Incoherencia primate


La escena podía reunir muchas características, primate, agresiva, violenta, desagradable, rocambolesca, e incluso, vomitiva; pero todos los presentes aceptaban una cosa, la escena era coherente.


Roberto se desangraba en la pala de una de las excavadoras del vertedero donde se estaban desarrollando los hechos.

Pedro lloraba de rodillas frente a la excavadora con los brazos y el pecho de su camisa blanca bañados en sangre, y gritaba con rabia para nada contenida.

¿Para qué nos ha servido todo esto?

Y se respondía a si mismo tras observar la imagen en la que estaba inmerso.

¡Para nada!

Los demás presentes, de los cuales ninguno compartía genes con el asesino de la baraja, trataban de distanciarse de los acontecimientos que acababan de protagonizar, pero ninguno huía físicamente, tan sólo trataban de fingir que no estaban donde estaban o que no habían hecho lo que en verdad habían hecho.

Pasaron varios minutos y el guarda del zoo (sección primates) Lucas, dejó que un par de lágrimas recorrieran sus mejillas mientras se repetía para sí mismo.

No he podido hacer nada más, Roberto y Pedro tenían razones irrefutables.

Lucas estaba parado al lado de una furgoneta oficial del zoo tumbada sobre uno de sus laterales, abollada por todas partes, con las puertas traseras completamente abiertas y la del piloto, arrancada de cuajo a por lo menos veinte metros del vehículo. De repente un pequeño chimpancé llegó desde ninguna parte y salto sobre Lucas asustado y temeroso. El guardia lo cogió como a un niño pequeño y le acarició la cabeza y pensó en sacar el móvil, habría que alertar a alguien. Era hora de ser responsables.

Lucía miraba todo como si la situación fuera ajena a ella, como si no hubiera tenido esa pistola en sus manos, como si no le hubiera pedido aquel favor a Lucas, quien la quería desde hacía años, para ayudar a su novio Roberto. Ella era quién más lejos estaba de la excavadora aunque era quién más le conocía y con quién más confianza tenía. Ella le quería y él al quería, pero los hechos acaecidos los distanciaban por segundos. A los pies de la amada seguían los plátanos que habían salidos despedidos de la furgoneta del zoo y la pistola que acababa de convertir la historia en trágica, algunos de los primates que se habían escapado se acercaban a Lucía, rodeándola. Ella no se fijaba pero cada vez que gemía, que sollozaba o que su cuerpo soltaba un pequeño espasmo, los monos, ya fuesen chimpancés, pequeños mandriles o crías de orangutanes, retrocedían con un salto; pero nunca a una mayor distancia desde la que habían comenzado a acercarse tras el anterior retroceso. La situación hubiera tenido un titular gracioso, “Monos sueltos en un vertedero de Barcelona”, si los demás protagonistas de la escena no estuvieran inmersos en un drama tal, que ninguno de los presentes podía reprimir la pena.

El tiempo continuaba con su paso firme y decidido sin percatarse de lo que algunos estaban sufriendo.

Pedro se manchaba la cara de sangre al tapársela para que nadie le viera llorar, estaba claramente incapacitado y sus piernas no le permitían levantarse y marcharse lo más lejos que le fuera posible del lugar, que era lo que más deseaba.

Algo similar le ocurría a Lucía, salvo que ella casi no derramaba ninguna lágrima. Su dolor era más hondo, la responsabilidad lo hacía más afilado y punzante.

Por su parte Roberto acusaba un sentimiento más tangible, más físico y que de la misma manera le eximía de cualquier culpa, no porque no la tuviese, ya que fue él quien lo empezó todo, sino porque el dolor de su herida no le permitía ni tan siquiera pensar en ella.

El último valor de la ecuación, Lucas, que se había visto envuelto en toda la historia de manera indirecta, sufría los daños colaterales de una idea rocambolesca, de un plan estrambótico y sin objetivo; de hecho, tras todo lo ocurrido, quienes realmente habían sufrido eran los primates a cargo de Lucas. De los que estaban en la furgoneta cuando la “cogieron prestada”, habían muerto en el accidente cerca de cinco monos, entre ellos la mandril madre, que dejaba a una cría, y la chimpancé madre, que dejaba a otra. Esta última cría era la que se había subido en Lucas para que este le protegiese, algo que hace con un cariño inusitado.

Pedro vuelve a mirar a su amigo Roberto, al que cada vez se le nota más la herida de la tripa; al hacerlo se percata de que del agujero que le han dejado el disparo y el desgarro posterior sale una especie de cuerda, tras unos segundos de observación se da cuenta de que es el intestino delgado. Este descubrimiento le hace soltar un pequeño grito que a su vez se traduce en que, tanto Lucía como Lucas se preocupan y lanzan al unísono, pero desde su distancia, la misma pregunta.

¿Qué ocurre? ¿Por qué has gritado?

Y aunque existe una preocupación real, ni Lucía se levanta del suelo, ni Lucas suelta al chimpancé. Eso sí, este último termina por sacar el móvil. Al fin lleva a cabo la primera parte de su plan para “ser responsables”, aunque aún le queda la segunda y más importante, llamar a una ambulancia.

Por su parte los chimpancés que rodeaban y que siguen rodeando a Lucía se han sobre-excitado debido a los continuos gritos, pero aun así han comenzado su estrategia para alcanzar los plátanos. Parece que en el zoo hayan aprendido de los leones su forma de cazar y que la estén aplicando, ya que de manera premeditada un par de monos avanzan hacia las bananas y por ende hacía Lucía, mientras que el resto la rodean, a mayor distancia del objetivo. Lucía, que ya sólo por los hechos que han ocurrido está hecha un manojo de nervios, empieza a notar como su histerismo aumenta ante el paulatino acercamiento de los animales primates. Mira de reojo la pistola  y piensa.

