Colchón extraño 1


El otro día paseando por Donostia, a la vera del edificio más alto y además (y más importante), el más feo de la ciudad, me encontré con un colchón en la calle. No estaba tirado en el suelo, ni descansando entre contenedores de basura, aunque sospecho que durante un tiempo sí que fue así. El colchón se erguía sobre su lado estrecho al borde de la carretera gracias a la ayuda desinteresada de un árbol, algo escuálido, que aun así le soportaba sin apenas esfuerzo. La apariencia inicial no distaba de la de otros muchos colchones de calidad, digamos, limitada: un azul cielo pintaba lo que vendría a ser su piel, sobre la que habían dibujado, en la fábrica que lo parió, una serie de flores, cual lujoso papel higiénico. Si sólo pasabas por su lado sin prestarle atención, concentrado en otras cosas como por ejemplo, por muy extraño que os parezca, un teléfono móvil; tan sólo hubieras notado que algo era diferente en ese colchón. Pero yo no lo hice porque nunca lo hago, nunca recorro el mundo con la cabeza dentro de la pantalla del smartphone, salvo que se acabe el propio mundo o… después de lo anterior esto parece una nimiedad… o que esté quedando con alguien. No le restéis importancia a la cantidad de horas de espera que nos han evitado los móviles y eso que a mí me encanta esperar, siempre y cuando tenga a la Libreta y al Bolígrafo conmigo. Estas mayúsculas que parecen tan a desmano tienen una explicación sencilla y algo maniática. La Libreta, que siempre es la actual, tiene que cumplir tres pequeñas características: ser pequeña pero no enana (con la anchura de un tercio de folio), tener la unión de las hojas en la zona superior y si tiene cuadrícula u otro tipo de dibujo, ha de tener una impresión muy clara. Por otro lado el Bolígrafo, siempre tiene que ser boli, es más sencillo aunque también más restrictivo, ha de ser siempre un Bic Cristal y si es posible, azul. Mi Libreta, mi Bolígrafo, mi gente y poco más necesito para ser feliz.

Sigamos entonces con el colchón (que fácil resulta hablar de uno mismo), erguido de forma horizontal y apoyado sobre el escuálido árbol. Como ya os he dicho algo extraño había en él, algo que tenía que ver con la dignidad que reflejaba su posición (nada común entre los suyos) y la realidad indudable de que era basura. Este contraste era el marco ideal para lo que hacía de este colchón, algo único. Sobre su superficie alguien había plasmado una frase con spray rosa, un escrito que aquellos perdidos en sí mismos no percibieron siquiera: “Wash your dirty money with my art” (traducción: limpia/d tu/vuestro sucio dinero con mi arte). El día era fantástico, la compañía maravillosa y no pude resistirme a fotografiarlo.

No sé si esto es arte, a mí no me lo parece. No lo plantaría en la sala de un museo, aunque he visto cosas peores, pero no puedo remediar considerarlo cultura callejera y de la buena. El marco literal de la obra, ese colchón que ya es basura, concuerda a la perfección con la suciedad del dinero del que habla. Ese mismo dinero que se ensucia en manos de los mismos, una mezcla de poder político y poder empresarial, que a pesar de sus amplias inversiones en arte, repudian la cultura que les es ajena (lo que viene a ser casi cualquiera). Ya sé que ellos meten dinero donde obtienen un retorno, si no inmediato, sí a corto plazo, y tanto la cultura como el arte, salvo excepciones, no son de lo más rentable (ni de lo menos) pero… ¿no podrían haber participado en, que se yo, alguna campaña de micro-mecenazgo?

No sabré (si no me lo contáis, claro) si os gusta tanto como a mí esta pieza de cultura callejera, ni si le veis tanto significado como yo, pero con sus diferentes excepciones (que nunca os contaré), voy a hacerlas mías y desde aquí digo a cualquiera que tenga billetitos que atufen:

Wash your dirty money with my art.


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Un comentario en “Colchón extraño