Dolores de cabeza 2


Un ataque silencioso e impredecible asalta tus neuronas sin razón aparente, no es que hayas perdido el control de lo que te rodea, los sonidos son los mismos de siempre, la música también continúa al mismo volumen y esa gruesa ventana deja pasar al frío tan poco como lo hacía ayer. La televisión sigue apagada, ya es costumbre, y la letra del libro que tienes entre las manos sigue con el mismo tamaño de antaño, aunque hoy parece editado por un liliputiense. Esas voces que hace apenas unos minutos sonaban sensuales o alegres o al menos llamativas, ahora son estridentes e irritantes, y más vale no hablar de las risas y carcajadas que antes te contagiaban felicidad y que en estos instantes despiertan tus instintos homicidas. ¿Por qué hay tanta gente? Te preguntas ¿Por qué no se callan? Continúas en tu pensamiento, y el mero recuerdo del personaje que hizo famosas estas últimas palabras hace que las pequeñas punzadas se agudicen. La temperatura y la climatología son benignas esta mañana, mucho mejores que las de la jornada pasada, aun así tú las notas mucho más profundas en tu organismo, como si los grados que faltan hasta los veinte idóneos, fuesen el doble. Sientes tus sentidos aturdidos pero  a su vez hipersensibles, hacen que los rayos de sol que has buscado para secar esas cuatro gotas, que para ti han sido millares, agredan a tus ojos con una brillantez que el resto parece no apreciar. Cada paso es un mundo porque cada vez que plantas tu pie en el suelo, el choque reverbera por todo tu cuerpo hasta que arriba a su destino final, tu cabeza. Y de repente estornudas, no estas enfermo, no tienes un catarro, tranquilo, todo proviene de un olor que en otros momentos has apreciado por su delicadeza y que tiene ahora un regusto a pimienta que no entiendes de donde ha salido, pero que ha producido esta reacción tan sonora y espasmódica en tu cuerpo y que se reproduce repetidamente en tu cráneo. Podría decirse que un escalofrío recorre tu cerebro con constancia, como electrocutándolo a poca potencia pero sin aflojar un instante. Esa corriente parece haberse asentado en la cúspide de tu persona y tienes la sensación de que no cejará en su empeño de seguir contigo por siempre, al menos tienes la seguridad de que nunca lo conseguirá. Son ya varias las horas en que el nuevo gobernante de tus sensaciones te acompaña a donde quiera que vas. Son ya varias las horas en que este reincidente compañero de viaje vicia tus sentidos, lo que también transforma tus sentimientos. Quizás más picajoso, quizás más serio (ya hemos hablado de las risas), quizás más borde o para ser justos, seco. E incluso puede traer a la apatía consigo pero por fortuna, para la mayoría, el dolor de cabeza es pasajero y esporádico. Repito, para la mayoría. En este caso, como en otros muchos, Estados Unidos y su nuevo presidente me vienen a la mente, donde las minorías están jodid… perdón, están desprotegidas, al igual que los poco afortunados que sufren los dolores de cabeza de forma habitual.

Yo creo, en mi humilde opinión, que existe una razón, aparte de las neurológicas que me podréis dar y que yo desconozco, para el auge de esta dolencia de la testa y que se resume en una frase:

“A más estrés, más dolores de cabeza

Las prisas, ese asesino silencioso.


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