Transformaciones


Transformaciones 640px-Basilica_del_Pilar-sunset by Paulo BrandaoSiempre que vuelvo a Zaragoza, mi querida Zaragoza, se dan dos casos: o son fechas señaladas en las que todo parece seguir igual (con nuevas adiciones en forma de novi@ o amig@), o vuelvo en días laborables, por una razón o por otra, y ahí sí que se nota el paso del tiempo. Lo aprecio en las nuevas rutinas que mis amigos han alcanzado, necesarias, yo también he tenido que crear las mías, pero que han transformado mis visitas. No sé cómo explicarlo, no las hace peores por supuesto, las hace diferentes. Por ejemplo, siempre que regreso a mi hogar, lo hago con la idea de que seguiremos compartiendo tanto tiempo como hacíamos (noches enteras), seguiremos frikando sin descanso o seguiremos tomando cervezas sin pensar en el mañana. Pero si mi visita no coincide con fiestas, días de guardar o celebraciones, eso que mi memoria todavía trata como lo normal, se enfrenta con la cruda realidad y se destapa como lo que son, transformaciones, recuerdos de otras épocas.

Entonces salgo de casa y noto las transformaciones.

Ya llevo como dos años en mi nuevo hogar, en la nueva ciudad que me acoge con algo de cariño y mucha tranquilidad, sobre todo tranquilidad. Y es ahora cuando me doy cuenta, de forma tangible, de lo que me he acostumbrado a esa tranquilidad que ofrecen medio millón de habitantes menos. Antes, cuando vivía en Zaragoza, apenas lo notaba, aunque también es menester indicar que mis horarios de juventud, no eran los más comunes y me permitían no coincidir en exceso con las marabuntas nerviosas de personas en hora punta, algo con lo que he de lidiar ahora, tras aceptar los lógicos cambios, míos y de los demás, de los que os estoy hablando.

Entonces salgo de casa y veo las transformaciones.

Todo me es familiar (no puede ser de otra manera), estos edificios donde está mi casa casi no han cambiado, pero muchos de los residentes sí. Esa vecina, la niña tan educada que conocía y antes reconocía, ahora es una mujer que como yo, vuelve a casa por vacaciones. Ese camarero y dueño del bar de abajo ha envejecido, sigue trabajando detrás de la barra pero la jubilación le acecha y él la rehúye, quizás por su condición de autónomo, quizás por amor a su trabajo. Pero la transformación más drástica no se da en los vecinos que han cambiado, si no en los que ya no están. Muchas de esas caras que formaron parte de mi infancia han desaparecido sin que me entere siquiera, haciendo del barrio un cúmulo de rostros desconocidos. ¿Dónde está aquel que entrenaba la triatlón? Pura fibra con más de cuarenta años ¿Ya no corre? ¿Le robaron la bicicleta?… ¿Por qué no he visto a ninguna monja del convento cercano? No se oyen sus campanas llamando a misa.

Transformaciones 640px-Calle_Alfonso_I_Zaragoza by WilltronEntonces salgo de casa y veo más transformaciones, pero no importan porque cada día que paso en Zaragoza estoy con alguien a quien echaba de menos, con la gente que aprecio. Ya sean diez minutos o varias horas, hace que merezca la pena, incluso en las visitas en las que parece que la propia ciudad se ha olvidado de ti o al menos, cuando no te trata con la calidez acostumbrada. Ya puede quemarte un dedo, destrozarte las lumbares, perderte el dinero o alimentar tu melancolía; que seguirá siendo la casa de muchas de las personas a las que quiero y sus calles, las que me vieron crecer, y aunque por norma general repudio los símbolos que la mayoría adora, para mi esta unión es inquebrantable, como las que otros tienen con banderas, religiones o equipos de fútbol.

Entonces salgo de casa y noto como las transformaciones se transmutan, por una noche, en mis recuerdos. Porque, de sopetón, el sábado llega y todos los cambios que durante la semana he divisado con tanta nitidez, se desvanecen entre horas y horas de juegos, cerveza y camaradería alrededor de una mesa. Incluso regresamos a nuestros inicios desempolvando nuestros antiguos mazos de Ravnica y Caos Planar. Para quienes entendáis la referencia, sabed una cosa: nunca estéis demasiado viejos para estas cosas, como decía (más o menos) Danny Glover en Arma Letal. Y así, entre anécdotas, partidas, risas y buena compañía, la madrugada del sábado se escapa para dejar paso a la mañana y, tras las despedidas, a mis pasos cansados pero felices que recorren el camino que me reconcilia con mi ciudad. La cama me acoge con cariño esta vez, sin dolores de espalda.

Entonces salgo de casa y recapacito sobre las transformaciones.

No quiero que penséis, después de este melancólico escrito, que los cambios son malos o que no me gustan. Los cambios sólo son una cosa aparte de cambios, inevitables. A veces te molestarán y otras te alegrarán, lo importante es saber amoldarte a los primeros y disfrutar de los segundos. Como esta mañana de domingo en la que, al contrario que en mis años de adolescencia (la resaca es lo que tiene), he podido compartir un divertido vermut con un par de amigos, de los de verdad. Algo que a muchos puede parecer normal, pero que en nuestro caso es una novedad, una verdadera transformación. Para mejor sin duda.

Entonces salgo de casa, me despido con un abrazo de mis padres (también se los doy a mis amigos y alguno se incomoda, me encanta), mientras escribo cojo el autobús con el que llegar al autobús que me alejará de nuevo, y me voy de Zaragoza. Tras esta reflexión ya no me importan tanto las transformaciones.

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