Pequeñas historias de autobús, porqué el comercial de ventanas?


Unas pequeñas historias de autobús, de camino al trabajo.


El Comercial

Ya no era joven como en sus inicios. Ya no vestía a la moda como cuando se asentó en su profesión y recibió sus mejores salarios. Ya no era dinámico como cuando trabajaba trece horas sin descanso y sin problemas. Ya no era atractivo como cuando era joven y vestía a la moda, aunque nunca fue guapo. Ya no le consideraban sobradamente preparado como cuando le escogieron para ese trabajo que pensaba que sería para el resto de su vida. Ya no tenía esa labia de la que enorgullecerse porque el vocabulario evoluciona más rápido que él. Ya no llegaba a todos los lados como cuando su cuerpo era grácil y ligero. Ya no era la alegría de la huerta pues en esta sociedad, la falta de trabajo y por ende de dinero sólo trae penurias, dudas y miedo.

Ya no era motero porque no podía pagar la moto. Ya no era cinéfilo porque no podía pagar el cine. Ya no era coleccionista porque no podía pagar los sellos. Ya no era drogadicto porque no podía pagar la cocaína ni el tabaco. Ya no era fiestero porque no podía permitirse la fiesta.

Ahora deambula por las calles con una carpeta en sus manos, contenedora de sus anticuados currículums, plenos de experiencia pero vacíos de formación digital. Salta de entrevista de trabajo en entrevista de trabajo, de le llamaremos a perdón, pero buscamos a alguien más joven.

Ya no puede trabajar ya que no puede pagar autónomos.

Ya no puede vivir, no tiene jubilación.

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Porqué

Si no quiero, ahora no me sirve y por su culpa no puedo hacer lo que me gusta, ¿porqué he de hacerlo?

Si no me sirve, ahora no puedo hacer lo que me gusta y por su culpa no quiero, ¿porqué he de hacerlo?

Si no puedo hacer lo que me gusta, ahora no quiero y por su culpa no me sirve, ¿porqué he de hacerlo?

¿Por qué? Porque a veces los porqués no sirven para nada.

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Ventanas

Testigos de lo que fluye por las venas de la ciudad. Protectoras del secreto de sumario en la parte trasera de los coches oficiales. La transparencia hecha luz solar bañando tu hogar, siempre que cuides su limpieza. Contenedoras y expositoras del más puro capitalismo en su versión más amplia, marca Zara. Retienen el sonido de la humanidad en sus propias casas, como cúpulas de cristal. A las órdenes de inteligencias artificiales en los edificios de las grandes corporaciones, perdiendo el control. Interiores para engañar o impedir el contacto en los centros de represión inventados por el hombre para el hombre. Vestidas de seda o con trajes a placas protegen la intimidad de lo mundano, ocultan lo cotidiano de miradas ajenas, vecinales. Miles de miles diseñadas con propósitos únicos y como si de una carga se tratasen, recibiendo subvenciones al quedar obsoletas. Puntos cardinales y básicos de cualquier edificación, ojos transparentes que todo lo ven y todo lo enseñan, mudas observan las grandezas y bajezas de la humanidad, sin calificarnos ni dar testimonio alguno porque a los padres se les respeta.

¡Qué frío sin ellas! ¡Qué calor con ellas!

Qué fortuna que las creáramos con una existencia condicional, si queremos las abrimos, si no las cerramos y ya en el colmo de la condicionalidad, ahora también podemos batirlas.

¡Ah, las ventanas, qué haríamos sin ellas, sin su cristalina brillantez!

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Así paso yo mis viajes de autobús.

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