de OK y sonríe.

Decid patata para sonreír, perdón, no he dicho nada, si siempre estáis sonriendo

En ese mismo instante salta el flash de la foto y también, como resortes, los brazos de Minnie y Mickey, que con una brida y con rapidez, le aprisionan las muñecas mientras gritan en un español justito con acento francés.

¡Police, tú queda detenido par secuestro!  

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