Monstruos


Un anciano de 85 años pasea sobre el piso mojado por la lluvia intermitente y se resbala y golpea su cuerpo contra las baldosas. De repente una joven, con ropas ajadas y aspecto desaliñado, por gusto no por necesidad, se para y le ofrece la mano para levantarle, le pregunta qué tal está y se ofrece a auxiliarle hasta que alguien querido pueda ayudarle. El anciano agradecido le dice que está bien, que no le duele nada y que, por si acaso, va a volver a casa a descansar y que ella, la joven, marche al trabajo, a ver si le va a caer una bronca por su culpa. A lo que le responde rauda, no se preocupe, hay cosas más importantes en la vida y ayudarle ahora, es una de ellas. Los dos se agradecen y se despiden con educación.

Los dos son monstruos, monstruos frente al sistema creador de esta sociedad. Por empáticos, por preocuparse y ayudar a los demás, por no primar el egoísmo y el stress propio sobre la necesidad urgente del otro y su auxilio.

monstruos 1

Y con estos resultados, estos beneficios… ¿estamos contentos, no?

Habla la presidenta y el resto de la junta directiva sonríe pero no con plenitud, algo en sus mentes, los acuerdos que han firmado y probablemente también los valores que rigen sus vidas, no les permite disfrutar de lo que su supuesta empresa ha conseguido. Todos ellos tienen un objetivo para esta reunión, después de haber hablado con los inversionistas que por cierto, fueron los que les pusieron allí tras comprar acciones en una ampliación de capital. El primer directivo que habla lo deja claro:

No están mal pero todavía podemos ser más rentables, deshacernos de gastos innecesarios…

¡¿Todavía más?! Si desde la ampliación de capital no habéis hecho otra cosa que recortar presupuestos… ¿cómo vamos a pagar a nuestros trabajadores? Si ya les obligamos a cumplir objetivos para tener menos sueldo del que el que tenían… ¿cómo vamos a mantener la calidad? ¿Cómo?

El segundo directivo que habla le interrumpe con las ideas, nada originales, que han traído para cumplir las órdenes de los inversionistas:

Todavía nos quedan acciones que podemos hacer, hemos preparado un listado pero te comento las más básicas e importantes: lo primero deslocalizaremos la mitad de nuestra fábricas y aparte de rebajar los alquileres, podremos reducir el gasto salarial, todos sabemos lo bien que funcionan en el sureste asiático. Segundo, con la excusa de la deslocalización bajaremos los sueldos nacionales con algunos objetivos más y tercero, debemos crear ya nuestra propia fundación, porque estamos pagando demasiados impuestos y perdiendo oportunidades…

La presidenta y fundadora de la empresa se indigna.

¡Pero qué dices! Yo no creé ni sacrifiqué parte de mi vida por esta empresa para ser pobre, pero ni mucho menos lo hice para joderle la vida a la gente, esclavizarlos, estoy contenta con nuestros resultados… no necesitamos triquiñuelas fundacionales, ni escabullirnos de nuestras obligaciones estatales y por encima de cadáver os cargaréis las fábricas con todos esos esos puestos de trabajo y las vidas que sustentan…

Los directivos le observan horrorizados, notan como ante sus ojos la presidenta se transforma. Ella, ella es el monstruo, ¿cómo una empresaria de éxito no comparte sus valores neoliberales?, son tan básicos. Les aterroriza que pueda haber más cómo ella, dinero con principios morales propios y solidarios. Ella, la  presidenta, ella es el monstruo.

Monstruos 3

Una noche de sábado cualquiera, en un bar de marcha, un grupo de chicos cualquiera comparten la fiesta más por cercanía, son compañeros de universidad, que por amistad. A su lado otro grupo, este de chicas de las que no conocemos su procedencia, ni el porqué de su unión, también comparten la fiesta aunque parecen beber con más ansiedad, ya que su nivel de alcohol en sangre es claramente superior.

Los hombres cualquieras hablan entre ellos sobre los pechos y los traseros de sus vecinas, con lascivia. Pero uno de ellos (quizás menos cualquiera) no lo hace. Él escucha, sonríe por compromiso aunque su mirada está a otra cosa, se fija en una de las chicas, la atracción ha surgido al instante y no puede dejar de mirarla. Ella por su parte, y por fortuna para él, se la devuelve provocando así la colisión de los dos grupos y creando uno sólo. A los pocos minutos los dos enamorados están hablando pero la música, si es que se le puede llamar música a lo que suena, no les permite entenderse y salen fuera del bar.

Ellas ríen por lo bajo y ellos rebuznan cuando les ven marchar. La posible pareja desaparece por la puerta y tras unos minutos, el conjunto que se había formado desaparece. Porque ellos son unos cualquiera y bajo la excusa de la borrachera de ellas, intentan aprovecharse sacando a relucir unas manos muy largas, que las chicas contrarrestan con sus bofetadas. Esto conlleva la disolución del último grupo formado en los dos originales y mientras ellas se quedan bailando, saben disfrutar, ellos salen en busca de su compañero.

