Escapada de padre e hijo, vol. 7 1


Sí papá, todavía quiero ir a Euro Disney… contigo

Pedro sonríe de tal manera, con tanta sinceridad, que deja claro que ahora le da igual el resto, siente que esta aceptación viene a ser un perdón, no sabe si momentáneo o más a largo plazo, pero no le importa. Al menos si todo termina mal, bueno, si termina peor, tendrá por siempre la imagen y la realidad de que en un momento dado, su hijo, le absolvió de sus pecados. Aunque la sociedad no es Juan y se hace presente con rapidez separándoles.


Pedro continúa en la habitación con la pareja disfrazada de policías mientras su hijo, bajo una manta fina aunque mullida, está sentado dentro de una ambulancia en el exterior. Los fotógrafos y cámaras se agolpan a una distancia “segura”, a Juan le molestan las luces y lo dice. Cuando les obligan a retroceder uno de los periodistas, confuso, les recrimina en un francés sorprendentemente comprensible.

Si no hay problema, le vamos a pixelar la cara

El padre, a pesar de las adversidades, sonríe despistando a sus guardias, que al no ser duchos en el castellano, se han quedado llenos de curiosidad tras la última charla padre-hijo de la que han sido testigos. De repente, ese mismo padre, se sobresalta ante un detalle que se hace presente en su memoria y levantando su mirada hacia la pólice, les habla con cierta urgencia.

Se me ha olvidado algo, gendarmes, todavía le debo una cosa a mi hijo, él cumplió y se ganó el premio

Los policías no le comprenden y no sólo por lo disperso de la explicación, también por su falta de conocimiento de su lengua ya dicha, y por ello llaman por el walkie a una traductora que recoge su mensaje, lo transmite y le devuelve la respuesta del sargento.

No

Y cuelga. Frente a la oscuridad absoluta de hablarle a un auricular vacío, Pedro alcanza a decir.

Son sólo 5 euros… le prometí un juego de mesa…

Por su parte los dos vigilantes aprovechan para preguntar por vía interna a sus compañeros, que ya conocen la versión francesa, qué acababa de ocurrir delante de sus narices y al conocerlo, todavía les extraña más ese personaje al que han detenido. Piensan así mientras se rascan las rollizas y peludas barriguitas de sus disfraces de la pareja de ratones Disney.


En el exterior, desde que les separaron, nadie recuerda el significado de la calma. Los de operaciones especiales se agolpan alrededor de sus vehículos, refunfuñan y se mueven frenéticos, como perros enjaulados, porque les han llamado para nada; los agentes que guardan el cerco policial se están poniendo nerviosos ante el insistente avanzar de periodistas y curiosos; y el único lugar que hasta ahora mantenía la tranquilidad, la ambulancia, en este mismo momento bulle de actividad y ruge con los reproches de sus trabajadores, que están limpiando una bolsa de sangre cuyo contenido se ha esparcido por el interior, llegando a salpicar al Juan, ante la torpeza de uno de ellos. Nadie sabe quién ha sido, ni nade reconoce nada, pero el hijo sonríe porque el francés, la lengua, con ese tono de enfado le resulta gracioso. Es entonces cuando la traductora con la que Pedro habló antes se acerca a Juan, no sin antes reprochar con la mirada la ensangrentada situación de la ambulancia, invita a Juan a salir y le pide que le acompañe hasta un coche negro con las puertas abiertas, está más alejado del cordón policial y una vez sentado, su acompañante le pide que espere. El hijo observa el interior del vehículo, nada le llama la atención hasta que sus ojos se paran en el retrovisor central y en las orejas de Mickey que de él cuelgan, aunque son grandes no consigue distinguir las letras que brillan cual diamantes. Mientras se acerca para leer el nombre diamantino una figura se aproxima por su espalda y cuando Juan dice en alto, Pierre, detrás suyo suena un, ¿Oui?, que le asusta. Para tranquilizarle la figura se presenta, Soy Pierre, y le da raudo una bolsa de pseudo-patatas fritas, una chocolatina y un refresco de cola. El hijo agradece la comida y la comienza sin vergüenza; Pierre a su vez se interesa por cómo está, pregunta y se ofrece para cualquier cosa que necesite y aunque debiera ser tranquilizado, su mirada tiene un algo inquietante, como si le evaluase constantemente. Por fortuna en ese momento vuelve la traductora, tiene un móvil en la mano y viene acompañada por otra mujer, a la que presenta como, Carmen Núñez la psicóloga española con la que puedes hablar, y cuando ésta va a saludar un agente llega para llevarse a la traductora, la necesitan en otro lugar. Antes de irse quiere entregarle el teléfono a Carmen, a lo que se niega pidiéndole que se lo entregue a Juan, es para él. Ahora que se han quedado solos en el coche ya que Pierre también ha vuelto a las sombras cercanas, la doctora comienza.

¿Están buenas las patatas?

Sí, nunca las había probado, en mi ciudad de estas no hay…

Hace tiempo que el hijo ha perdido la vergüenza ante esta situación.

Pareces tranquilo… ¿No tenías miedo?

¿Por qué?

Por estar lejos de casa…

No, estaba de viaje con papá

Carmen se sorprende pero continúa.

¿Quieres hablar con tu madre?

A esto responde rápido, como con ansia, incluso le cuesta controlar el volumen.

