Plou o la importancia de lo importante 1


Llevaba mucho tiempo dándole vueltas sobre lo que escribir, primero pensé en el auge de ciertos perfiles de personajes sinvergüenzas y descarados (“entro pronto a trabaja, a las 7, y a las 5 de la tarde me voy, porque tengo otras prioridades a esa hora: recoger a mis hijos y llevarlos a sus actividades. ¿Eso quiere decir soy peor profesional? No…” Dicho por la directora de Kellogs España, admitiendo orgullosa y admirada por otros, que su conciliación familiar son mínimos de 10 horas de trabajo), luego pensé en repasar lo de la manipulación mediática después del #ferrerasgate (“si tu renta es de 20.500 euros brutos anuales, estás en la mediana de España. La mitad de los adultos ganan más que eso y la otra mitad, menos. Para estar entre el 10% de los españoles con más ingresos debes ganar 44.000 euros. Y para estar en el 5% de los más ricos, debes ingresar 60.000 euros. Sólo los que ganan más de 126.000 euros brutos al año entran en el club del 1%”; esta realidad demuestra como los medios engañan sobre lo que es la clase media) y más tarde sobre la estúpida idea del egoísmo ensalzado a nivel de religión de la falsa filosofa Ayn Rand (“cuando Aristóteles define al hombre como zoon politikon, animal político, se refiere a su dimensión social y política, que se diferencia del animal porque crea sociedades y organiza la vida en ciudades. Los que son incapaces de vivir en sociedad, o por su naturaleza no la necesitan, son bestias o dioses”)… pero luego me fui al pueblo, a Plou, al pequeño-pequeño, allí la cosa ha cambiado y se viene texto sentimental después de volver con mi hijo a las fiestas tras veinte años de ausencia… hay mucho que contar… cambios y lo que queda igual… lo bien que está Aner y lo raro de estar de vuelta…

Este verano mi hijo y yo hemos recorrido el mismo camino hacia Plou, uno de los pocos sitios a los que pertenezco. Lo hemos hecho de manera física, por carretera, y de otra más experimental, más metafísica, el descubrimiento de su parte y el redescubrimiento por la mía, es decir, el mismo camino pero en direcciones contrarias. Él se ha encontrado con nuevos amigos (a ver si el año que viene sigue acordándose de Nahia y Matías), con los cohetes, la espuma, los coches y la piscina; yo me he reencontrado con gente a la que no veía hacía más de veinte años, he vuelto a estar en fiestas y he vuelto a disfrutarlas (con la compañía de un trío cómico desternillante).

Nuestro agosto se ha resumido en tres grandes puntos: mi abuela (te quiero), la boda de una de mis primas favoritas (preboda, boda y postboda, con eso os lo digo todo, ¡vivan los novios!) y en su mayoría, Plou (la base de operaciones).

