Escapada de padre e hijo, vol. 1 1


Nos vamos ya, rápido, guarda todo en la maleta y al coche

¿Pero papá? Yo quiero ver los dibujos….

No hay tiempo

¿Y el desayuno?

Pararemos en la carretera y después aprovecharemos los baños públicos para asearnos

¿Pero?

Nada de peros, corre y haz lo que te he dicho, tenemos mucha prisa

Como el hijo remolonea y le cuesta apagar la televisión, el padre decide tomar cartas en el asunto y le ayuda a hacer equipaje mientras de fondo se escuchan todas las onomatopeyas procedentes de la serie. Una vez terminado este momento, con la premura que lo ha caracterizado, los dos salen de la habitación del hotel y al pasar por recepción el padre paga la estancia con el dinero justo y en efectivo. Los dos, agarrados de la mano y con sus mochilas a cuestas marchan en un trote rápido que no se aprecia a simple vista, quizás el cariño con el que apremia el padre al hijo cubre la escena al mirar, endulzándolo tanto que incluso ralentiza sus movimientos. Llegan al vehículo, un pequeño utilitario azul con las ventanas traseras tintadas y con habilidad en menos de medio minuto han guardado todo en el maletero, a ellos mismos en los asientos, con cinturón de seguridad incluido, y ya están encendiendo el motor.

¿Estás bien Juan?

Papá, tengo hambre

Abre la guantera y coge una chocolatina, en la próxima gasolinera tomaremos un Cola Cao, ¿vale?

Vale

Tenían por costumbre utilizar esta muletilla como si de la rúbrica de un contrato verbal se tratara, una vez se aceptaba, no había vuelta atrás, los dos habían llegado a ese acuerdo durante los años felices, que decía Pedro, cuando todavía vivían juntos y Juan aprendía a hablar. Después el tiempo pasó como siempre hace, impasible e implacable y por sorprendente que pueda parecer, debido a sus tiernos once años, en esto está pensando Juan mientras observa el paisaje, llega y se va, llega y se va, llega y se va aunque no se mueva y para él es como si pudiera ver el tiempo de forma tangible. Sus pies están en constante quietud, así que no recorren metros, son minutos. Los kilómetros se acumulan, la chocolatina se acaba y la sed comienza; en la lejanía, ante lo plano del terreno, aparece la gasolinera bajo el manto del sol de invierno, que con su precioso manto de luz blanquecina, que enmudece a la de cualquier otra época, la baña dándole un aspecto todavía más apetecible de lo que el hambre que les aprieta ya le daba. Pareciera que incluso el edificio  fuese comestible. Mientras aparca, Pedro comprueba el indicador del depósito de gasolina, a tres cuartos está perfecto, algo menos que hacer, así que una vez estacionados entran en la cafetería y después de un vistazo rápido tranquilizador, el padre, tras revolverle el pelo con cariño, da pie a su hijo para que coja el bollo de su desayuno de entre todos los de las estanterías. Él a su vez pide un Cola Cao en leche fría, con grumos como a Juan le gusta, y un café solo doble y bien cargado para él. Esta noche no ha conseguido dormir más de diez minutos seguidos entre pesadillas y ruidos sospechosos, y menos mal porque si no, probablemente esta mañana les hubiesen descubierto. En esto piensa Pedro cuando con un grito de alegría, que reconoce perfectamente, Juan le indica que ha encontrado su bollería favorita y los dos se sientan durante diez minutos de calma absoluta, a desayunar. El hijo le cuenta el último capítulo de sus dibujos animados favoritos mientras el padre escucha entre adormilado y ensimismado con la alegría que desprende su descendencia. Al terminar y llevar las tazas sucias a la barra un pensamiento resuena en su interior: qué corta hubiera sido la depresión si hubieses estado conmigo. Aunque al mirar el reloj la realidad regresa haciéndose presente y atropellándolo, no hay tiempo para recapacitar ni arrepentirse, sólo para tirar hacia delante. Llama a Juan, que ya se había perdido entre los juguetes anhelándolos, al volver, obediente, le coge en brazos y el hijo le abraza el cuello con suavidad y al olerle, se calma, porque no hay nada más nuestro que el olor corporal, que como las huellas dactilares, es único y personal. Uno sobre el otro recogen un neceser de la guantera del coche y se van al baño anexo a la cafetería de la gasolinera a asearse, se lavan los dientes y la cara y las manos y como sustitutivo de la ducha, un agua en los sobacos y genitales, y completamente preparados vuelven a la carretera. Una vez en marcha y sin olvidarse de la costumbre, Juan le pide a Pedro que le cuente el chiste del día, una institución que implantaron cuando el hijo aprendió a hablar con un mínimo de sentido. Primero cuando le llevaba a la escuela infantil, después, antes de llegar al colegio y más tarde se lo prohibieron, así que en este viaje sorpresa lo han recuperado para los primeros kilómetros de recorrido diario.

¿Ya te he contado el del caracol?

