Capítulo 27. De cómo en el Ikea, Sara y Marta sobrevivieron 4


Ikea_Manchester_-_geograph.org.uk_-_1279125 by Gerald England in Wikimedia. IkeaLa historia comienza en el Ikea, el día en el que la primera Nube que se escapó de la guerra en Ukrania se extendió por Europa y, por desgracia, llegó por sorpresa a la ciudad donde vivía con mis padres y mi hermano pequeño…

Se nota que Marta ha aprendido a atraer la atención con sus palabras y sentada en el sitio del Contador de Historias y con la chavalería del Núcleo a su alrededor, un aura de conocimiento la rodea. Una lágrima recorre su mejilla al hurgar en sus recuerdos, sólo una, y continúa.

Pues ese fatídico día en el Ikea, a pesar de ser un día laboral, había una marabunta de gente, por fortuna, mucha menos que un sábado cualquiera. Todos éramos unos inconscientes, salvo dos personas de las que ya os hablaré… uno de ellos, días más tarde nos llamaría borregos… pero me estoy adelantando a los acontecimientos. Estaba en el peor día de mi corta vida, pero no lo sabía, y eso que empezó genial. Como estábamos de mudanza mis padres se cogieron un par de días de fiesta, el primero ese jueves, y no nos llevaron al colegio, nos llevaron al Ikea a elegir nuestros dormitorios… éramos peques felices y por tanto, algo pesados…”

Marta sonríe y le guiña el ojo a Omar, que antes de la marcha de la expedición, con la euforia de la llegada de Malik, había sacado a más de uno de sus casillas contándole todas las bondades de su padre. Y Omar le devuelve una sonrisa melancólica acompañada de un suspiro.

Todavía era demasiado pronto para que la mayoría de las personas que seguían los caminos impuestos por Ikea comiesen, pero nosotros éramos niños, y además pequeños, así que nuestro turno empezaba antes. Tanto mi hermano como yo escogimos espaguetis con tomate (y agua) y albóndigas (de caballo) en el buffet mientras nuestros padres se tomaban un café. En un momento dado escuchamos algo parecido a quejidos o toses pero el hilo musical y la normalidad que todavía nos rodeaba hicieron que no les diésemos importancia. Mi madre me acompañó al baño y en una mirada, que sería la última feliz aunque yo no lo sabía, vi como mi padre dejaba sólo en la mesa a mi hermano durante lo que creía que serían dos minutos rellenando el vaso de plástico de cafeína, pero que fue por siempre…

Ahora la narradora calla un instante al ver como Sara, su madre, llora desconsolada y como sobresale por su altura adulta del corro de niños, no puede ocultarlo. Toni acaricia su espalda con respeto, varios de los más pequeños se acercan a gatas mostrando empatía y con toda la suavidad que pueden, le acarician las piernas; y Marta se levanta haciendo ademán de acercarse. Pero Sara se recompone rápidamente y con una expresión dura aunque llena de cariño, le pide a su hija que continúe. Ella le hace caso.

Estábamos en el baño cuando oímos el fin de nuestro mundo más allá de los azulejos, tardamos en salir lo que tardamos en limpiarnos y no precisamente las manos, pero ya era demasiado tarde…

Durante un segundo Marta sopesa cómo contar el resto de la historia, decide hacerlo rápido y claro.

Cruzamos la puerta y los cinco minutos siguientes pasaron a cámara lenta, como si pasará una hora… nuestra mesa estaba invadida por esos… algunos les llamáis zombis, pero no están muertos; otros les llaman víricos, pero no están infectados por ningún virus… están drogados como sabéis… bajo los efectos de reacciones químicas creadas por el hombre, así que se me ha ocurrido llamarles “químicos” el resto del relato… en fin… los “químicos” rodeaban nuestra mesa, a mi hermano le estaban comiendo literalmente el cuello y mi padre se tiraba sobre ellos tratando de que le soltasen, me quedé congelada por el miedo pero cuando levanté la vista, me hizo gritar. Por todo el piso, con una extensión enorme de nave industrial, corrían “químicos” (porque estos corrían) saltando sobre las pocas personas que quedaban vivas y que aún no habían inhalado el gas de la Nube (ese fallo militar) que derribó Europa y que según me contó mi madre ayer, un mensaje de radio ha dicho que está avanzando ahora hacia Oriente Medio

Lo único que pude hacer fue agarrar con fuerza la mano de mamá, que cuando me sintió, decidió quedarse conmigo en vez de morir con mi padre y mi hermano en un intento vano de salvamento… gracias, sin ti estaría con Lorién… no sé lo que harías tú en ese momento mamá, pero yo sólo podía mirar como con sus últimas fuerzas, mi padre gritaba:

Iros, tenéis que vivir… os quiero…

Y comenzó a morir matando, sacó ojos, arrancó dientes y mordió orejas, pero ni los cuchillos sin filo ni los tenedores de nuestra comida impidieron que muriese y cómo mi hermano, sirviese de carnaza para todos esos “químicos”. Entonces, con la única salida de la muerte en la cabeza, una voz nos gritó desde la barra del restaurante del Ikea:

¡¡Rápido, por aquí!! ¡Conocemos un sitio seguro, antes de que se filtre más gas!

Quién nos urgía llevaba una máscara de gas y dirigía un pequeño grupo de supervivientes de la mano de un hombre mayor con unas gafas tan grandes, que hasta yo con mi poca experiencia, sabía que indicaban que era ciego. Mi madre no lo dudó un instante y cogiéndome en brazos me llevó hasta ellos… y… ¿quién era nuestro salvador con máscara de gas?…

Los más pequeños gritan orgullosos de su sabiduría.

¡El Contador de Historias!

Y Marta se ríe, aunque una pequeña congoja la entrecorta.

Muy bien, así es, era el Contador de Historias que…

Pero uno de los niños más cercanos al límite con la adolescencia, le espeta.

Eso no es razón para que te de las llaves de la biblio…

Marta le devuelve el corte.

Deja que termine la historia y lo entenderás…


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