Capítulo 44. La Ciudad de Dios


La expedición diplomática del Núcleo despierta en la Granja con el ambiente embotando sus cabezas, el cielo cubierto y las nubes cargadas y bajas son los culpables de su atontinamiento. Desayunan tranquilos y caliente, no sin antes alejar la cabeza de Mariano que ya empieza a oler en exceso. Nadie dice nada salvo un escueto.

Ha vuelto la tormenta, hoy nos mojamos.

Nunca sabremos quién lo ha dicho, tampoco importa. Sólo importa la Ciudad. Tras los preparativos pertinentes comienzan el camino, no les cuesta orientarse lo más mínimo pues su pasado en ese asentamiento les hace dirigirse sin duda alguna por entre los árboles, cruzando resquebrajadas carreteras o subiendo las pequeñas lomas que se interponen en su marcha. Por fortuna la Ciudad está cerca ya y todavía no ha roto a llover, pero la fortuna no acompaña siempre a no ser que el diablo haya metido la mano (y yo no creo en el diablo) y en un estallido de luz y sonido, la nueva expedición recibe sobre sus hombros la pesada carga de la lluvia, que espesa su mirada al recorrerles los párpados. Tal copiosidad les obliga a parar y a sacar los chubasqueros, que como previsores y buenos supervivientes que son, habían metido en sus petates. En pocos minutos el día se ha puesto gris, ven a poca distancia por culpa de la capa de lluvia y las oscuras nubes cubren al sol, que nunca se va pero sí desaparece. Es entonces cuando uno de los tres, la Amazona, Paco o el Contador dice la segunda frase del día, tampoco sabremos quién, pues no se les distingue bien en la distancia:

La última vez que vi una tormenta como esta, y no recuerdo ninguna otra anterior, fue el día en que la Ciudad nos encontró… ¿Qué curioso, no?

Avanzan por lo que fue un camino a que el paso de los años y la novedosa libertad adquirida por la naturaleza ante la falta de represión humana, han ido borrando hasta transformarlo en una pequeña senda que recorren con tranquilidad y premura (sea como sea eso). Y no por la torrencial lluvia, ni por la importancia de la misión, si no por asco, el que les provoca la evidente putrefacción de la cabeza del perseguido Mariano. La prueba de buena voluntad que pareció pedirles ese tal hermano Sigmund. Se van pasando el saco que la contiene cada cierto tiempo y por alguna extraña coincidencia, el poseedor de la misma siempre va unos pasos por detrás… será el peso extra.

ciudad de dios Caminando bajo la lluvia de Rocco Lucia

Las pieles del Contador y la Amazona se erizan ante la cercanía de su antiguo asentamiento, saben que no les queda mucho camino ya, que antes cazaban por entre los arbustos y troncos que ahora les rodean, que allí fueron vejados por lo mismo que eran ignorados en el sistema del mundo anterior a los químicos: por mujer y por viejo. Y es en este momento, no en otro, en que el Contador deja fluir ese niño interior que tan desarrollado tiene, de buen humor le transforma en un payaso adorable, pero en las circunstancias idóneas, malas aunque idóneas, le hace quejarse más de la cuenta. Son momentos muy esporádicos, pero ocurren.

Ya no estoy seguro de todo esto… somos pocos, nos podrían capturar con facilidad o… bueno…

No es necesario.

Le espeta la Amazona. A pesar de ello, él sigue.

Además, ¿no se os hace raro esto de llevar la cabeza de Mariano? ¿Por qué necesitan una prueba? Ellos ya han visto su cadáver… ¿Y por qué no llevar el cuerpo entero? ¿Es qué quieren clavarla en una estaca como si fueran admiradores de Vlad Tepes?

No lo sé Contador, para eso estamos yendo, para conseguir información… sobre el resto de dudas que te asaltan así tan de repente, todo parece tener sentido. Lo que pasa es que te ha dado uno de esos raros perrenques tuyos, lo siento, pero ya sabes, la confianza da asco y esto es verdad…

El Contador asiente arrepentido con gesto infantil y la Amazona continúa, le conoce muy bien y sabe que sólo necesita respuestas para calmarse.

