La Estampa


La imagen era deliciosa y bucólica, como de otra época. Eran las cuatro y media, justo después de comer, y el pueblo estaba vacío, con las calles desiertas. Se oía la vida en la terraza del bar del pueblo. Un pueblo pequeño, un poco desvencijado y con signos claros de su ruralidad; tan sólo tenía una carretera mal asfaltada, la regional que cruzaba el pueblo para llegar a los Pirineos. Este sistema montañoso que tenían a su espalda mejoraba la estampa de la población, con sus varías casas semi- derruidas, sus tejados de pizarra rotos y abiertos que permitían el paso de la luz de las estrellas, su fuente de la plaza central que sólo soltaba polvo por sus caños a pesar de que a tan sólo veinte metros pasaba el río del pueblo con el mismo caudal que hace cien años. Los demás edificios vacíos y olvidados, conquistados por una vegetación con capacidad para cubrirlos por completo, objetivo este que, como se podía apreciar en una sola ojeada, estaba logrando sin problemas ni oposición. Pero algo no dejaba de sonar y, en un radio de veinte metros desde el epicentro del sonido, hacía que, debido a su naturaleza estridente, los muchos pájaros que acompañaban a los pocos habitantes del lugar no se posaran en sus alrededores.Turruncun Miguel Ángel García Estampa

Era el único bar del pueblo y por supuesto no tenía insonorización. El ruido surgía de la terraza, donde varios ancianos aprovechaban el primer sol del verano para jugar al guiñote. Le daban la bienvenida a la época estival y celebraban sin decirlo el haber superado otro duro invierno, que aunque se había llevado este año al Modesto, al José y al Clodoveo, no era ni mucho menos tan frío ni tan arisco ni tan nevado como lo eran los de sus tiempos mozos. “La edad no perdona”, decían mientras uno jugaba el as de triunfo antes de tiempo en el arrastre, alguno de los observadores que acompañaban la partida soltó un improperio ante tan mala jugada, pero nadie le hizo caso, parecía que las mentes se habían quedado con el recuerdo, con Modesto, con José y con Clodoveo. Una vez se les hubieron terminado las cartas comenzaron a contar, “diez, veintiuno, veinticinco… quince buenas y el veinte, treinta y cinco”. “Sí, quince y el veinte en espadas, treinta y cinco iguales”. Ninguno de los observadores neutros tuvo un comentario, era como si viesen al Modesto sentado en su esquina de la barra o al José riendo con la dentadura postiza moviéndose independiente de las encías o, los que habían perdido a sus mujeres, desaparecidas años atrás, que llegaban al bar y les plantaban un beso después de avisarles que ya era hora de comer, o a todas aquellas personas que les acompañaron a lo largo de sus vidas y con las que hacía más que mucho tiempo habían perdido el contacto.

Estampa hand man play finger money leisureNadie hablaba y llegó el Indalecio con la siguiente ronda, quién tampoco dijo nada y sirvió las bebidas, mientras tanto se repartían cartas para jugar de vueltas. Se terminó el reparto, el Indalecio guardó la bandeja bajo el brazo y se quedó junto al resto para ver la partida y… nada.

No ocurrió nada más. Todos mantuvieron la posición como si les fueran a hacer una foto, aunque no había nadie más en los alrededores. El silencio se apoderó de la estampa de ancianos jugadores, tanto fue así que los pájaros volvieron a sus cercanías, ya no se escuchaba el barullo que antes les asustaba. Los venerables señores que compartían la escena se habían quedado congelados, como si el invierno pasado hubiera regresado de improviso.

Y el tiempo comenzó a pasar. Ellos no se percataban, ellos continuaban compartiendo el tiempo con sus seres queridos y perdidos. Reencontrándose con quienes una vez ya habían desaparecido, y volviendo a recuperar su alegría, aunque desde una visión externa sólo se observaba a un grupo de ancianos parados como si fuesen una estatua en recuerdo de los habitantes que una vez llenaron las calles del pueblo ahora cochambroso. Hacía años que el tiempo, o mejor dicho la evolución, se había detenido en la villa. Los ordenadores, Internet e incluso los móviles, eran extraños e irreconocibles objetos que todos relacionaban con sus hijos y sus nietos, pero que les eran completamente ajenos. Antes de quedarse congelados dentro de sus recuerdos, cuando aún hablaban, siempre contaban la misma anécdota a todos los visitantes que se extrañaban de la poca tecnología del pueblo y decía así:

“Ya sabemos que el mundo de fuera del pueblo ha cambiado, de hecho, una vez vino un técnico de la Diputación a ofrecer una subvención para comprar al menos un ordenador y poner la Intelnet esa. Pero el Florencio, en gloria este, que era nuestro alcalde le respondió como todos le pedimos:

– Lo cierto es que no sabemos muy bien que es eso de Intelnet o como se diga, y con lo vieja que es nuestra población, realmente no sabríamos que hacer con eso. Así que mejor nos vendría que arreglasen la carretera que nos cruza, está llena de baches y huecos y algún día ocurrirá una desgracia.

Florencio, en gloria este, nos contó luego que el técnico sonrió y dijo que haría lo posible y que intentarían arreglarlo. Por supuesto no volvimos a ver al técnico. Ni a ese, ni a otro. No nos hicieron caso. Tres años después al Florencio, en gloria esté, le arrolló un coche que se salió de la carretera por culpa de un bache y de la velocidad que llevaba”.

