Capítulo 31. De cómo Matías se fue y llegó el Contador


Yin Yang Sign by DonkeyHotey in Wikimedia Matías Marta continúa rememorando en la biblioteca para todos los que la quieren escuchar y ahora que ha perdido el miedo, ya no le cuesta contar su historia. De fondo se oye la voz de Carlos el cocinero.

A ver en una hora la primera ronda para la cena…

Cada vez suena más cerca y metiendo la cabeza por la puerta de la biblioteca (tratando de no molestar), pregunta.

¿Alguien me ayuda?

Y mira a Sara y Toni, que con Marta eran hoy los responsables de cocina. Sara asiente, le pone la mano en el hombro a Toni para que se quede escuchando, le dice hasta luego con la mirada a Marta y se va con Carlos a preparar la cena, mientras su hija continúa la narración.

Pues como os decía… la segunda reunión fue un éxito y aunque Matías pensó que había sido por su nota o por el apodo que se había inventado, lo cierto es que el éxito de esta reunión fue debido a la primera… el compañero que había ido, aunque no apreció la arenga de Matías, sí que se percató de la tranquilidad con la que pudo estar sentado en un sillón en mitad de la noche y a unos pocos cientos de metros de las cámaras frigoríficas salvadoras… y se lo contó al resto que, con el agobio que significaba vivir como lo hacíamos, no pudieron resistirse a la oportunidad de disfrutar de un espacio abierto y seguro.

En esta segunda reunión faltaban supervivientes a los que el miedo imbuido por el ciego José de Sousa aún les aprisionaba entre esas pestosas cuatro paredes… los que sí salieron se encontraron sentados en sofás y sillones, recordando los viejos tiempos a través de la comodidad de sus posaderas y escuchando a la primera versión del Contador de Historias, que les comenzó a contar la historia de su vida anterior, donde era considerado un paranoico por sus colecciones de recortes de prensa sobre las noticias relativas a lo que él consideraba que sería el fin del mundo. Entre estas, en su discurso, destacó las del MDPV y las de la guerra de Ucrania, en la que los dirigentes perdieron el control sobre las nuevas armas químicas que estaban utilizando basadas en esta nueva droga… en ningún momento les nombró a los oyentes las palabras sublevación, ni rebelión, porque podían asustarse… sólo les ofreció su pasado y les conminó a otra reunión la noche siguiente.

En la tercera, trajo consigo alguno de sus cuadernos con noticias y nos instó a que le preguntásemos lo que quisiéramos, como en alguna de esas sesiones que también habéis vivido vosotros. Y por fin, en la cuarta reunión, el Contador de Historias, olvidándose de Matías, nos relató su relación con José de Sousa. Cómo se conocieron en la grabación de un programa de misterio en la radio, cómo compartieron sus informaciones y su marginación y cómo comenzaron los preparativos para afrontar el fin del mundo, del que sabían su llegada con seguridad. En esas pocas horas nocturnas que había pasado relatando su historia, el Contador mejoró su oratoria de forma extraordinaria, tanto que incluso se permitió dejarnos en vilo entre reuniones más de una vez…”

Marta sonríe y sigue.

Las noches pasaron y todos los supervivientes reprimidos terminaron yendo a la zona de sillones donde el Contador de Historias, a pesar de que aún le llamasen Matías, nos relataba la caída del antiguo sistema. Él, que no quería forzarnos demasiado, dejó su verdadero objetivo para después de una semana, pero cuando llegamos, fue con todo. Nos insistió en que José de Sousa había perdido la cabeza, que estas reuniones demostraban que todos pensábamos así y que no podíamos seguir viviendo sometidos por el miedo que nos infundía. Durante las noches siguientes fomentó de manera consciente la rabia y la ira frente al ciego y sus guardaespaldas, yo lo sé porque me lo confesó arrepentido después. Pero antes de esa confesión, llevó a cabo su plan y en la décima reunión (creo), la pregunta de uno de los asistentes sirvió de percutor:

Matías… ya nos has convencido pero… ¿Cuándo vamos a quitarnos de en medio al ciego? ¿Cuándo vamos a ganarnos nuestra libertad?”

Tras pensárselo unos segundos, Matías respondió.

“Ahora”

Y todos marchamos a las cámaras siguiendo su estela mientras por el camino recogíamos armas improvisadas (maderos y tal) y otras mucho más reales (como cuchillos). En el tiempo que tardamos en llegar observé cambios en la actitud del grupo, cómo toda la ira inducida por Matías y la acumulada por si mismos iba tiñendo de sangre sus ojos y haciendo que sus sienes palpitasen ostensiblemente. Había algo en el ambiente que no me gustaba pero era demasiado inocente para entenderlo, además la idea de reencontrarme con mi madre borraba cualquier temor.