A ver… yo tampoco querría tener que llevar todo el cuerpo, te imaginas este camino con más de ochenta kilos a la espalda y sobre la prueba, la piden para que exista una autoría…

¿Pero no podría ser esto una excusa para debilitar al Núcleo y atacarnos? ¿No podrían estar atacando nuestra casa ahora? ¿O incluso esperar a que estemos en sus manos para hacerlo?

Paco es ahora quien habla y da en el clavo, es el mayor peligro al que se exponen en esta situación y ante ella, la Amazona sólo tiene una respuesta, porque sólo existe una.

Tienes razón, es algo que no podemos controlar ya, pero fue una decisión de todos los miembros del Núcleo y la experiencia nos ha demostrado que a veces hay jugársela… ¿cómo si no sobrevivimos a la hecatombe? Tanto tú, como el Contador o yo, tuvimos que arriesgar… hoy toca hacerlo otra vez. Por lo menos estamos seguros de que ahora, en este momento concreto, el Núcleo continúa igual, si no, nos hubiesen llamado por radio. Así que por ahora todo va bien, y al contrario que antaño, antes del fin del mundo, la incertidumbre vital en la que subsistimos hace que un “por ahora todo va bien”, sea lo mejor que podemos conseguir.

La Amazona, la más decidida de los tres como habéis podido comprobar, observa el regreso del verdadero Contador que expulsa al niño quejumbroso. Incluso aprecia cambios físicos, ahora está más erguido, la cabeza alta y la mirada vuelve a ser penetrante y confiada. Por el contrario, en Paco casi no distingue cambios, pero no le extraña ya que ésta conoce que está dejando la bebida, como el propio Paco le ha confesado esa misma noche mientras el tercero en discordia dormía. Ella sabe que nadie más lo sabe y por fortuna para Paco, la Amazona en su momento, ya tuvo que acompañar a alguien cercano en su lucha contra el alcoholismo. Antes de dormir, una le prometió apoyo y el otro esfuerzo.

NEON CIUDAD DE DIOS de Rafael Almanza AlonsoDe repente se percatan de que en la lejanía hay un puesto de guardia que suponen de la nueva Ciudad, ya que los dos hombres que lo ocupan llevan los mismos hábitos de monje que el hermano Sigmund y Paquito, vestían en la puerta del Núcleo. El puesto se compone tan sólo de una tienda de campaña de camuflaje y un toldo bajo el que se refugian del agua, tanto los guardias como su escueto mobiliario, dos sillas de playa, una mesa desplegable de camping y un par de linternas de suelo. Nada más llegar les reciben con una sonrisa y los supuestos monjes, hablan.

Qué dios os proteja, sois vosotros los representantes del asentamiento cercano, ¿no? Os esperábamos… quizás un poco antes…

Y vuelven a mostrar sus dientes, que por sanos y limpios parecen falsos. Paco deja escapar un “¿Cómo…?” y sin dejarle terminar la pregunta pero con la misma sonrisa, le responde.

Por la bolsa completamente manchada de sangre, hemos supuesto que será la cabeza del traidor.

Llevados por lo que parecía costumbre, nuestros tres expedicionarios, sonríen también aunque con extrañeza. Sus dientes no son tan bonitos y ni mucho menos, tan blancos. Si eso les produce alguna sensación a los dos risueños monjes, no lo demuestran y tras llamar por el walkie-talkie, un todoterreno llega al puesto con todo su estruendo. Lleva varias cruces blancas de cinta americana pegadas sobre la carrocería negra. La puerta de atrás se abre y los felices guardas les dicen todo lo que les queda por decir.

Id con ellos y sed bienvenidos a la Ciudad de Dios.

Y la Amazona, el Contador y Paco obedecen, tienen claro que mientras estén ahí, no les queda otra que obedecer.  

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