Rol y yo


Hoy quiero tratar un tema lúdico con vosotros, hablar de algo que no saco a relucir en la web, el eterno olvidado del Contador de Historias, mi relación e historia con el rol, que como todo en la vida justifica mis opiniones al respecto. Años han pasado ya de mis primeros acercamientos a los juegos de rol, muchos años en realidad, desde que mis padres me regalaron el libro de aventuras básico del Señor de los Anillos y al que quizás llegué a jugar, o intentar jugar mejor dicho, una sola vez. Y es que a pesar de mi desmedida afición a la lectura, que me permitía comprender ideas más complejas que el resto de mis amigos (no olvidéis que era pequeñico), nunca llegué a entender del todo eso de los dados y las puntuaciones, si le sumamos que en EGB éramos más de fútbol, no convencí a nadie para repetir el intento de partida con El Señor de los Anillos. En resumidas cuentas, los juegos de rol me fueron ajenos salvo por una excepción, el día en que con unos diez o doce años, un amigo mayor nos hizo una pequeña campaña de Vampire o Cthulhu para las tres horas de recreo que teníamos a la hora de comer y fue tan divertida que por no dejarla hice mi primera pirola, de una actividad extraescolar, eso sí.

Así fueron mis primeros encuentros con el rol, una mezcla de sorpresa ante todo lo que se podía hacer y decepción por lo complicado que parecía hacerlo. Por desgracia los siguientes encuentros sólo tuvieron esta segunda parte, la de la decepción, acompañada de la frustración.

Pasaron los años, superé el instituto y parte de toda la universidad que sale en mi currículo, y aunque me aficioné más a los juegos de mesa, en parte por mi anterior experiencia, en parte por la compañía, siempre guardé esperanzas para el rol. Así que el día en que me invitaron a una partida de Dragones y Mazmorras, no me resistí y marché al local donde se celebraba y allí, rodeado de amigos y desconocidos comencé mi racha de mala suerte y frustración, mucha frustración, con los juegos de rol. Durante varias quedadas se repitió un mismo guion que terminó por alejarme de este ocio en concreto: quedábamos a una hora pero cada uno llegaba cuando quería, así que empezábamos tarde, cada uno tenía que hacerse su ficha con los retrasos que provocábamos los novatos, aparte del tiempo que ya de por si cuestan rellenar, y cada uno tenía que crear su personaje, un pasado y unas pocas características, en donde de nuevo los novatos hacíamos perder más tiempo. Y finalmente, antes de que la aventura pudiera comenzar, la partida ya había acabado porque alguien se tenía que ir, o llegaban personas ajenas a conversar e interrumpir o… yo que sé, parecía que cualquiera razón era válida… al menos nos íbamos con la esperanza de que la ficha estaba terminada para la siguiente quedada donde sí que daría comienzo nuestra epopeya. Pero durante esos años nunca fue así para mí, ya que en esa segunda cita con el rol siempre ocurría algo como una urgencia del máster que le impedía venir a última hora o el clásico: nuevos jugadores y de nuevo novatos con nuevas personajes y nuevas fichas y… oh, novedad, nuevamente nos quedábamos sin aventuras. En la tercera quedada, el anterior máster no tenía ganas de serlo y el que se ofrecía como nuevo director sólo conocía Vampire y no con el que habíamos comenzado, D&D, así que todo comenzaba otra vez y terminé sin jugar partida alguna, repudiando las fichas complejas y frustrado con el rol, tanto que durante años lo evitaba, hasta que hace pocos años (¿quizás tres? ¿cinco?) todo cambió.

Yo ya me había olvidado de los juegos de rol, pero nunca había dejado de admirar y apoyar la creatividad a mi manera, y charlando con unos amigos se me ofreció la oportunidad de jugar y probar una aventura con un método tan sencillo que se me hizo la boca agua, y además inventado por gente a la que aprecio. Puede que basado en algún juego de rol anterior, no lo sé, pero para mí algo completamente novedoso, innovador y sobre todo, divertido. Con tan sólo tres atributos (o menos, incluso ninguno en alguna versión), una pequeña síntesis de tu historia y un par de habilidades consecuentes con lo que quieres que sea tu personaje, que además debe aceptar el máster (no vale lo típico de tengo una espada que siempre mete críticos y además cuando mata, el muerto revive como un aliado alado). Con sólo esto, multiplicado por los jugadores que seáis, y un máster con un pequeño guion y mucha imaginación, la aventura comienza.

Por ahora, en el tiempo que os he dicho, para mí la aventura ha comenzado por lo menos cinco veces, y aunque ninguna ha sido peor, alguna sí que ha sido mejor. Con acierto pensaréis que eso es imposible… pero… mi texto, mi lógica.

En este punto escribo lo que leéis, en el feliz reencuentro con el rol, pero no con ese rol farragoso y complejo de las mil tablas y las dos mil tiradas de dados (perdón a todos los que sabéis disfrutarlo, seguid haciéndolo, el problema es mío que no sé apreciarlo). Si no con otro mucho más narrativo donde la toma de decisiones y la planificación, cobran más importancia que las tiradas de dados. Los cuales sólo salen a relucir ante una acción que requiera de cierta habilidad (como el combate) y son la simplicidad personalizada, pero sobre los que no voy a hablar más, aquí he venido a hablar de mi libro o como mínimo, sobre mí. Si os parece interesante hacédmelo saber y os organizaré un encuentro metafórico con él creador… en otras palabras, le pediré que os lo explique, vete preparando Gusi.

Esta ha sido y es mi relación con los juegos de rol, horas de frustración en el pasado han florecido en noches de diversión en la actualidad, son esporádicos y se demoran demasiado en el tiempo, pero cuando aparecen son extraordinarias. Sobre todo por este nuevo método, tan rápido, narrativo y que te mete tanto en el personaje cuando sale bien, que las horas se pasan volando….

Volando por el espacio o luchando contra esqueletos o consiguiendo información en un pueblo medieval durante la feria de ganado o escapando del apocalipsis zombie o con cualquiera otra idea que se os ocurra… no sé si se nota mi entusiasmo, pero estas navidades volví a echar una partida y el reencuentro volvió a ser feliz. No hay ocio más imaginativo, sólo comparable con las improvisaciones musicales… no es nada fácil unir tantas imaginaciones con tan pocos mimbres…

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