Capítulo 63. Atenea


Atenea vienna-1382700_640Los dos entran en la habitación donde Atenea pasa la mayoría del tiempo, la luz de la sala reside en media docena de flexos repartidos estratégicamente, que a modo de focos, iluminan distintos espacios. Manfred recorre con la mirada cada uno de ellos, en búsqueda de la tal Atenea, a  la que no encuentra al principio. Lo que sí encuentra son mesas repletas de papeles y ceniceros a su vez, llenos de colillas, sin duda alguna uno de los lujos más difíciles de conseguir hoy en día. En el suelo, aparte de esa suciedad que todo lo cubre provocada por los generadores, sobresale un colchón viejo y muy usado y en la última pared a la que arriban sus ojos, un mapa ampliado de la zona preside la habitación. Está cubierto de chinchetas, pegatinas y papeles indicando peligros, puntos de interés u otros aspectos que Manfred no comprende.

A quien sí comprende es a su corazón, que da un vuelco cuando al fin conoce a Atenea, que aparece de entre las sombras y el humo del cigarro acogido entre sus labios, que carnosos y del color de las fresas, son los que Manfred siempre había soñado para su mujer perfecta, quien, da la casualidad, también comparte el resto de rasgos de Atenea. Es joven pero no inexperta, en plena treintena su pelo mantiene el tono caoba natural tan difícil de encontrar en el norte de Europa, sus ojos son profundos pero tan claros que si no existiese el gris, serían blancos, y su nariz le da una delicada personalidad a la preciosa cara que mantiene a Manfred atónito, de nuevo. Tanto es así que tienen que pasar varios segundos antes de que repare en que esa belleza, ya adorada hasta la eternidad, reside sobre un cuerpo, y qué cuerpo, no es alta y no es voluptuosa y aun así, es lo más atractivo que ha visto en su vida. Atenea fuma a la espera de las presentaciones pertinentes, su figura despide un aura que mezcla ternura y dureza a partes iguales y que despierta en Manfred el sentimiento más nítido que nunca haya reconocido en su interior, se ruboriza, es más que amor, es devoción.

Javier habla comenzando con las salutaciones.

Traigo buenas noticias, Atenea, y puede que un nuevo compañero, este es…

Antes de que termine, el alemán, el antiguo conductor, el ahora enamorado, se abalanza hacia la fumadora, las palabras se le agolpan en la boca.

Manfred, soy Manfred y no dejaré que nadie te haga daño, jamás…

Atenea mientras tanto ha sacado una pistola, le ha quitado el seguro y en cuanto considera que el recién llegado sobrepasa los límites, le descerraja un tiro en pleno hombro.Atenea Karel_Dujardin Pallas_Athene_Visits_Invidia,_1652

Manfred grita asustado y dolorido por supuesto, y por sorpresa, incluso para él, algo excitado. Atenea habla por primera vez con una voz que se corresponde con su figura, dulce pero ronca por el tabaco.

Todo acto tiene una consecuencia, toda acción, una reacción y tú acabas de romper los términos que gobiernan este asentamiento desde que los dos grupos nos aliamos contra esa falsa monja, esa química desquiciada…

Manfred escucha y sonríe y arrastrándose por el suelo, se aleja de ella y le dice.

He aprendido Atenea, perdón. Y después repite. No dejaré que nadie te haga daño, jamás.

Atenea le devuelve la sonrisa y es que, algunas personas tienen una visión enfermiza del amor, pero que si los implicados la comparten, quién puede negar que sea amor. Yo desde luego no.

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