Academia de Marketing para desempleados 1


Era fumador compulsivo, de esos que consideran que perder diez minutos para fumar dos bajo la lluvia y el frío es recompensa suficiente, pero también era director de la academia de marketing y lo que más le molestaba era que siendo suya la empresa y pagando él como pagaba el alquiler, viniese el estado a prohibirle algo en su ámbito privado. Cada vez que lo vuelve a pensar llega a la misma conclusión, la única válida para su pensamiento único:

Cuánta razón la de los librepensadores de Chicago… cuánto más ha de inmiscuirse el estado en nuestras vidas para que la gente deje de adorarlo, ¿es qué no se dan cuenta de que son esclavos, qué trabajan para él?

Pero bueno, tira el cigarro tras dos caladas pues hoy comienza el curso de su academia gratuito para parados, gratis de forma directa porque al fin y al cabo, vaya como vaya, el gobierno de turno le va a pagar por ese curso y lo hará con el dinero de los impuestos, a los que también aportan aquellos que no tienen trabajo. Hoy toca la presentación así que le toca hacer acto de presencia para echarles encima el tocho de obligaciones a las que el instituto de empleo/desempleo nacional les insta: a no faltar más de un 20% a cualquier módulo de estudio, a no superar las tres faltas en un mes o el hecho, malvado en su fondo pues sólo sirve para mejorar las estadísticas, de que dejarán de aparecer como demandantes de empleo. Entra en clase y observa las caras de lo que para él es el fracaso y rebufa un poco, como cansado, pero con disimulo ya que los años de experiencia en el trato con políticos (así consigue estos acuerdos con la Administración) le han enseñado lo importante de la vida, convencer, engañar y conseguir lo que se quiere, cueste lo que cueste.

Academia de Marketing para desempleados 1

Con una sonrisa falsa durante años ensayada frente al espejo espera a que la secretaria, escogida por dos buenas razones, termine de explicar los aspectos más burocráticos y aburridos. A él le toca cerrar el speech con temas técnicos y a pesar de que en estos minutos pareciera que observaba a sus alumnos, en realidad hacía caso omiso, no atendía sus dudas ni reparaba en su aspecto y precisamente por esto, lo que ocurre en su turno de habla le pilla a contrapié.

El auditorio, que ya ha escuchado a la secretaria, se compone de quince individuos, de todos los géneros, que comparten unos detalles estilísticos muy concretos y distintivos: llevan riñoneras y mariconeras, más de un cigarrillo en la oreja, piercings de lo más variopintos con un punto en común, brillan con potencia bajo los fluorescentes; en sus ropajes destacan, en el formato más grande posible, los logos de las marcas y por último lo más llamativo de su aspecto, todos embellecen sus caras con pequeños tatuajes. Y ahora es cuando comienza su discurso, no lo ha preparado, no es tan importante. Siempre juega con los mismos conceptos que suelta de primeras:

Ahora no tenéis trabajo pero este curso os ayudará a conseguirlo y a conseguir lo que de verdad queréis, como todos y cuanto más mejor, dinero.

Pareciera que hubiese prendido un interruptor o activado el percutor de sus mentes en la dirección correcta, pero en un formato desconocido para él.

¡Sí, sí! ¡Dinero es lo que queremos! ¡Dinero!

Gritan todos a la vez aunque no al unísono, lo gritan literalmente a los cuatro vientos y a cuatro tiempos, y como si de una estampida se tratase, comienzan a saltar y a danzar por entre los ordenadores, se suben a las sillas y saltan desde las mesas mientras siguen cantando su canon desordenado. Unos continúan con la base de la letra como si les faltase el aire: dinero, dinero, dinero. Otros, en un tono más agudo a pesar de que sigue sonando a cántico hooligan, pían como gaviotas: mío, mío, mío. Los del fondo, sin moverse de su sitio y de rodillas sobre sus sillas, golpean las mesas con sus puños aportando la percusión y el grito: lo quiero, lo quiero, lo quiero. Finalmente el cuarto grupo cantor que suelta su consigna al cuarto viento revolotea por las esquinas como gorriones, mientras con voces enflautadas desentonan: soy influencer ¿te publicito? soy influencer ¿te publicito?

Academia de Marketing para desempleados 2

Observa la jaula de grillos en que se ha convertido el aula de su academia y, aunque adora el pensamiento que subyace en el circo que han formado, no puede dejar de alzar la voz para exigir silencio y respeto, ese respeto que él no les tiene pero que siempre aparenta. La consecuencia de este arrebato no es la que por norma general recibían sus canas, no lo perciben como la orden de una figura de autoridad o mejor dicho, observan en él una figura de autoridad que quiere coartarles su libertad y tienen clara una cosa, que nunca cederán su libertad. Durante el primer segundo tras el grito, largo como un día sin pan, todos se paran y callan hasta que el primer alumno que responde, lo hace enérgicamente:

¡¿Pero qué te crees?! ¡Tú no eres mi padre! ¡Qué coño, ni a mi padre le permito que me trate así!

Y lo que antes era una jaula de grillos, ahora son gorilas enrabietados. Saltan por todos lados y sobre todas las cosas, arrojan al aire ratones y teclados, arrancan la moqueta, patean las pantallas y las torres y en poco tiempo, el aula parece una escena de guerra, como si algo hubiera implosionado llenándolo todo de resistencias, microchips y plásticos varios. El caos se extiende hasta chocar con las ventanas, sin ser algo físico golpea el cristal y es entonces cuando el fumador compulsivo que decía dirigir comienza a prestar atención, no sin antes buscar la ayuda de una ya desaparecida secretaria que ha huido tan pronto como ha podido. Tras el alboroto gamberro, al fondo de la sala uno de los estudiantes se sienta, se enciende un cigarro y con la tranquilidad del que vive siempre a toda velocidad recapacita mientras observa al director de la academia, quien no puede remediar desear fumar también y más aún al verle inhalar el humo con tanto disfrute.

Sin aviso alguno, sin importarle lo que a su alrededor ocurre, sin ser golpeado por ninguna de las piezas de hardware que vuelan de un lado a otro, sin que nadie le empuje aunque nadie le mire, sin dudar un ápice, sin temor en la mirada y con la convicción del que se sabe con razón, avanza el alumno reflexivo hacía nuestro fumador compulsivo. Él se siente incapaz de reaccionar, le han superado, no entiende esta necesidad histérica porque nunca la ha sufrido y aun así, sólo puede esperar a que hable aquel que ya se encuentra frente a su cara. Este le echa la bocanada a los ojos y le pasa el cigarro, le deja echarle un calo, tranquilizarse y habla:

No tengas miedo, no nos temas, no somos monstruos ni locos, no somos más que vuestros hijos, los hijos de vuestros ideales, esos ideales que habéis imbuido en todo, en los medios, en la política, en la publicidad, en el deporte, en la sociedad, vamos, que no te asustes de tu creación porque lo habéis conseguido, nos creemos vuestros preceptos neoliberales, tenéis el control y tomáis las decisiones… y… ¿ahora qué?


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Una idea sobre “Academia de Marketing para desempleados

  • Pura

    Bastante inquietante el panorama. !!!!!
    Yo sé que hay otro tipo de personas y relaciones, aunque no sé si entre los jóvenes…..
    Gracias por plantear ésa realidad. 👏👏☺️☺️