¡Sí!… sí, quiero… sí, por favor…


La conversación discurre entre sentimientos intensos consecuencia de situaciones extremas, se escucha el llanto agradecido y aliviado de la madre al escuchar al hijo, quien rompe en lágrimas externalizando al fin los nervios y soledad que ahora se apropian de él. Tras unos minutos de sollozos ininteligibles justificados, la madre recura la compostura y le da las gracias por esa llamada de hace unos días, que le calmó mucho saber que estaba bien y que le quería. Por supuesto también se interesa por su bienestar y es ahí cuando el hijo se explaya, le cuenta que se lavaban los dientes en los baños de las gasolineras, que él escogía las comidas, que papá no le dejaba ver los dibujos por las mañanas, como ella, y abstrayéndose de lo que le rodea, con ilusión en su voz, reconoce.

Estoy en Euro Disney y está superguay

 La madre responde que se alegra, que está de camino y que cuando puedan irán los dos. Entonces, casi como el frío de la hoja de una daga traicionera, Juan le dice que no puede, que había quedado con su padre para ir y entonces, ante la contestación de la madre, la caja de truenos de los nervios propios de una situación como esta, se abren. La primera, sensata y comprensible respuesta es que no, que se lo había llevado a escondidas, que Pedro les había hecho sufrir y que eso no podía ser. Pero el hijo replica con una plena expresión de su inquietud actual repleta de desesperación, sollozos y tozudez infantil, frente a la que la madre con la distancia en su contra, poco puede responder. Trata de hacerle entender la realidad, no sirve de nada; intenta imponer su autoridad, no sirve de nada; prueba cualquier otro argumento o táctica que se os ocurra, no sirven de nada. Su hijo continúa en sus trece y decide negociar.

Es tarde Juan, el parque habrá cerrado ya…

Pero el desfile es en un rato

La madre ve aquí una oportunidad.

De acuerdo, imagino que si lo permite la policía, te dejo ir a ver el desfile con Pedro…

Juan suelta un grito de júbilo, queda claro que no conoce el mundo real, para él, el permiso materno está por encima de cualquier otra ley.

… eso sí, puede que lo hayan cancelado…

A lo que su hijo responde como el niño que es.

¡No han cancelado el desfile!

Esta frase reactiva a Pierre, que vuelve de entre las sombras y le dice al hijo.

Tranquilo chiquillo, sólo lo hemos retrasado

Lo ves mamá…

De hecho, creo que también podría hacer que os montarais en una de las atracciones, soy un alto directivo de Disney y tengo ciertas capacidades y privilegios

¡Las tazas giratorias! ¡Las tazas giratorias!

Pierre le pide el teléfono a un ilusionado Juan que se lo da sin rechistar.

Déjame hablar con tu madre, ¿sí?

En el traspaso se oye a la madre de fondo.

¡No, no, no, no! Juan no le des el…

Y mientras Pierre se presenta, ella escucha la reflexión de su hijo.

No, no, sólo el desfile. A las tazas quiero ir con mamá, son sus favoritas

Y se le derrite el corazón de puro cariño, bajando sus defensas. No escucha nada de lo que Pierre escupe hasta que nuevas voces aparecen por el auricular; Carmen la psicóloga española, viendo la situación y la futilidad de sus advertencias y amenazas, ha ido a informar a la policía y ha vuelto con la autoridad. El francés y el español se mezclan en un jolgorio de voces superpuestas, un canon bilingüe inservible que detiene el sargento con sus órdenes. Carmen se queda con Juan y el resto se aleja con el móvil para aclarar las circunstancias actuales.


El tiempo ha pasado muy despacio en la habitación, los gendarmes ni tan siquiera han hablado entre ellos y el silencio no sólo se ha hecho poderoso, también parece haber aumentado la temperatura con la tensión que provoca, hasta que una chispa activa la escena en forma de orden por el pinganillo. Mickey y Minnie levantan a Pedro de los hombros y le sacan por la puerta.

Desde el corrillo que han conformado las autoridades y Pierre, gritan.

¡Carmen, venid por favor!

Los dos marchan hacia allí y sin darse cuenta, el hijo le coge la mano a la psicóloga y eso le calma.


Pedro y Juan, padre e hijo, llegan en el mismo momento a las inmediaciones del corrillo, el oportuno para escuchar.

¿Está completamente segura?

Después de lo que ha pasado mi hijo y después de todo lo que le ha dicho ese pajarraco publicista de Pierre, no voy a ser yo quien le desilusione.


Sólo les permiten estar juntos en el desfile, custodiados por varios gendarmes de paisano, el padre se sube al hijo a los hombros y mientras Juan juega con el pelo de Pedro, ven el desfile en compañía y en su totalidad. Hasta que no pasa el último bailarín, ellos no se mueven.

Por favor papá, prométeme que te vas a portar bien

Con lágrimas en los ojos el padre responde.

Te lo prometo


Han pasado seis meses, un juicio y una condena; Juan despierta feliz un sábado por la mañana y sobre la mesa de la cocina, además del desayuno, hay un paquete.

Es de tu padre

Lo abre y de su interior caen otra caja, más pequeña claro, y una pequeña nota que lee al instante.

Como nunca pude comprarte el juego de mesa que ganaste en nuestro propio juego, te lo he hecho yo. Y como te prometí me estoy portando bien. Desde la cárcel con mucho amor, Pedro

Juan observa la caja y en su portada ve un título.

bom bar dum tusitala

Bom Bar Dum


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