Cuando le encuentran está sólo, fumándose un cigarrillo y con una sonrisa boba en la cara. Le espetan con orgullo y sonrisas:

¿Tampoco te has podido resistir a tocar la mercancía? A nosotros, esas lesbianas frígidas, nos han calentado pero a mí, el tacto y el recuerdo, no me lo pueden quitar.

Todos ríen al unísono en un tono que mezcla chulería y nerviosismo a partes iguales. Bueno, todos no, el don juan sigue ensimismado, disfrutando.

¿Entonces qué? ¿Cómo es que te ha dejado tirado esa zorrita? Si estaba hecho, iba completamente pedo…

Le recrimina ahora el grupo y él despierta, y reconoce que no, que no ha habido más que un par de besos, que más que nada han hablado, que tiene unos ojos preciosos, que le ha acompañado a un taxi porque estaba muy borracha y prefería irse a dormir la mona a casa, que se han dado los teléfonos y que se han estado guachapeando hasta ahora que se ha echado a dormir. El grupo de monos reacciona como era de esperar en un rebaño tan bien adoctrinado por el sistema, con fanatismo y desprecio.

¡¿Qué no te has tirado a la puta borracha?! ¡¿Qué eres, maricón?! ¡¡Si estaba echa!!

Pero no, estos cavernícolas no son los monstruos, por supuesto que no. El que quiere algo más profundo, el que no se aprovecha de una rastrera oportunidad, el que tiene valores y es diferente, ese es el monstruo al que apalear.

Monstruos 2

Tenían una curiosa manera de dar ascensos en esta empresa cuando había varios candidatos. Lo dilucidaban mediante una carrera de fondo de 10 kilómetros que, con la excusa de la vida sana, además estaba subvencionada. Este año eran seis los que ya habían salido y puesto su capacidad laboral en las manos, mejor dicho, a los pies de su físico. Otros años la imagen no había resultado la más justa ya que entre los participantes, la diferencia de edad podía ser de 20 años o más, por fortuna este año todos rondan la treintena. Pero marchemos al último kilómetro donde el hecho que excusa este escrito, sucede.

Dos de los competidores aventajan en bastante distancia al resto, la escena es clara, dos candidatos para el único ascenso. Al primero, al que llamaremos Juan, se le ve asfixiado, con la tez roja como un tomate y la respiración más entrecortada de lo normal, demasiado entrecortada. El segundo, al que llamaremos Esteban por la adivinanza, ante los metros que le separan de Juan comienza ese sprint que había reservado para más adelante y recorta rápido la distancia. Los dos van a la par ahora, cansados, y la meta ya se ve, no hay posibilidad para nadie más de ganar la carrera, al menos eso se supone. Hasta el momento en que Juan cae redondo a unos pasos de la única raya blanca en la historia que alguna vez dio trabajo.

Esteban de primeras sigue dando zancadas, muy pocas, confiaba en que alguno de los espectadores, por ende compañeros de trabajo, saltaría a la pista a auxiliarle, pero esta carrera tiene una regla adicional puesta en su día contra los tramposos, cualquiera que ayude a los participantes será despedido. Ante esta reacción global de indiferencia, quien hubiese logrado su ascenso si hubiese seguido corriendo, para para que Juan pueda seguir viviendo, vamos, un loco.

Retrocede hasta Juan mientras grita que llamen a una ambulancia y sus colegas observadores gritan a su vez que qué hace, que está loco, que corra a la meta y Esteban les saca un dedo y se agacha sobre Juan dispuesto a hacer lo que sea necesario.

Juan ¿sabes lo qué te pasa? ¿qué sientes?

Me duele el brazo… izquierdo y… el pecho…

Esteban comienza el masaje cardíaco al ritmo de la Macarena y sin respiraciones. Mientras tanto los compañeros insisten en sus, no quieres el ascenso o qué, y como no podía ser de otra manera el resto de candidatos llegan hasta ellos y les superan. Ninguno hace nada por ayudar ya que sólo tienen el puesto laboral, con tantos beneficios y tantos ceros, entre ceja y ceja. La competitividad ciega sus corazones, pero son a la pareja disidente a quien miran con extrañeza, como si de monstruos se tratasen, porque al fin y al cabo para ellos lo son.

Esteban finalmente recupera a Juan y juntos y andando traspasan la línea de meta. A la par sus supuestos compañeros aúpan al vencedor y observan de reojo, a la distancia y con cierta pena y cierta repulsión, la imagen de los dos monstruos. Fracasados y horribles se alejan en busca de ayuda profesional, monstruos como son para este sistema, uno por falta de competitividad y el otro por falta de normalidad, mañana serán despedidos.

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Un político honrado y en busca del bien del pueblo. Un policía sensato que entiende el significado de su lema, proteger y servir. Un adolescente cívico, educado y concienciado. Un anciano que no ha sido masticado por el sistema, manteniendo su rebeldía e inconformismo. Un artista famoso manteniendo sus valores e independencia y guiándose por sus anhelos artísticos, no por la moda.

Todos ellos son monstruos en el sistema, mis hermanos.

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