Capítulo 51. Monjes.


El silencio gobierna a los presentes y se apodera del lugar salvo por el murmullo del viento y los susurros de los rebaños de químicos, que aunque anestesiados, no están dormidos ni muertos, sólo expectantes. Paco espera respuesta de los monjes a la pregunta que ha lanzado al aire, Carmen se mantiene en un éxtasis calmado y con sus manos estigmatizadas gesticula para tranquilizar a sus hombres. Después, utilizando su voz más cálida, le dice a su agresor.

Nadie está aquí en contra de su voluntad y ni mucho menos estamos locos. Paco, sólo tenemos fe. Fe en que dios nos da fuerzas para mejorar el mundo tras su castigo. Creemos en la bondad humana bajo el mandato del señor… que tú no lo entiendas no implica que haya maldad en nuestras acciones. Cálmate y lo hablamos, de hecho…

¡Cállate!

Le increpa Paco, al que la suavidad y la dulzura de la voz le hacen de dudar. Se reafirma a sí mismo mediante un discurso mental motivador, aunque no puede evitar verse influenciado por la educación de Carmen.

Perdóname señora por tan rudo trato, pero no busco tus respuestas, si no las de los que te siguen.

Ante este repentino y sorprendente cambio de actitud se genera un impasse pacífico de silencio que la Amazona rompe con diplomacia.

Paco, tranquilo, yo te entiendo, esto es muy extraño pero ante todo somos sus invitados y nos estas poniendo en peli…

No, Amazona, no. A mí me parece que nos han retenido sin tenernos en cuenta y lo más importante… ¿es qué ninguno os habéis dado cuenta de que estos monjes no hablan?… ¿de qué parecen zombies sin alma?… ¡¿más químicos qué personas?!…monjes

Esta última frase hace reaccionar a Carmen que, con la calma suicida del que confía en que dios guía todos sus pasos, le corta con un tono severo.

Eso sí que no, todos ellos tienen alma, dios se las dio. Por ahora no vamos a haceros nada, pero ¿te das cuenta de qué podríamos mataros a los tres? Es más, aunque tenemos justificación para defendernos, vamos a cumplir con tus exigencias… a ver, hermanos, contadle por qué no pensáis que esté loca… por qué me acompañáis por el camino que el señor me marcó… hablad.

No se hace raro ver al grupo de monjes que rodean la escena, hasta ahora pasivos por las indicaciones de su lideresa a la que obedecen a pies juntillas incluso en esta situación, hablar si ella se lo pide. Tras una pequeña duda en el grupo por ver quién empieza, el primero se adelanta manteniendo cierto orden eclesiástico.

A mí me ayudó a aceptar la realidad y a dejar las drogas que usaba para olvidarla.

Vuelve a la línea y otro avanza un paso.

Ante la falta de comida después del castigo divino me volví loco y caníbal, perdí la cabeza y ella me la recuperó.

Y otro.

Mi familia se moría de hambre, nos dio alimento y esperanza.

Y más testimonios se suceden.

Evitó que los químicos matasen a mis hijas gracias a la sabiduría que dios le dio para controlarlos.

Aunque por lances del destino comenzamos como enemigos y traté de matarla una vez, después, cuando me quedé sin nada, me perdonó y me dio cobijo.

Con mi despotismo destruí un asentamiento seguro y la vida de muchos, pero antes de morir como merecía, ella me dio una segunda oportunidad para redimirme.

Siempre que al terminar su exposición un monje se retira, otro salta como un resorte y comienza la suya. Paco, la Amazona y el Contador (este último por razones distintas) se quedan sin habla de nuevo, atónitos ante la sucesión de me ayudó, nos salvó y sobre todo los me dio una segunda oportunidad. Tanto es así que las dudas afloran en Paco de tal forma que sus brazos se aflojan y pierde la noción de lo que le rodea, haciendo que los sibilinos movimientos que el Contador está realizando para colocarse a su espalda sean mucho más sencillos. No olvidemos que, a pesar de que en el pasado su edad no se consideraría avanzada, en el Núcleo es uno de los más viejos y, acostumbrado a ese rol, ha perdido bastante velocidad. Una vez se pone a la distancia correcta y con el coro de monjes, que siguen sin quitarse la capucha, todavía repasando sus experiencias, el Contador actúa.

Rápido se abalanza sobre la pareja, prioriza el brazo de la navaja y lo agarra con las dos manos, lo retuerce lo suficiente para que suelte el filo y con un golpe en la rodilla, lo derriba. Carmen por su parte, en cuanto ha visto lo que ocurría, ha ido moviéndose con elasticidad, evitando así cualquier peligro imprevisto. El Contador sonríe sin aliento y sin soltar a Paco, ha salvado a su recién descubierto amor.    

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