Esta historia la contaba siempre el Indalecio, dueño y camarero del bar. El mismo que ahora sigue plantado con la bandeja plateada bajo el brazo en la terraza, junto al resto de supervivientes del pueblo que se retratan en esta estampa mezcla de añoranzas y alegrías.

El tiempo sigue pasando pero ya nadie cuenta historias, las anécdotas colapsan los recuerdos de los ancianos y los retienen en sus actuales posiciones en el espacio. Pero a la tierra y a todas sus dimensiones, donde por supuesto está incluido el tiempo, no le importa lo que le ocurra a los que viven en ella por lo que continua su avance. Como se recordará, la partida había comenzado con el sol de verano, pero las horas pasan y ellos continúan sin moverse, en los mismos lugares. El sol desaparece, pero ellos siguen congelados y con una pequeña luz alegre al fondo de sus retinas. Llega la medianoche y a nadie le ha entrado el hambre, ni la sed, ni el cansancio al mantener sus posturas, ni tan siquiera las otras necesidades más básicas hacen acto de presencia en nuestros protagonistas.

Pasa la noche y siguen ahí. El día siguiente llega y se marcha como había llegado, ellos siguen allí. Otro día arriba y otro y otro y otro vuelve a relucir por la mañana, y otro trae unas pocas lluvias y el siguiente trae consigo un viento que se lleva las cartas que estaban sueltas y el último día de la semana sólo viene con horas para que pasen de largo, y ellos continúan allí, sin moverse un ápice.

Los meses empiezan a crearse ante la acumulación de semanas y una vez adultos, con 30, 31 e incluso con sólo 28 días de evolución se marchan sin hacer ruido y les dejan allí parados con las sonrisas de sus recuerdos reflejados en sus caras. Por supuesto, y como todo parece indicar, los años también llegaron dejando las casas más cochambrosas, derruyéndolas y derribando parte de sus paredes. Los años continúan pasando de largo y dejando tras de sí un reguero de piedras y pizarras caídas, de conquistas de las casa del pueblo por parte de los gatos, ratas y plantas trepadoras. Aun así ellos siguen allí aunque pudiera parecer imposible.

El primer lustro llega y ellos continúan allí, parados y secos y vacíos pero vivos. A su alrededor se comienzan a acumular las hojas secas que ya cubren sus pies, siguen vivos, pero cada uno en sus recuerdos. Un segundo lustro pasa y se arrejunta con el primero, pariendo un decenio, que llama a otros y se acumulan por la zona, trayendo consigo al primer centenario del día en que comenzó la historia aquí escrita. Ninguno hace nada en esos años, sus casas ya no existen, ellos sí, los vasos de la última ronda que trajo el Indalecio hacía ya mucho tiempo que estaban vacíos por culpa de la evaporación, sus animales de compañía ya se habían reproducido y muerto, y sus descendencias tras tantos años solos, se habían asilvestrado olvidándose con tranquilidad de su acepción de domésticos. Pero todos ellos siguen allí.

Cienes y cienes de años llegaron, el último de ellos se trajo consigo al primer milenio que les ve en la estampa que no habían cambiado en tanto tiempo, los Pirineos que tenían a su espalda habían perdido varios metros de altura por culpa de la erosión, el curso de algunos ríos cercanos habían cambiado de forma, habíamos extinguido a muchas especies animales y otras habían mutado. El ser humano viaja en una especie de naves voladoras y se ha extendido el tele-transporte y construye grandes ciudades de vacaciones en Marte y Saturno y, como no podía ser de otra manera, para comprar una apartamento allí solo necesitabas pedir un préstamo al BBVASCH, en donde los presidentes Botín y González continúan vivos y gobernándonos. A pesar de todo esto, nuestros amigos también continúan allí, en su misma terraza, aunque a estas alturas el único recuerdo de que estaban jugando al guiñote, son los trozos de carta que han sobrevivido a las inclemencias del tiempo y que aún sujetan entre sus dedos, además de la bandeja de acero inoxidable oxidada que el Indalecio mantiene sujeta en el sobaco.

Ignacio Carral La Estampa 1930Todos sobreviven en sus recuerdos, disfrutando de la compañía de sus seres queridos, hasta que de sopetón comienzan a hablar de nuevo y aunque cada uno dice una frase diferente todos vienen a decir lo mismo, Hasta dentro de un rato.

Ahora se despiertan y se miran y sonríen y uno pregunta, “¿Vamos de vueltas?”, otro le responde, “Sí” y un segundo, de los que observaban desde la tribuna, reprocha, “No la vuelvas a cagar con el As como antes”. El que sale mira lo que queda de sus cartas y lanza sin dudar el as de triunfo, “Cárgamelo que la partida ya es nuestra”, todos miran a su compañero y este sonríe, el gesto parece dolerle y responde, “Ahí va la espadilla. Hemos ganado”.

El Indalecio observa a los presentes y se despide de todos y por todos, “Ha sido un placer compartir el pueblo con tan buena gente como vosotros”. Todos sonríen y asienten y en un parpadeo se convierten en polvo y la estampa desaparece.

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