Don José


Como todos, al principio fue alumno, pero él, después, también fue profesor y siempre le llamaron Don José. Era de la vieja escuela, un profesor que aún mantenía su jerarquía como figura de autoridad y al que por supuesto, padres y alumnos, trataban de usted, y con el don por delante. Don José respondía con el mismo tratamiento y es que si de algo podía jactarse era de ser respetuoso y educado, pero no porque se criase en una época distinta, más encorsetada. Si no porque tenía claro que si quería que de su clase salieran jóvenes respetuosos y educados, lo mejor era dar ejemplo. Más de 40 años estuvo en su puesto de profesor de química y por sus manos y sus clases pasaron innumerables adolescentes, que mejor o peor aprendían sus lecciones pero que por la edad en la que se movían, le daban más de un quebradero de cabeza con actitudes y acciones digamos, poco apropiadas. Siempre supo cómo reaccionar y lo hacía sin faltar al respeto pero con autoridad, de esta manera se ganó también el respeto de la comunidad educativa de su centro.

Y entonces, cuando más cómodo estaba, llegó el día en que su jubilación se hizo efectiva y Don José empezó a confundirse con Pepe, la versión juvenil de sí mismo.

Don José vivió siempre en la costa del Mediterráneo, en uno de sus destinos más turísticos, para mantener el anonimato, diremos que en su ciudad hay pajaritos por aquí, pajaritos por allá… Don José compartió la vida con su mujer, que trabajó en esa ciudad desde muy joven, a pesar de que era vasca. Siempre sintió morriña de su ciudad natal y cuando su relación estuvo madura, llegaron a un acuerdo:

“Cuando nos jubilemos nos iremos a vivir a mi (para seguir manteniendo el anonimato, diremos de la ciudad: ¡Viva la Concha de tu madre!)”

Por supuesto eso hicieron, un hombre de honor como Don José, no podía faltar a su palabra, y con sesenta y pocos años y la tesis doctoral en marcha por puro placer, se mudaron. Tras las dos primeros meses de asentamiento y de creación de nuevas rutinas, Don José (porque todavía era Don José) se percató de que los viejos amigos de su mujer eran euskaldunes y que aunque en épocas anteriores, cuando pasaban ahí las vacaciones, sí que hablaban en castellano, una vez compartió su día a día, ellos no podían evitar pasarse a su lengua materna, siempre la habían hablado en el caserío. Y Don José, que poco a poco, con la libertad que le aportaba la jubilación seguía con su evolución o involución (según se mire) hacia Pepe, aquel adolescente dicharachero y cachondo que ya había sido hacía más de 40 años, no se lo pensó dos veces y se matriculó en la euskaltegi (ups, el anonimato cada vez es menor…).

A pesar de que en las primeras clases aún se mantenía en una posición contemplativa, como debatiéndose entre Don José y Pepe, no tardó nada en dejarse llevar por la relativa juventud de la gela (relativa porque la treintena era la edad que más se repetía) y dejó florecer a Pepe, no poco a poco, si no de sopetón:

“Si es que aquí, con este catolicismo tan arraigado, no se ven mujeres haciendo top-less… por eso dicen lo que dicen sobre los vascos y el sexo…” y sonrió con la pillería de un adolescente.

Desde ese inicio se fue soltando más y más, Pepe ya no se cortaba ni Don José se resistía, tenía una edad, una experiencia y se apreciaba sin problemas, que aparte de aprender, lo que más le apetecía era divertirse. Se mostraba sin tapujos su humor aun adolescente (algo admirable desde mi punto de vista) y no se cortaba en cortar la clase para dejarlo fluir… era como si se vengase sin maldad con la profesora de todos los alumnos que cómo él ahora, tenían ganas de entretenerse en horas de clase… y digo sin maldad porque a pesar de su guasa, siempre mantenía ese respeto tan suyo, ese respeto que le acompañó toda la vida.


Y en este punto tengo una duda: ¿en qué categoría debería incluir esta historia, en el Diario Creativo o en Continúa la Historia? ¿A vosotros qué os parece? Podéis responder en los comentarios o en nuestras redes sociales: Twitter, Facebook o Google+

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