El baile


Hoy os quiero hablar un poco de ese desprestigiado, hasta cierto punto abandonado o como mínimo poco reconocido arte. Hoy os quiero hablar del baile. Pero quizás he empezado de forma en exceso grandilocuente y de lo que de verdad quería hablaros, no tiene tanto que ver con el arte en sí, ni los estilos, ni la formación, nada de oficialidad. Lo que más me interesa no es su faceta artística, si no una más personal y catártica, al fin y al cabo esta es mi página y aquí barco es animal acuático y el pulpo de compañía.el baile disco-297670_640 by Clker free vector images

Volvamos al tema, volvamos al baile. A mí me gusta bailar y ojo cuidado, que soy de sexo masculino y heterosexual, y me gusta mucho. Ya sé que los prejuicios machos están menos generalizados, al menos confío en que sea así, y entonces pueda pareceros que dichos prejuicios sean míos al recalcar lo que acabo de decir, pero como hombre que ha bailado mucho puedo asegurar que en innumerables lugares siguen vigentes. Yo lo he vivido en mi propias carnes, en su día sufrí las burlas de muchos por mi afición y durante un tiempo me afectaron tanto como para dejarlo durante unos años. Por fortuna tras esos años de parón por mis propios miedos, generados eso sí por las mofas de otros, maduré y decidí ser lo que quería ser y aparte de otro tipo de ejercicios (mirar a los ojos, hablar sin tabúes o hacer lo que me hacía feliz) me propuse no dejar que me intimidasen las opiniones ajenas. Para ello fueron decisivas dos decisiones.

La primera (que recomiendo a cualquiera que se vea identificado) es muy sencilla aunque necesita de una premisa: una vez te has atrevido a mirar con tranquilidad a los desconocidos, en vez de llevar la cabeza gacha, te percatarás de que la gente también te mira. Pero si eres o estás inseguro puede que por tu cabeza pasen ciertas ideas negativas, “¿llevaré la bragueta bajada? ¿O será un moco colgando?” y he aquí donde yo estaba hasta que me di cuenta de una cosa. Esa chica que me miraba podía pensar lo que quisiera, bueno o malo, que yo nunca lo sabría. Así que decidí cambiar mi percepción en esas situaciones, si es imposible conocer los pensamientos de los otros, ¿para qué voy a imaginar lo peor? Para nada. Desde entonces la cosa cambió y cuando alguien me observaba, no sólo pasaba de lo que pudieran pensar, si no que lo aprovechaba en mi beneficio. Si antes mis pensamientos eran negativos ahora son lo contrario: “a esa chica le parezco atractivo y a ese señor, interesante”

Con el baile, la segunda decisión, lo que hice fue implementar la filosofía de la primera: “¿qué más da lo que opinen los demás si a mí me hace feliz?” Si disfruto como un enano bailando ¿quién soy yo para estropeármelo por mucho que otros se rían? Además a esto he de añadirle dos pequeños detalles que me reforzaron en esta nueva y desvergonzada forma de pensar. Uno, un gran amigo (tú sabes quién eres) me enseño con la práctica que si te gusta bailar, no te cortes y suéltate; y dos, desde que comencé hacerlo, por una razón que comprendí años más tarde, las chicas me hacían más caso y me miraban más. Esto último, en un pasado más lejano, hubiera sido un problema como ya os he comentado, pero en el momento en que dejé libre a mi cuerpo para que se expresase ya había dejado escapar a mi vergüenza, con lo que si me miraban yo pensaba que les gustaba mi baile y que lo hacía bien, y mira tú por donde, resultó ser cierto.

Eso de la vergüenza me trae una anécdota de mi más tierna infancia a la memoria, algo que hacía mi madre y que en su momento le recordé, ya que para mí fue muy importante y que de nuevo recomiendo a todos los padres. De niño yo era muy vergonzoso, demasiado para mi edad, y para ayudarme a superarlo mi madre hacía una cosa que sólo aprecié cuando maduré, cantaba por la calle conmigo de la mano. Me avergonzaba, me ponía rojo como un tomate y enfadado le pedía que parase, pero ella no lo hacía y no puedo agradecérselo más. Porque cuando por mis propias razones llegué a la misma conclusión, ese recuerdo me dio fuerzas para seguir insistiendo, no olvidéis que la sociedad en general es cruel y no acepta al diferente y más si eres un adolescente desgarbado e imberbe bailando.

Aunque al final he terminado perdido en mi biografía, quiero dejar claro algo, los beneficios del baile en su forma más prosaica: es un ejercicio completo con el que genera endorfinas y eso, amigos míos, eso es felicidad. Así que no dejéis que la vergüenza os robe la felicidad y bailad, malditos, bailad.

Y disfrutad de este gran bailarín que a mí me ha dejado sin palabras.

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