Capítulo 30. De cómo el Contador encontró su Nombre 1


Marta, a estas alturas de la historia ya no puede parar de hablar y pese a las interrupciones, ella continúa.

José de Sousa secuestró a mi madre como su concubina, a una puerta de distancia… era frustrante, pero peor fue cuando comenzó a correr el rumor de que mi madre no se había ido con el ciego por coacción, si no por las ventajas que tendría… dijeron barbaridades personas que luego serían grandes compañeros… yo sé que tenían miedo que tenían miedo, pero nunca olvidé que me dieron de lado en uno de los peores momento de mi vida… espero que nunca hayáis sentido la soledad más profunda en tan pocos metros cuadrados (sobrepoblados) como yo la sufrí… me llegaron a negar la comida aunque como José tenía planes a largo plazo no permitía que a nadie le faltase alimento: “os necesitaré a todos para reconstruir el mundo…” repetía.

Pasé tres días en el ostracismo absoluto, era una pequeña sombra empujada y ninguneada hasta que Matías me despertó una mañana y me dijo con sequedad, como si su mente barruntase algo: “Coge tu “cama” y ponla aquí con la mía… las locuras de José te han dejado sola y eso no puede ser, a partir de ahora estás bajo mi protección… a pesar de que últimamente eso no significa mucho”.

Y lo cierto es que desde hacía ya un tiempo la dupla decisoria que había formado con el ciego se había desvanecido, y aunque el resto de supervivientes todavía le respetaban, su opinión ya no era ni tan siquiera considerada. Aun así para mí supuso un cambio drástico, de hecho cada noche acercaba mi mantas a las suyas y es que cada día que pasaba, más echaba de menos el calor y el cariño humano…

Algunos adolescentes en la biblioteca soltaron unas risitas nerviosas y malpensadas.

En otras palabras, para los que no sabéis leer entre líneas… tenía miedo y quería estar con mi madre, pero a ella la había secuestrado el ciego… y mi temor llegó a un punto tal, que tras una pesadilla no pude resistirme a abrazar a Matías, no lo pensé y me ayudo tanto que después de asegurarme de que no le molestaba, lo convertí en costumbre durante esa época. Y en cierta medida gracias a ello comenzó su vida como el Contador

Marta se toma un pequeño respiro como para darle emoción.

En una de esas noches que compartía con Matías noté movimientos extraños a mí alrededor y me desperté justo en el momento en que él salía al exterior, vi como cerraba con cuidado la puerta y me intenté mantener despierta hasta que volviese pero no lo conseguí. Al día siguiente traté de preguntarle por el tema pero tampoco lo conseguí y esa misma noche me propuse no dormir para seguirle o al menos para pillarle con las manos en la masa y que tuviera que confesar. Conseguí esto último.

Matías volvió a despertarse en la madrugada y antes de que se levantase, agarré la manga de su camisa y le pregunté por sus escapadas, a lo que me respondió: “Ya sabes cómo está actuando José desde hace un tiempo… como un loco, y por mucha razón que tuviera en el estallido de todo esto… ahora no sé si debemos seguirle… por eso estoy saliendo al exterior, confío en que esté todo mucho más tranquilo de cómo lo dejamos, ya que según nuestra teoría todos esos químicos (no creo que usase ese término) que mataron a nuestras familia tenían una especie de sobredosis y al tratarse de una droga, después de X tiempo podríamos salir porque sufrirían algún tipo de efecto secundario o síndrome de abstinencia que les debilitaría haciendo a los supervivientes, seres libres al fin para comenzar un nuevo mundo…” Y así continuó susurrando durante unos minutos, bueno ya sabéis como puede enrollarse el Contador.

Los oyentes rememoran y dejan escapar una sonrisa, todos habían pasado por ello.

Y tras decirme que hasta ahora no había encontrado razón alguna para seguir encerrados, que muchos de los monstruos yacían inertes sobre el suelo y que la mayoría parecían haberse ido, me instó a dormir, algo que ante las buenas nuevas, cumplí con gusto.

