El origen de los perros (leyenda holandesa)


Aquí os dejo una pequeña leyenda holandesa sobre el origen de los perros y su profunda unión con los seres humanos.


Bewaker era el hijo de la diosa del bosque Natuur. Él no quería a los humanos, desde que los conoció tenía la sensación de que sólo devastaban su hogar. Su madre le contaba que durante mucho tiempo fueron parte del bosque como el resto de animales, pero después, ella no sabía por qué, quizás su hermano el dios bufón Nar les entregó un poco del agua primigenia, comenzaron esta mutación que les ha transformado en seres menos instintivos y que les ha llevado a construir y destruir parte de nuestro hogar, además de atreverse a privar de libertad y a exterminar a otros hijos del bosque.

Como hijo menor de la diosa, Bewaker era el encargado de vigilar el bosque y para ello adoptaba varias formas: un gusano para lo subterráneo, un lobo para lo terrenal y un búho para lo aéreo. Antes de que los humanos evolucionasen no había ningún problema, pero desde su aparición como especie organizada y superior al resto, en cuanto a su capacidad transformadora sobre lo que les rodea; su figura como lobo protector corría peligro porque, aunque el resto de seres vivos todavía entendían su poder, ahora los humanos en vez de huir de él, le perseguían para eliminar lo que consideraban un peligro para su grupo. Aun así el hijo de Natuur, el vigilante del bosque, sentía una curiosidad innata e incomprensible por estos nuevos humanos y eso le hacía buscar encuentros con sus ejemplares, siempre por separado, ya que cuando estaban juntos actuaban de forma muy violenta, lo había aprendido en muy poco tiempo.

Intentó hablar con un guerrero siendo él un gusano, pero Dood el guerrero, sin pensarlo demasiado trató de aniquilarlo, pues consideraba que la inferioridad manifiesta de lo que parecía una aberración de la naturaleza, le daba derecho.

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En una segunda tentativa, se presentó como búho a la sacerdotisa Leugen de la recién creada religión humana, pero resultó que en ella la aparición de un búho parlante, maldita casualidad, era un mal presagio que sólo se podía remediar con el sacrificio del pájaro. Por fortuna la nocturnidad le dio ventaja en su escapada.

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En ninguno de estos dos casos se enfrentó a esos seres insignificantes porque su condición como vigilante, le prohibía agredir a cualquier hijo del bosque.

Finalmente, en una ronda cotidiana, el hijo de la diosa encontró a un joven humano colgando boca abajo y gritando aterrorizado por haber caído en una de las muchas trampas que su tribu esparcía por su área de influencia. Se le acercó en forma de lobo y tras comprobar que sus gritos eran de miedo y no de dolor, pues era una trampa de lazo, se presentó. Esta vez al humano no le quedaría más remedio que responder a sus preguntas y al fin, saciaría su curiosidad. Al principio el temor ante este desconocido y, por ende, maligno ente hizo que Weetlust, así se llamaba el chaval, no respondiese, pero la insistencia y tranquilidad de Bewaker le hicieron abandonar sus reticencias a conversar y tras muchas respuestas, llegaron a un acuerdo: Bewaker le sacaría de la trampa si después Weetlust, se comprometía a mostrarle lo que más le gustase de su mundo. Con la ayuda de los animales de la zona le soltó y el joven marchó a la aldea para traerle de vuelta ese algo favorito que adoraba y que el vigilante quería conocer. Dudó del compromiso de Weetlust por la tardanza, pero tras un par de horas regresó y además, olía muy bien.

Al ser un infante todavía, sin obligaciones ni instintos reproductivos, el chaval tenía una comida preferida que estaba por encima de todo y que preparaba su madre: carne de cabra ahumada, condimentada y luego asada       que podía comer a todas horas. Es esto lo que le presentó a Bewaker quien al probarlo quedó maravillado y le pidió más, pero Weetlust se negó, le explicó que ya había cumplido el trato y ya no tenía ninguna obligación para con él. El vigilante le respondió que entonces tendría que ir a su aldea a coger otra ración y el humano, inteligente, le recordó que con esa guisa de lobo toda la tribu le atacaría antes de llegar a la primera choza y que no pararían hasta matarlo.

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Los humanos no tenemos el más mínimo cariño a los lobos, son un peligro grave y nuestros enemigos.

Bien, pues entonces, si el problema es mi aspecto, lo cambiaré… eliminaré lo que os da miedo y le daré un toque bonachón al conjunto… crearé un nuevo animal en el que confiéis…

Weetlust atónito observó la transformación.

Noto tu miedo, pero tranquilo, esto es una nimiedad ante lo que puedo hacer, soy el hijo de la diosa Natuur, Bewaker el Vigilante…. Ahora llévame hasta esa comida deliciosa…

Pe… pe… peeeerrrrrrrrro…

Weetlust arrastra la erre por lo asombroso de lo sucedido y el vigilante le corta.

Espera, llámame así ante los tuyos, me gusta, Perro, ahora sí, a la aldea… gracias a tus explicaciones anteriores tengo una idea de lo que os atrae a los humanos, así que con esta nueva carita no van a poder resistirse. Vamos, tenemos que llegar pronto, no puedo esperar para que me des más de esa carne maravillosa…

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Mientras soltaba su monólogo, el humano ya ha comenzado la vuelta a casa y desde cierta distancia le grita.

¡¡Vamos Perro, aquí!!


Desde entonces los perros y los hombres se acompañan, unos les guardan y protegen y los otros les cuidan y alimentan. Bewaker cambió su título de vigilante del bosque, por el de protector de los humanos, lo que hizo a su vez que Natuur, la diosa madre, tuviera que concebir a un retoño sustituto para el puesto vacante. Esto acarreó muchos problemas, tantos que todos concluyeron al mismo tiempo en las Goddelijke Oorlogen, que si queréis, ya os contaré otro día.

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