No

Va un caracol y derrapa

Juan se queda igual al principio pero conforme se va formando la imagen del caracol derrapando en su cabeza, la comicidad aumenta y tras un par de minutos, la carcajada correspondiente aparece, tan estruendosa que incluso asusta al padre. A velocidad moderada y por carreteras secundarias, antes llamadas nacionales, avanzan dirección norte cumpliendo con los plazos del plan que en su momento Pedro trazó. Las horas pasan en forma de paisajes distorsionados por el movimiento y la conversación, constante allí donde esté Juan, fluye entre temas infantiles que el hijo saca, unos simples y otros muy complejos, porque por mucho que los medios trate a los infantes como si fuesen idiotas, sólo necesitan tres cosas para notar, casi a tiempo real, cómo sus neuronas crean nuevas conexiones: tiempo, libertad y educación sin prejuicios.

Cuando veas un bar de carretera u otra gasolinera donde te apetezca comer, dímelo. ¿Vale?

Vale

Se suceden los minutos pero no los lugares donde sirvan comidas, hasta que Juan ve, allá lejos, un edificio que no está anunciado en la carretera aunque sus luces de neón lo presentan perfectamente, tanto que el hijo no puede resistirse a su iluminación, la iluminación del Club Suspiros, nombre que lee con las dificultades de su edad y que asegura a Pedro de qué tipo de club se trata. Y aun así decide parar porque por probar no pasa nada. Claro que cuando llegan a la puerta, el gorila que la cubre por supuesto no les permite la entrada pero como contraprestación les informan de un restaurante de carretera muy bueno, a unos pocos kilómetros. Hasta ahí marchan sin descanso pues la hora apremia, estos pequeños detalles no estaban reflejados en el horario. Llegan en un santiamén y en el aparcamiento se cruzan, mientras entran, con un coche de la guardia civil y Juan, como siguiendo un juego, se agacha en su asiento haciéndose invisible al exterior del vehículo y como era de esperar, la autoridad ni tan siquiera se percata de la presencia de su coche. Entran y comen, ni rápido ni lento, ni mucho ni poco, y como siempre, es el hijo quien escoge la comida y es que Pedro, al que le gusta todo, sabe lo feliz e importante que le hace sentir a Juan tomar decisiones por los dos. Y teniendo en cuenta que todo lo demás está ya organizado, el viaje hasta ahora ha sido una retahíla de pasta, patatas fritas, hamburguesas y helados.

¿No te gustaría cambiar hoy? ¿Quizás un poco de pescado?

Pero papá, es que hay boloñesa y hamburguesa y…

Y aunque Pedro aprecia en su hijo que si se lo dijese comería pescado o verduras, también se percata de la tristeza que en un segundo se ha apropiado de Juan con sólo imaginarse comiendo pescado y ante esto sólo puede decir, con una sonrisa plena de amor.

Pide lo que quieras mientras voy al baño, para mí lo mismo que tú

Cuando sale, sobre la mesa encuentra dos platos de tallarines, unos con boloñesa y otros con una mezcla desconocida de hierbas, bacón y ajo, Pedro se sonríe al comprobar las elecciones de su hijo, quien ante esa sonrisa con sorna se siente en la obligación de justificarse.

Te he cogido una pasta con salsa rara porque siempre dices que hay que probar cosas nuevas.

Ah, entonces de segundo no tenemos hamburguesas, ¿no?

No, no, sí que son hamburguesas…

Responde el hijo apartando la mirada, culpable hasta que recuerda algo, y con seguridad la vuelve a alzar para añadir.

Pero las he pedido con ensalada en vez de patatas fritas

Y ahora quien sonríe es Juan.

Terminan y salen del restaurante, tras ellos se puede ver brillar, por el aceite, la ensalada intacta del hijo. Desde el exterior pueden ver la pecaminosa luminosidad del Club Suspiros y, si sus ojos fuesen más propios de halcones que de humanos, hubieran podido apreciar al mismo coche patrulla de antes allí estacionado. Pero si a nuestros protagonistas eso no les importa, pasaré de puntillas por el hecho y continuaré la narrativa.

Ya en el coche y en marcha, el padre mira el reloj y a pesar de que se estresa pues han gastado mucho tiempo en comer, con calma y suavidad le ofrece al hijo la posibilidad de dormir, que con inteligencia no llama siesta  porque le conoce y sabe que Juan rechaza esa idea por principio y por infantil, él ya es mayor. Aun así la calidad y el traqueteo del vehículo adormilan al pequeño que sumado al permiso paternal, hacen que en menos de diez minutos Juan se quede roque durante toda la travesía. Mientras tanto y gracias quizás a la tranquilidad que ahora le acompaña, Pedro repasa el plan mentalmente. De acuerdo, hoy seguiremos dirección norte y dormimos en la carretera, pero mañana llegamos a la frontera y al fin, después de tantos años prometiéndoselo, le voy a dar ese viaje por Europa que le prometí. Eso sí, tengo que darme prisa.

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