Pasó más tiempo, seguíamos encerrados y la investigación de Matías ya había corroborado que podíamos ampliar nuestras fronteras hasta el piso superior del Ikea, donde estaban nuestras cámaras frigoríficas. En el mismo tiempo y frente a esto, la deriva dictatorial y de gobierno del miedo del ciego y sus cocineros se había recrudecido. Consiguieron la total sumisión del resto…

“¿Y que le pasó a Sara? ¿Tu madre seguía secuestrada?” Una voz aguda corta a Marta, que responde.

Mi madre no pudo escapar de su cautiverio hasta que no lo hicimos todos… en cuanto a qué le pasó, si ella quiere ya os lo contará y por favor, dejad de interrumpirme que no estoy acostumbrada a hablar tanto y me pierdo… bueno… ¿dónde estaba?… ¡ah, sí! José de Sousa cada vez imponía más reglas y su guardia las hacía cumplir, todos salvo Matías vivíamos aterrados. Él ya no se relacionaba con el ciego y mantenía un perfil bajo, no hablaba con casi nadie (en tan poco espacio no era seguro, me reconoció más tarde) ni se quejaba del trato que nos daban, pero todos las noches continuaba saliendo al exterior. Hasta que llegó una en la que decidió llevar a cabo su plan, preparado con calma.

Esa noche dejó una nota a cada uno de los supervivientes, salvo a los que podéis imaginar, y puso algo así como: “Somos más libres de lo que creéis, no tenemos que seguir encerrados aquí, podemos utilizar toda la planta del Ikea para vivir más como personas y menos como ganado… llevo muchas noches comprobándolo, os espero en la sección de los sillones (dibujó un pequeño croquis de cómo llegar). Después de que José y sus perros se hayan echado a dormir. Firmado, V”. La verdad es que desde hacía unas semanas era sencillo salir porque en otra decisión unilateral, los cocineros se habían apropiado de la cámara que usábamos todos de dormitorio y nos hacían dormir en la zona de convivencia al lado de la salida.

Esa noche me desperté a la par que Matías y fui con él a la reunión y lo cierto es que no tuvo mucho éxito ya que sólo otra persona más se atrevió a venir (ya no recuerdo su nombre) y tras dos horas esperando a que llegasen más, cosa que no pasó, Matías nos soltó un discurso abstracto y confuso sobre la libertad que habíamos perdido al confiar ciegamente todas nuestras decisiones a José de Sousa y de cómo debíamos rebelarnos si no queríamos estar tan muertos como los monstruos de los que nos escondíamos… pero no funcionó. El único oyente, antes de marcharse y con miedo en la voz ante tanto tiempo en el exterior, paró el discurso de Matías con un: “¿Qué te crees? ¿Nuestro héroe? Mira que firmar como V de Vendetta… ¡No me cuentes historias!”.

El fracaso de esta primera reunión fue rotundo pero Matías no se rindió y al día siguiente nos dejó a todos otra nota:

“Recuerdo a un grupo de personas valientes, cansadas de sufrir vejaciones y de soportar prohibiciones ajenos que tomaron la decisión de sublevarse. Les recuerdo en las calles y en las plazas, en los ríos y en las montañas, pero nunca les vi encerrados como cobardes entre cuatro paredes. Corrían y luchaban, se rebelaban contra la autoridad injusta porque… cuando la tiranía es ley, la revolución es orden… Atreveros a venir hoy a la noche a la zona de los sillones de esta planta (de nuevo un croquis para llegar), cuando vuestros carceleros se encierren en lo que antes también era vuestro dormitorio, salid con cuidado de la cámara. El exterior es seguro, soy la prueba viviente. Firmado, El Contador de Historias”.

Y esta reunión fue un éxito porque a veces las cosas cuadran…

De cómo el Contador de Historias encontró su nombre

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