Mi hijo, aun sin llegar a los dos años, se mueve con seguridad y pocos lugares mejores que Plou para perfeccionarlo, corriendo, calle arriba, calle abajo, saltando (él cree que salta), escalando, tobogán arriba, bici abajo. Pocas veces ha estado tan arropado como estos días con los abuelos en su casa, los tíos y primos en la de enfrente y, cómo es tan guapo, la atención de todos aquellos con los que yo me reencontré. A pesar de todo faltan dos pilares de mi infancia que ya no están, mis abuelos, y aunque mi hijo no conoce esta falta, en Plou también ha conocido la muerte a pesar de que no parece haberlo entendido muy bien. En casa anidaron varios aviones, pájaros muy parecidos a las golondrinas, una cría se cayó o le empujaron del suyo antes de tiempo y mi tío la dejó en nuestra ventana con la esperanza de que sus progenitores le hiciesen caso de nuevo, por el contrario el suelo fue de nuevo su lugar y allí la recogí y la metí al corral, a una zona ajardinada con sombra y vegetación y con la esperanza, yo era el niño de dos años, de ayudarla a sobrevivir. Mi hijo miraba al pájaro asombrado y para mi sorpresa respetó lo de no lo toques y no le molestes, le alimentábamos y le dimos de beber y durante unos días pareció mejorar, saltaba a las ramas que tenía encima, se limpiaba esa mezcla de pluma y plumón que aún conservaba e incluso volvió a piar, seguía echando de menos la dedicación de los suyos y la seguridad de su nido. Luego la realidad se hizo presente cual alarma del despertador y el ave fue poco a poco debilitándose y comiendo y bebiendo menos y dejó de subir a las plantas y calló y se quedó parada en una esquina y la última vez que le ofrecí agua tosió sangre y cinco minutos después, cuando mi pareja y mi niño salieron al corral, ya estaba muerta y Aner se acercó a su jardinera a saludarle y a pedir que le diéramos de comer, cosa que se había convertido en costumbre. Le explicamos lo que había ocurrido, se despidió de ella y enterramos al pájaro como a un faraón, más por su vestimenta mortuoria de papel de cocina que por la tumba en sí, pues acabó bajo la tierra sobre la que descansan las macetas sobrantes, no hay que ponérselo fácil a los gatos. Más tarde, en este mismo verano, nos fuimos a Santo Domingo a Celebrar (con mayúscula) la boda de mi querida prima y a la vuelta, del nido que pusieron bajo el porche no sobrevivió ninguna de las tres crías que allí vivían. La realidad sin tapujos se mostró de nuevo.

Lo que también se mostró al volver al pueblo fue el paso del tiempo, los padres ahora son abuelos, los adolescentes somos padres y los que para mí eran niños, son asimismo padres o como mínimo adultos con pelos en los… (responsables o irresponsables no seré yo quien lo valore). Después de veinte años casi todos siguen volviendo a fiestas, año tras año, y en estas fechas de mitad de agosto la palabra reencuentro ha cobrado un nuevo significado para mí, no sé si alguna vez había recibido tantas preguntas personales de tantas personas, aunque parece cosa lógica pues a mí ayuno de fiestas de veinte años, le sumé el atractivo de ese “bichito ruidoso y rubiales” con el que llegué.

Por Plou pasaron mis amigos de la infancia, los amores de juventud y algún que otro archienemigo de la adolescencia, alguno de estos últimos hizo su cambio a buena gente, otros siguen igual, todos compartimos el frontón en los conciertos. El frontón me recuerda un dato curioso de mi pueblo, está en Teruel y tiene menos de diez habitantes en invierno pero entre sus instalaciones hay una piscina, una pista de fútbol sala, otra de tenis, otra de pádel y el susodicho frontón, hecho llamativo cuanto menos. En mis anteriores recuerdos nada de esto existía y a pesar de que huele un poco mal, ahora le reconozco cierto valor.

Tras este breve inciso que, como las fiestas de los pueblos cortan su relato cotidiano para traer otros fuera de la norma, a mí me sirve para buscar un cierre a esta pequeña bitácora estival. Y como el propio inciso, las fiestas terminan y en ese momento, poco a poco, el pueblo recupera su realidad. Esto mismo ha pasado en Plou, día tras día el listado de bajas aumentaba, algunos aprovechaban para irse con el frescor de la mañana (antes de que el sol subiera), otros el del atardecer (mientras el sol bajaba) y los más jóvenes sobre las cinco de la tarde (con el sol mostrándose en su máximo poder calórico); todos ellos en coche pues no existe alternativa. Cualquiera que hubiera sido su experiencia este año casi todos se marcharon, los más fieles volvían en fines de semana pero al igual que con las fiestas, la marcha en Plou terminó.

También terminaron las vacaciones y el calor agobiante y las cervezas en nuestra calle, que casi parecía un pasillo más de las dos casas familiares, y el regar las plantas del corral y la piscina y como todo en esta vida, este relato acaba ahora con una última anotación si cabe más personal: por mucho que me guste escribir lo importante me lo guardo para mí, en ese rincón de mi corazón que siempre he reservado para Plou, en la reabierta sección de fiestas.

No os cerréis a aquellos lugares que os hicieron felices, ni a los nuevos amigos.


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