Si me joden, les disparo. Después de lo que le he hecho a Roberto que más me dan unos mono o… o yo misma.

Pero ella no será la primera.

Pedro sigue paralizado ante Roberto, ya no quiere mirarlo más pero aún le oye, no puede evitarlo, está demasiado cerca. Quizás esta es la razón que mantiene a Lucas y a Lucía lejos, cada uno en su lugar. Lucas enfrente de la excavadora y Lucía a un lado de ella

Muchas veces la razón de una decisión equivocada está cargada de culpa, Lucía acerca su mano a la pistola y los dos monos de avanzadilla continúan dando pequeños saltos hasta los plátanos. Por su parte los demás primates se acercan paso a paso y observan; a su vez Lucía les observa aun de rodillas y notando en la palma de su mano el frío metálico del cañón de la pistola. Ella les cuenta.

Son siete.

Dos orangutanes pequeños, dos chimpancés y tres mandriles. Entre estos últimos se encuentra la cría, ahora huérfana. Ella fija entonces su atención en la pequeña avanzadilla y les distingue.

Un mandril y un chimpancé.

Se asusta al verles tan cerca. Estos al notar tan próximos los plátanos se han olvidado de la precaución y corren hacia ellos, y Lucía coge la pistola y les amenaza apuntándoles, cómo si a estos animales un objeto que les es completamente desconocido y ajeno, les fuera a amedrentar.

Todo ha ocurrido en menos de medio minuto, la posición es tensa como siempre que hay un arma cerca.

Lucas escucha los sonidos de pies resbalando con la gravilla, de respiraciones entrecortadas por el esfuerzo y de gemidos lastimeros, este último es Roberto, y grita.

¡¡Lucía no hagas más tonterías por favor!! ¡¡Sólo quieren los plátanos, no pasa nada!!

Lucía baja la pistola, aparenta calmarse y mientras el resto de monos corren a por las bananas, que los de la avanzadilla, por valientes, ya están comiendo.

Pedro continúa sumergido en sus lágrimas, ni tan siquiera la tensión que acaba de notar a su alrededor le ha hecho levantar la cabeza. Todos estos sucesos han reavivado el instinto protector de Lucas, que por fin reacciona aunque sin llamar todavía y con la cría en su pecho se acerca a Roberto, y Lucía que le ve, pregunta.

¡¿Qué tal está?!

Lucas todavía está lejos como para poder responderle, así que continúa andando y en cuanto observa de forma más detenida al futuro cadáver, responde a Lucía.

¡Está muy mal! Hay que llamar a una ambulancia, Lucía.

Esta sin dudarlo mete la mano que tiene libre en el bolsillo en busca del móvil y nota como una terrible decepción le invade el alma, el teléfono no está. Es entonces cuando levanta la mirada para decírselo a sus acompañantes de escena y es también entonces cuando se da cuenta de que dios tiene un sentido del humor negro y cruel.

Primate duda

Lucas se había apoyado con la mano que guardaba el móvil en uno de los bordes de la pala que aguantaba a Roberto, dejando al herido justo debajo de él; con la mano sobrante le fue a tomar el pulso del cuello, soltando al chimpancé y confiando en que como cría que era, su instinto le guiase a agarrarse sola del cuello, pero como imaginaréis, no lo hizo. Y comenzó a caer hasta que en el descenso, el primate encontró una liana. En cuanto la agarró, Roberto chilló, eran sus tripas. He aquí lo que vio Lucía cuando levantó la vista, desgraciadamente con una pistola en la mano.

Todo lo que ocurrió después, ocurrió muy rápido.

Lucía gritó.

¡¡No le hagas más daño!!

La culpa hablaba por ella.

Lucas respondió aunque la frase anterior no iba dirigida a él.

¡Yo me encargo!

Pero ella ya no hacía caso, tan sólo hubo de levantar el brazo y apretar el gatillo mientras los primates cercanos miraban y aprendían. La desgracia fue que Lucas se había agachado para coger a la cría de chimpancé, que sin querer había alargado por lo menos medio metro la parte del intestino de Roberto que se veía, y esto permitió que se pusiera a la misma altura de la bala. Le atravesó el cráneo.

Pedro continuó llorando sumido en un manto de miedo y desesperación. Lucía por fin se acercó corriendo a la escena que había creado, pero antes de avanzar, soltó el arma que le acababa de convertir otra vez en asesina, dejándola al lado de los monos.

Estos, sin poder reprimir su curiosidad, corrieron hasta el objeto brillante y ruidoso, lo cogieron como habían visto y lo levantaron como habían visto y movieron el gatillo como habían visto, eran unos primates muy inteligentes, y el sonido volvió y se asustaron soltando el arma y la bala salió y mató a Lucía por la espalda.

La ironía fue que quién disparó fue un chimpancé, el primate parecía que se estuviera vengando del anterior intento de asesinato perpetrado por Lucía contra uno de los suyos.

Mammal Primates Ape Zoo Chimpanzee Monkey

Pedro sigue llorando sin levantar la cabeza y no observa la escena. Quienes sí lo hacen son los chimpancés, los mandriles y los pequeños orangutanes.


La escena podía reunir muchas características, primate, agresiva, injusta, violenta, desagradable, rocambolesca, e incluso vomitiva, pero todos los presentes que la observan aceptaban una cosa, la escena era coherente.

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