Capítulo 40. A la tormenta


Pasaron varios días en el Núcleo con la tranquilidad que ya les parecía cotidiana, y a pesar de los pequeños cambios organizativos, todo ha seguido funcionando sin mayores problemas que alguien llegando tarde. Cada uno sigue cumpliendo con su labor lo mejor que puede, algunos pasan más tiempo en la Biblioteca o más tiempo durmiendo cuando están libres, pero todos siguen concienciados con sus labores y sobre todo, con las directrices decididas en la reunión. Nadie se alejaba en exceso del Núcleo y se habían doblado las guardias, por su parte el Contador y Paco ya habían terminado las primeras pruebas con los esquejes que recuperaron in extremis de la Granja. Hasta que un día, en el mismo momento en que estornuda Matilda, la niña más dulce del asentamiento, una gran nube oscura se forma como por arte de magia y ruge el trueno que se expande sobre la zona, justo antes de que la lluvia riegue el suelo y la tormenta se apodere del ambiente. Unos pocos supervivientes, los más pequeños, entre ellos la propia Matilda, aún le tienen miedo, principalmente porque a sus jóvenes mentes les cuesta asimilar esta rápida desaparición de la luz.

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Tras tan sólo una hora de tormenta, uno de los guardias coge su walkie-talkie y avisa a Clara:

Clara, hay dos personas por las cercanías, parecen estar rodeando el Núcleo…

Mantenlos vigilados y avisa con cualquier novedad.

Pasan los minutos y los dos extraños siguen recorriendo el horizonte bajo la atenta mirada del turno de vigilancia del asentamiento. Pero cuando todo parecería una falsa alarma, otra llamada del walkie-talkie le indica a Clara que es el momento de preocuparse:

Clara, Clara… han cambiado el rumbo y se dirigen directamente a nuestra entrada…

De acuerdo, tú tranquilo, mantente en tu posición y yo voy enseguida, después de avisar al resto.

Los dos desconocidos avanzan a pasos lentos bajo la incansable lluvia que ha traído la tormenta. A cierta distancia y gracias a los golpes de luz de los rayos, el vigilante guardia del Núcleo parece distinguir las vestimentas de la pareja y la sorpresa no hace acto de presencia porque cree verles cubiertos por unas capas de lluvia. Pero una vez llegan hasta la puerta de la que él es el vigía, puede percatarse de su equivocación, sus ropajes no tienen nada que ver con el plástico, el tejido no es impermeable en absoluto, parece lana. Se asemejan a los hábitos de los monjes y los transforma, parados uno al lado del otro y tras el manto de agua que cae en la oscuridad tormentosa, en dos amasijos amorfos que respiran y, que sin quitarse las capuchas, preguntan:

Con dios, os traemos un mensaje… ¿podemos pasar?

Para entonces Clara ya había llegado a la torre de vigilancia y responde:

Buenas tardes… estamos abiertos a escuchar vuestro mensaje, pero nunca dejamos entrar a nadie sin que nos muestren sus caras y nos digan sus nombres.

El primero de los monjes se quita la capucha y dice:

Soy el hermano Sigmund

Y calla, mostrando unos rasgos teutónicos muy marcados, y una coronilla rasurada de todo el pelo rubio que sí que cubre el resto de su cabeza. El segundo tarda unos segundos más y sus movimientos son dubitativos, finalmente aparta la tela que le cubre el rostro y dice:

Soy el hermano…

Y Clara le corta y grita con visible preocupación:

¡Paquito!

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