Capítulo 45. Tensión


Tensión high-24145_640 by geraltApenas pueden ver las transformaciones que, suponen, ha sufrido su antigua Ciudad con los nuevos habitantes. Las ventanas traseras del todoterreno están tintadas también por dentro, y sus nuevos acompañantes no son ni mucho menos tan agradables como los dos risueños guardas de antes. Tanto el conductor como su acompañante llevan las capuchas puestas, así que nuestros expedicionarios y la cabeza de Mariano, sólo pueden ver sus hábitos y los cañones de dos escopetas. A pesar de haberlo intentado con decisión y amabilidad, ni la Amazona ni el Contador han logrado mejor respuesta de los monjes que un gruñido afirmativo a alguna pregunta obvia como, ¿Nos lleváis a la Ciudad?  Por su parte, Paco sigue taciturno y callado, pero la imagen de dignidad que podría reflejar, se ve desdibujada al estar sentado en el centro del asiento trasero, oprimido entre sus compañeros, las mochilas y el saco ensangrentado. Lo que le provoca una posición ridícula en sus piernas, a las que los bártulos obligan a tener las rodillas muy juntas y los tobillos muy separados. Además, al quitarse la capucha, el juego de roces entre su pelo y la tela ha hecho que un mechón de su flequillo se erice, como si fuera un Tintín moreno o Cameron Díaz en “Algo pasa con Mary”. Tan sólo el Contador se percata de lo cómico de la imagen y sonríe, su espíritu guasón sigue intacto sin importar la tensión que le resto respira.

Tras un viaje sobre el que no han sabido apreciar si ha sido corto o largo, porque hay veces que la tensión se divierte con el tiempo y la percepción que de él tenemos, extendiéndolo o contrayéndolo a placer. Lo que sí aprecian nuestros tres diplomáticos es la voz del copiloto que al fin habla.

Acompañadnos hasta la casa de invitados, es la puerta verde de aquí al lado y por favor, id rápidos y no os paréis a mirar.

Obedecen y flanqueados por los dos monjes, antes motorizados, entran en una casa de dos pisos sorprendentemente bien cuidada. Poco han podido ver del exterior salvo que los nuevos poseedores de la Ciudad han ocupado las mismas calles que reforzó Paquito en su día, y que las vestimentas de todos los ciudadanos asemejan el asentamiento al monasterio de “En el nombre de la rosa”. Una vez dentro y mientras sus dos supervisores revisan los macutos por la seguridad de los suyos, como ellos mismos han dicho, la Amazona vuelve a preguntar. Esta vez con menos amabilidad y más resolución, ahora sí consigue respuestas.

¿Por qué nos habéis encerrado con tanta premura? No inspira confianza ninguna…

Porque los creyentes no pueden pisar zona santa y en esta casa, que no está purificada para poder tratar con forasteros, os entregaremos la recompensa.

¿Y por qué no nos la dais ya? Tenemos nuestros propios quehaceres, no nos podéis retener…

Perdóname, no es nuestra intención secuestraros…

El tono del monje ha cambiado tras terminar el registro, es más cálido.

Parece que habéis venido de buena fe. Espero que podáis perdonar nuestra rudeza anterior, pero conocéis tan bien como nosotros el loco mundo que dejó el castigo divino y en él, toda precaución es poca. Sentimos que tengáis que esperar pero nuestra guía y salvadora está ocupada y tardará un rato en volver…

Este cambio radical de actitud deja a los tres miembros del Núcleo desubicados, por lo que el monje continúa y termina.

Bueno, nosotros tenemos que seguir con nuestros deberes, tenéis comida y agua en la cocina, algunos libros y cómics en aquella estantería y en el piso de arriba hay una cama muy cómoda para que descanséis… por cierto, los retretes del piso de abajo están completamente operativos por si necesitáis otro tipo de descanso… vale, ya está todo, nosotros nos vamos y os dejamos tranquilos y a solas para que habléis y para demostraros nuestras buenas intenciones…que no pueden ser de otro tipo ya que seguimos la palabra del señor… y por favor, no salgáis de la casa, aunque no me guste usar esta palabra, tenéis prohibido salir a suelo sagrado. Amén.

De esta forma la Amazona, el Contador de Historias y Paco se quedan sin supervisión en la casa.

Ella sube al piso superior para investigar y al ver el dormitorio, se da cuenta de que están el antigua residencia privada de Paquito, cuando este gobernaba la Ciudad, y se alegra de que Clara no haya venido, esa habitación sigue encerrando su momento más bajo.

El que da nombre a estas historias, olvidado ya su arrebato infantil, se ha ido a la cocina para ver como tratan en la Ciudad de Dios a los invitados y porque, qué demonios, tiene hambre. No sabe vivir de otra forma, despreocupado.

Tensión stress-391660_640 by ClikerFreeVectorImagesY Paco se queda donde les han dejado, lo que vendrían a ser el comedor. Por el suelo las mochilas ocupan el espacio y él se sienta en una de las sillas que rodean la mesa sobre la que apoya el saco ensangrentado que, a pesar del hedor, todavía no ha podido soltar. De repente, escucha una voz. No es de ninguno de sus compañeros pero le es familiar, aunque no se trata de esa familiaridad que da la cercanía, más bien un me suena porque hace poco que la oí. Comienza como un murmullo y cada segundo que pasa se vuelve más nítida, hasta que en un momento dado, Paco la reconoce. Es Mariano, aquel tipo asustado al que mató en la Granja y cuya cabeza le acompaña enfrente, sobre la madera de la mesa, recluida en una bolsa de patatas… te está hablando Paco, te quiere decir algo, después de lo que le hiciste se lo debes, tienes que escucharle.

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