Entramos en la primera cámara y aporreamos la puerta de la segunda hasta que abrieron, entonces nos avalanzamos en tromba golpeando a los antiguos cocineros sin piedad. Mientras el resto les inmovilizaban, Matías y yo nos escurrimos hasta la siguiente puerta a la espera de un resquicio que nos permitiera entrar, y como la curiosidad mató al gato, cuando todo pareció calmarse un poco (a pesar de que los guardias estaban llenos de golpes y atados) José de Sousa no pudo resistirse a entreabrir la puerta para comprobar que ocurría, necesitaba escuchar con nitidez ya que las gruesas paredes ahogaban los sonidos.  Momento que aprovechó Matías para empujarla con fuerza, golpeando la nariz del ciego y haciéndole caer retorcido de dolor. En pocos minutos nos hicimos con el control y cuando Matías salió a la segunda cámara con José de Sousa maniatado, se desató la euforia, una euforia violenta.

Los supervivientes gritaban y algunos, los más asustados, comenzaron a soltar sus temores soltando patadas a los ahora inofensivos guardias. En ese momento Matías entró en una especie de trance y la calmada expresión que yo conocía se transformó en otra horrenda al decir las siguientes palabras.

José, nos conocíamos y confiábamos el uno en el otro, pero tú me traicionaste y lo que es peor, traicionaste a toda esta gente, antes indefensos. Tú les ayudaste a sobrevivir y también fuiste tú quién les encerró en tu propio sueño dictatorial…”

El ciego trató de defenderse pero Matías, con la mirada perdida y un rictus gobernado por la venganza, le golpeó en el estómago cortándole la palabra y Matías con la frialdad de un psicópata, continuó su discurso.

“…cómo tú les has traicionado, ellos serán quienes te juzguen…”

Y fue entonces cuando me percaté, aunque os sorprenda tamaña clarividencia por mi juventud, de lo que iba a pasar si Matías continuaba y traté de pararle mientras gritaba que no era necesario todo eso. Pero Matías me golpeó en la cara y me tiró contra la pared, después, con el ansia y las ganas de revancha en los ojos expectantes del resto de supervivientes, terminó de hablar.

“…ellos te juzgarán tan duro como consideren, porque merecen justicia y ahora se la van a tomar…”

Empujó al ciego al centro del corrillo que formaban los actuales jueces y verdugos, pasadas víctimas, y donde ya estaban, sangrando como cerdos, la antigua seguridad.

“Haced con ellos lo que creáis conveniente…”

Seguí gritando que no había porqué hacerlo, que podíamos retenerles y que éramos mejor que eso, aunque no sirvió de nada, nadie me escuchó y comenzaron una orgía de sangre y venganza que Matías observó eufórico, como si fuese un dios jugando con la vida y la muerte. Aterrada y con ganas de vomitar me encerré corriendo en la cámara donde el ciego retenía a mi madre, a la que no hice caso hasta ese momento debido a las circunstancias. Me giré hacia la cama donde ella resoplaba dormida a causa de los calmantes que José le administraba para mantenerla controlada…”

Marta ha soltado todo esto de un tirón, como si ella no lo hubiera vivido, pero ahora, durante un minuto, para la narración y también resopla, para no llorar.

Mi madre no despertó a pesar del estruendo asesino proveniente de detrás de la pared, me acurruqué a su lado y esperé a que todo pasara. Tras unos minutos el ambiente se calmó y los gritos de odio desaparecieron, y como una hora más tarde, comencé a escuchar otros sollozos aparte del mío. De repente la voz de Matías surgió en forma de grito desde el otro lado de la puerta.

“¡Marta perdóname! ¡No pretendía que esto pasase, sólo quería liberarnos! Evitar que José siguiera mangoneándonos, pero ahora están muertos… es mi culpa… y aunque me arrepiento, Matías podría volver a hacerlo… yo no quiero ser Matías… no puedo serlo porque si lo soy, me seguiré sintiendo como el asesino que he descubierto que puedo llegar a ser… gracias a cuidar de ti y a tu cariño inventé al Contador de Historias…. ¡Él era el que hablaba todas estas noches! No era Matías, él es un cobarde con ínfulas de superioridad, asesino e incapaz de escuchar… Marta, lo siento, has sido la única que ha mantenido la cordura en este violento caos… no quiero volver a ser Matías, necesito que me ayudes a seguir siendo el Contador de Historias… hacer que esta oportunidad, puede que la última, funcione… y nunca lo hará si Matías sigue en el grupo… ¡Ayúdame a ser el Contador de Historias! ¡Ayúdanos a lo lograr lo que os conté y no lo que he hecho!… por favor…”

Abrí la puerta y a pesar de que estaba cubierto de sangre, en su mirada vi al hombre que me salvó del fin del mundo y me protegió del ostracismo y que, como acababa de confesar, no se llamaba Matías, se llamaba el Contador de Historias

Carlos vuelve a interrumpir, aunque esta vez abre la puerta por completo y anuncia que la cena ya está lista. Mientras los oyentes se levantan, Marta termina.

…nunca más volví a ver a Matías y… resumiendo… es por eso que el Contador me ha confiado las llaves de la biblioteca… por cierto… nunca le llaméis Matías.


A la misma hora en que los supervivientes del Núcleo cenan, la expedición de la granja redobla la seguridad después de haber leído aquel diario y descubrir que a menor escala, la ciudad sigue activa. La Amazona y Malik se ocupan del primer turno, el Contador y Paco del segundo.

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