Capítulo 49. Carmen


carmenPrimero, lo primero. Me llamo Carmen ¿Y vosotros?

Aunque después de tanta conversación con la cabeza de un muerto no parece el mejor interlocutor, el carácter amable y educado del Contador le incita a responder el primero.

Ella es la Amazona, él es Paco y yo…

Pero no consigue terminar la frase porque es ahora, cuando por primera vez se fija en su interlocutora, que la lengua se le traba y la boca se le descoyunta ante lo que para él es, la belleza perfecta. Un regusto adolescente hace que su sangre burbujee y se ruboriza. Ningún superviviente del Núcleo había visto al Contador de esta manera, ni tan siquiera su nueva familia, con Marta y Sara a la cabeza, lo habían hecho. Pareciera, eso creían todos, que su sentimiento romántico y su deseo sexual hubiesen desaparecido. Aunque la Amazona y Paco ya podían asegurar a quienes le conocían, si salían vivos de ahí, que eso era falso por completo. Su faz como un tomate, la respiración entrecortada y la mirada fija en ella, en Carmen, y a la vez perdida más allá del comedor. Así se ha quedado el Contador frente a la dirigente de la Ciudad de Dios, que muestra una sonrisa en su belleza morena. Esa sonrisa es tan extraña por su perfección como las del resto de miembros de su congregación, como si hubiesen sido acompañados por un extraordinario dentista al que las nuevas condiciones de vida no condicionaran en absoluto.

Dos minutos se suceden sin que nadie haga el más mínimo gesto, hasta que Carmen, que le había mantenido la mirada al Contador a la espera de la finalización de la respuesta (cargada de cariño, dirá luego él), vuelve a hablar. Al hacerlo se dirige a la Amazona, quien sin lugar a dudas mantiene la cordura en su cara al contrario que sus compañeros. Hasta cierto punto además se ha conformado cierta afinidad entre las dos únicas mujeres en el lugar, aunque quizás haya más escondidas bajo los hábitos de monje que visten los defensores de Ciudad de Dios y de Carmen, y que les rodean ahora.

De acuerdo, entonces tú eres la Amazona… bonito nombre… y tú Paco. ¿Cómo se llama vuestro compañero? Parece que haya entrado, dios me perdone, en éxtasis.

La Amazona se precipita a responder, no imaginaba para hoy ni tanta amabilidad, ni una cara tan dulce que instintivamente incita a protegerla.

Al Contador no le pasa nada, ahí tienes su nombre, es raro verle callado pero nada más… mejor ir avanzando con nuestros negocios porque tenemos que volver con los nuestros.

Estoy de acuerdo, no queremos que vuestros compañeros teman por vuestra seguridad. No os preocupéis que no vamos a haceros perder el tiempo, porque por sorprendente que parezca, el fin del mundo ha traído mucho trabajo por hacer y nosotros estamos muy ocupados últimamente… aunque no puedo evitar tener curiosidad, algo que imagino, también os ocurrirá. ¿Qué os parece si mientras traen vuestra recompensa y antes de que nos deis vuestra parte del trato, nos habláis un poco de vuestro grupo? Os prometo reciprocidad…

Ante la compañía de los monjes armados que les rodean, a los diplomáticos del Núcleo no parece quedarles más opción que hablar. Claro que con el Contador ensimismado y perdido en la belleza de Carmen, al fin una mujer cercana a su edad, y con un Paco tenebroso, sombrío y mudo; a la Amazona no le queda más remedio que aparentar normalidad y contar, sin contar nada en realidad, la formación del Núcleo. Carmen escucha con atención, algo que nosotros no haremos porque el relato de la Amazona se llena de generalidades y es tan banal, que no nos aportaría nada que no conozcamos ya.

Nadie podrá nunca acusar a la Amazona de traidora, no explica ningún detalle importante sobre los suyos, aunque la aparente líder de la Ciudad de Dios absorbe cada palabra y tan sólo aparta la mirada para observar de reojo al Contador.

…y poco más que decir sobre nosotros Carmen.

En ese preciso instante un nuevo monje entra en el comedor con una mochila a su espalda, la deja sobre la mesa, al lado de la cabeza de Mariano, y la abre delante de todos. Carmen vuelve a hablar.

Aquí tenéis la recompensa, comida, medicamentos y un regalo del hermano Paco para ti Contador… varios libros… se arrepiente de lo que os hizo antes de encontrar a dios. Como comprenderéis no os damos ningún tipo de armamento, tenemos que seguir con las precauciones… ¿esta bolsa es Mariano?

Pregunta señalándola, la amazona asiente y el mismo monje que ha traído la mochila, se lleva para siempre la cabeza que tanto ha dado que hablar.

Y como os he prometido reciprocidad, os voy a contar nuestra misión, la misión de la Ciudad de Dios. Aunque para ello  será mejor que os muestre una cosa. Por favor hermano, llévales la recompensa.

Los cuatro que conforman la conversación se levantan pero antes de comenzar a andar, Carmen les para.

Perdonadme de nuevo, he de pediros que volváis a taparos los ojos y que permitáis que os guiemos otra vez. Nuestra ciudad es tierra santa y sólo los creyentes pueden verla.

Ante la situación de desventaja, los miembros del Núcleo no tienen otro remedio que aceptar las condiciones, que terminan siendo muy semejantes a las de su llegada. Una vez en el coche, que por el sonido saben que vuelve a ser un todoterreno, Carmen les cuenta un poco su historia.

No tenemos mucho tiempo para explicaciones, el camino no es largo en exceso, así que no me explayaré con mi pasado. Tan sólo deciros que antes de que dios extendiese su plaga, era doctora en química e investigaba el MDPV. Se puede decir que fui participe del fin del mundo de manera activa, pero dios, en toda su magnificencia, me dio una segunda oportunidad para redimirme con la humanidad salvándome en mi momento más bajo, y dándome una misión que se ceñía a mis conocimientos. Ya sabréis que la formación química no está muy extendidos en estos días, pero yo la tengo y soy especialista en el medio que utilizó dios para castigar la falta de fe del ser humano. No os voy a aburrir con mi revelación porque ya estamos llegando, pero sí que me da tiempo a contaros que desde entonces persigo una misión divina a la que se ha unido mucha gente…

El motor se para y todos salen

… también nos hemos encontrado con enemigos del señor que nos combaten…

Los monjes les quitan las vendas de los ojos.

… pero nosotros tenemos nuestras herramientas, nuestro rebaño…

Las miradas del Contador, la Amazona y Paco observan una explanada dividida por vallas y repleta de químicos que se amontonan aletargados, como a la espera de órdenes.

…¡El Ejercito de Dios!…

Sonríe Carmen.

…¡Amén!

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