Prosa poética no temática 3


El reloj de plata fina, se queda sin pila. Un salvador, con moneda prestada, la trata de cambiar. En el mostrador el relojero clama: no puedo hacer nada. Y el cliente asustado reclama: ¿Nada de nada? Le niegan al héroe de nuevo, ¿se quedará sin recompensa? Piensa, recapacita y dilucida una solución, preguntar: ¿Cómo qué no? Es una pila tan sólo no me lo creo, dígame más. Lo siento señor, pero su reloj no tiene salvación, lo que usted cree sencillo, hoy es imposible. ¿Hoy? Ni pasado, ni el viernes que viene, ni cuando llegue la nieve, ninguna resolución va a encontrar mientras continúe en este establecimiento… pues señor, a riesgo de resultarle repelente, aquí arreglamos pieles, no relojes. Desaparece el héroe bajo la niebla del norte, hundido y desprovisto de su coraje huye cabizbajo. De repente un pájaro se eleva, grácil, libre, el ánimo crece, la sonrisa vuelve. Así de fácil.

Ando, perdido busco la sal pero no la encuentro, ella será mi salvadora si doy con el lugar correcto. Yo lo intento sangrienta cazadora, tengo la carne aunque cruda es poco aprovechable. ¿Quizás el fuego…? Distante se aleja, herramientas complejas que mi mente no refleja. No necesitas la sal si la asas, pero olvídate porqué aquí no disfrutan del asado, sólo de la mojama. Carne seca y desalada, conservada para momentos menos bondadosos, son gentes de costumbres así que no olvides, no gustan de fritanga sólo de salazón. Continua, batalla, lucha de corazón, a pesar de las dudas demuestra tu valor, pues en algún lugar cercano la sal surgió. Alguien dio con la clave y la encontró, aprendió de donde sacarla y a utilizarla y la cecina creó, ahora tú la necesitas por una sola razón, ese lenguaje antiguo es tu mayor obstáculo y únicamente la sal salvará tu carne haciéndola apetecible, no relegues la verdad, gustan de mojama no de sueños imposibles.

¿Se dice gatz o gatza? ¿Eso no era queso?

Tarjetas para todo, dinero plástico vacío, números que no valen nada. Bancos que roban buscan esclavizarnos haciendo obsoleta la moneda, dejándonos a su merced, sin ambages, quieren controlarnos monopolizando las transacciones, quedándose, claro, con sus respectivos porcentajes. Gobernantes decentes se pierden en pequeñeces y los restantes, la mayor parte, defiende a los grandes, protegiéndoles para que estos a su vez, guarden sus espaldas, y que la noria no pare mientras nosotros, apartados, tan sólo miramos su vida y lo malo es que alguno, peor, muchos, para sí la anhelan y no les importa el daño que hagan, ni que hiciesen si ellos fuesen los dirigentes.


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