Temblor 1


temblor-hand-1182875_640-by-monicavolpinPrimero fue sólo un pequeño temblor, pero pasaron los años y lo único que desapareció fue lo de pequeño. Era tan sólo un temblor, no era un síntoma que pareciese muy preocupante, no vomitabas sangre, no sufrías derrames cerebrales y tu corazón, como tus pulmones y tu cabeza, estaban perfectos. Era tan sólo un temblor.

Ahí estabas, frente a tu portal en pleno invierno con la llave en tu temblorosa mano, ante una de las mayores pruebas que te pone la vida en tu día a día. Y para empeorarlo tienes ganas de ir al baño, por eso has vuelto antes de tu paseo matutino. Miras la puerta por unos segundos y afrontas el reto tras un pequeño suspiro que tranquiliza tu respiración. Avanzas los dos pasos que aún te separan de esa maldita cerradura y sin mayor preparación, pero con mucha seguridad, intentas insertar la llave.

La sujetas con una única mano y como siempre desde hace ya demasiado tiempo, la cerradura parece moverse, aunque tú conoces la realidad, es ese condenado temblor el que te impide llegar a casa. Después de unos minutos luchando contra el temblor, contra tu cada vez más urgente necesidad de miccionar y contra tu propio orgullo que es el que te obliga a intentarlo, fracaso tras fracaso, con una sola mano. Te rindes a la evidencia y con una mano coges la otra y con esta las llaves y vuelves a la carga.

Otros tantos minutos pasan sin conseguir avance alguno porque tus cálculos eran incorrectos, ya que si una mano que tiembla sujeta otra que también lo hace, no cambia el signo, no es “menos y menos igual a más” como con los números negativos, aquí sumas temblores y el resultado es el mismo. Ya han pasado diez minutos y sólo has conseguido descascarillar la pintura que rodea la cerradura y piensas:

Es un milagro que mi vejiga todavía aguante…

… La gente anda por la calle, algunos pasean, solos o en compañía, otros corren a pasitos para llegar a sus destinos, algunos pasan rápido sobre sus bicicletas y, algo más lento pero calentitos, en sus coches. Pero nadie repara en ti, no eres más que un señor mayor abriendo una puerta para la inmensa minoría que te ha visto; el resto ni tan siquiera ha llegado a percibirte. Has sido una sombra verde, por tu abrigo, a su lado… bien podrías ser un árbol…

… Es un milagro que mi vejiga aguante…

Pero nunca has sido creyente así que los milagros no son para ti, y mucho menos para tu próstata. Notas como tu cuerpo te avisa del poco tiempo que te queda para que el milagro desaparezca y sigues sin poder abrir la puerta. Un cuarto de hora llevas ahí, no has pedido ayuda hasta ahora y es comprensible. ¡¿Cómo narices es posible qué con lo que tú has sido, una mísera puerta pueda contigo?! La sensación de desamparo y la frustración vuelven a tu mente. Subiste montañas, criaste a tus hijos, trabajaste hasta perder la salud y bailaste en mil fiestas; ahora llegar hasta el baño es un suplicio… ¿Cómo aceptarlo? Con dificultad.

Es entonces, con la inminencia de la necesidad amenazándote, cuando te giras hacia la sociedad para pedir ayuda, aunque ya es muy tarde. Te das la vuelta y llegas a decirle a una familia que pasa a tu lado:

Perdone…

Es todo lo que logras decir antes de que tus pantalones se oscurezcan en la zona de la entrepierna y notes el caliente líquido recorriendo tus muslos. Avergonzado, tu cara se enrojece hasta límites insospechados y por un instante agachas la cabeza, después vuelves a mirarles. Y en otro instante el hijo mayor observa:

Papá, el señor se ha meado

Y en un último instante, con cara de desaprobación y asco, los padres cogen de la mano a su progenie y se van:

Vámonos niños, no hagáis caso a ese señor… está enfermo.

Mojado y tembloroso te quedas nervioso frente a una sociedad que te ha dado la espalda. La humedad de tus pantalones hace que el ya de por sí frío día de invierno, sea helador, y notas el moquillo asomar por tu nariz. La vergüenza y la experiencia te obligan a girarte de nuevo y vuelves a la carga contra esa cerradura… pasan los minutos, cada vez más gélidos… tras de ti escuchas risas, charlas y gritos, la vida no sabe ni lo que te pasa ni que estás ahí… estornudas, te suenas la nariz con ese pañuelo de tela tan pasado de moda en la sociedad del “uso, luego tiro”, y empiezas a tiritar… toses, toses y vuelves a toser, lo que te hace más difícil si cabe abrir la puerta… pasan los minutos, cada vez más gélidos, y tras media hora, quizás la peor media hora de toda tu vida, consigues ensartar la llave en la cerradura y entras al portal… notas como enfermas… todo por una maldita puerta y lo que es peor… todavía tienes que abrir la de tu piso.


Autor: Rafael Cid

Ya sabía yo que no debía haber salido de casa. A veces tengo sentimientos humanos, no humanoides como ahí afuera. No me siento abandonado por la sociedad, en realidad esta no existe. Sólo te acompaña mientras haces lo que dicen y te “vacían” en todos los sentidos. Ahora estoy “liberado”, pero atado por la biología, la próstata, no puedo andar, pero mi cabeza vuela en libertad, no siento culpa ni obligaciones… maldita próstata…


Y es a partir de este punto desde donde podéis continuar la historia, de la forma que queráis, no sólo en relación al argumento (olvidaros de la censura) si no en la forma. Aquí os dejo los métodos por los que podéis participar:

  • Escribiendo en los comentarios la continuación, que luego pasaré a las web.

Por supuesto la autoría está más que garantizada y el contenido de toda la página y sus contenidos están bajo una Licencia Creative Commons que protegerá vuestro trabajo. Además me comprometo a editar tan sólo de manera formal vuestros textos y a repasar sólo las faltas ortográficas, porque aquí lo divertido será crear entre todos una historia compartiendo nuestra imaginación y si funciona bien, a lo mejor podemos llegar a publicarlas… pero bueno, siempre hay que empezar por el principio.

No os cortéis en participar, ya sea con una sóla frase o con una parrafada, estamos abiertos a todas vuestras ideas 🙂


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Un comentario en “Temblor

  • Rafael Cid

    Ya sabia yo que no debia haber salido de casa. A veces tengo sentimientos humanos, no humanoides como ahi afuera. No me siento abandonado por la sociedad, en realidad esta no existe. Solo te acompaña mientres haces lo que dicen y te “vacian” en todos los sentidos. Ahora estoy “liberado”, pero atado por la biologia, la prostata, no puedo andar, pero mi cabeza vuela en libertad, no siento culpa ni obligaciones……….. maldita prostata…..