Capítulo 36. La Ciudad y su historia (II) o la confesión de Clara 1


Clara continúa con su confesión frente a los habitantes del Núcleo:

Y con la dictadura de Paquito perdimohombre no tengo el poder by losinpun in flickr for confesións por completo los pocos valores que el sargento Ramírez había conseguido preservar. Reorganizó la Ciudad bajo su mando todopoderoso y unas ideas tan retrógradas como inútiles: las mujeres, los más ancianos y los tullidos sólo trabajaban en el mantenimiento del asentamiento… cocinar, limpiar y esas cosas, incluso la Amazona y yo fuimos incluidas. A los niños, que no a las niñas, a la docena que había, los llevaron a una casa aparte donde, como si de un internado se tratase, les entrenaban como nuevos soldados y les lavaban el cerebro… algo que lamentablemente llegamos a comprobar… y por su parte, los miembros masculinos del pelotón campaban a sus anchas, con carta libre para hacer, tomar y decir lo que quisieran. Teóricamente justificaban estas ventajas en que eran el sustento y la defensa de todos, algo lo suficientemente estresante en el apocalipsis como para negarles estas prebendas. Aunque en la práctica eran la coacción y el miedo los que las mantenían vigentes, ya que el resto de la población… nosotros… debía cumplir con un estricto reglamento redactado por Paquito, y sobrevivir con unas raciones raquíticas de alimento. Puede que os preguntéis porqué he dicho nosotros, pues porque esta situación la llegamos a vivir juntos el Contador de Historias, la Amazona, Sara y su hija Marta, mi Abuela y yo. De hecho, cuando el golpe de estado se hizo efectivo, tan sólo la Amazona, mi Abuela y yo formábamos parte de la Ciudad; el Contador, Sara y Marta llegaron cuando el asentamiento se había deformado tanto, que nadie recordaba ya al sargento Ramírez.

Implantaron en las mentes de los ciudadanos la idea de que Paquito era nuestro salvador a base de represión y silenciamiento por parte del resto del pelotón, transformando a los supervivientes en meros trabajadores (esclavos, no personas) a la espera de las migajas de los poderosos… y fue en esa época en la que hice eso de lo que tanto me arrepiento… espero que no me tratéis diferente a partir de ahora…

En esos momentos de poder en exclusiva varonil Paquito calculó, por una vez con sabiduría, que su mayor peligro vivía entre sus muros ya que cada vez encontraban menos supervivientes externos. Ese peligro éramos nosotros, los tullidos, las niñas, los ancianos y las mujeres. Vivíamos separados del pelotón, en las peores casas, y salvo en las ocasiones en que esos mercenarios, antiguos militares, se pasaban por nuestros hogares para coger todo lo que querían… y cuando digo todo, es TODO… nunca nos visitaban, ni tan siquiera para vigilarnos. Éramos calaña, un nivel de ser vivo inferior a ellos y Paquito, percatándose de ese descontrol, tomó cartas en el asunto. Escogió de entre los tullidos y ancianos (todos hombres por supuesto), tras entrevistas personales, a los más crueles e influenciables para conformar una especie de guardia local que vigilase la zona en la que vivíamos. Les dio plena potestad para mantener el orden, y en poco tiempo perdieron el control matando a una señorita que se defendió de una violación.

La noche siguiente Paquito me mando llevar a sus aposentos, me ofreció una cena abundante que aproveché sin remilgos y después del postre me dijo con su voz aguda y nasal:

Clara, tú eres militar, lo sé y por eso confió en ti… si por mi fuera todavía vivirías con el resto del pelotón, pero ellos no te respetan porque te ven sólo como mujer, aunque  yo sí que sé que eres mucho más, eres como nosotros, militar, y además eres tan consciente como yo de que lo ocurrido anoche no se puede repetir… yo asigné a esos hombre para protegeros y a pesar de este fallo, sigo pensando que son los más adecuados… pero no son militares como tú y yo… necesitan que les guíen y les enseñen y para ello no hay nadie como tú, el segundo militar con mayor graduación de nuestra Ciudad. Te ofrezco la oportunidad de ser la responsable de esta nueva guardia local… por supuesto tendrás ventajas y por supuesto, tu Abuela también… ¿Qué me dices?”

De repente una mano entre la multitud corta la historia de Clara para preguntar al aire:

¿Cómo es posible que tu Abuela viviera en la Ciudad si llegaste con el pelotón?

A lo que Clara responde concisa para después continuar:

Esa es otra historia… me ofreció el puesto y yo acepté, tras lo cual Paquito me dijo que la confianza que él me daba debía ser recíproca y que no había nada que uniese más que la carne… me acosté con él por el cargo y aunque es una de las experiencias más desagradables de mi vida, pude al menos comprobar dos de los rumores que sobre Paquito corrían por nuestras calles: era unitesticular y bastante más que rarito en cuanto a sus gustos sexuales… aunque mejor dejo el tema que mi tiempo me costó quitarme esas vomitivas imágenes de la cabeza… al día siguiente me presentaron a mis cinco subalternos, a los que no soportaba, pero de los que Paquito no me permitía prescindir. Y a pesar de que al principio traté de estar pendiente de todo y actuar con justicia, al tiempo me acomodé en la posición y dejé hacer a la guardia local… siempre y cuando recibiera mi parte…

En esa época penosa fue cuando el Contador, Sara y Marta llegaron a la Ciudad… mejor dicho, les trajeron… esa era la política que establecieron Paquito y sus mercenarios con los supervivientes que encontraban en sus incursiones por el exterior. Les secuestraban, les traían a la Ciudad y les obligaban a asentarse en ella cumpliendo, por supuesto, el reglamento: los nuevos niños al internado, las mujeres, las niñas, los ancianos y los tullidos al mantenimiento, y los hombres fuertes y sanos al pelotón, cada vez más numeroso y violento. Algunos de esos hombres, los que se negaban a participar, eran mutilados frente al resto en unas ceremonias tan salvajes que aún no podido olvidar y si sobrevivían, entraban a formar parte de los tullidos. Además para mayor humillación dentro de esa sociedad falo-céntrica¹ , antes de dejar el pelotón, les abrasaban el apéndice que la naturaleza escogió para marcar su género… quizás estoy dando demasiados detalles para el propósito de esta reunión… mejor será ir concretando…

Homenaje del autor a Lisa Simpson.


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