Capítulo 25. Un día en el Núcleo (III). La Biblioteca 2


Capítulo_25_un_día_en_el_núcleo_iii_la_bibliotecaEl tiempo de la siesta termina y los habitantes del Núcleo comienzan a despertar, salvo los dos que tienen guardia de tarde, ellos no despiertan porque sus obligaciones no les han permitido dormir.

Toni abre los ojos y un pensamiento retumba en su cabeza, “voy a estar toda la tarde con ella”. Marta también abre los ojos y un pensamiento retumba en su cabeza, “voy a estar toda la tarde con él”. Toni se levanta de la cama y va directo a la puerta del dormitorio de Marta, entre figuras humanas que ahora no se esfuerza en distinguir (¿cuántos vivimos aquí juntos? Se pregunta), ahí, al fondo, ve la silueta de su anhelada estirándose y sonríe. Pero la sonrisa le dura poco ya que unos pocos segundos después Carlos aparece, con cierta premura en su rostro y empujándole educadamente, su rechoncha y amplia palma de la mano en la espalda del muchacho, se lo lleva a la cocina mientras le habla sin esperar respuesta (tras el fin del mundo la única jerarquía que todavía se respeta de forma natural es la de niños y adultos, y Toni sigue siendo un niño).

Buenas chaval ¿Has dormido bien? Eso espero… vamos ya a la cocina que tenemos mucho que hacer… aparte de la cena, tenemos que preparar varias conservas… el calorcito primaveral se está empezando a notar y no podemos desperdiciar comida… mira, así hablando, ya hemos llegado…

Sin distracciones femeninas y con Carlos teniendo las ideas muy claras, comienzan a sacar los ingredientes necesarios: vinagre, azúcar, sal, mucha sal y algunas hierbas que Toni no reconoce. Lo que sí reconoce un par de minutos después, es la voz de Sara, la madre de Marta.

Hola… ¿qué tal?

Saluda ella.

Buenas… muy bien ¿y tú?

Responde Carlos.

Descansada… a ver, tenemos que preparar conservas ¿no?

Sí, aunque es una pena que no pueda venir Marta, nos habrían venido bien otro par de manos…

La vergüenza de adolescente idiota que le había impedido girarse hasta el momento se transforma en desparpajo y Toni con una sonrisa entre amable y nerviosa se gira para preguntarle a Sara algo que ella responde de antemano sin saberlo.

Tranquilo Carlos porque Sofía me ha dicho que vendrá alguien de otro grupo a ayudar mientras ella prepara con Marta la biblioteca y le explica mejor las responsabilidades que el Contador le ha dado al entregarle la llave…

A Toni la respuesta no le gusta ni le calma como a Carlos, no la va a ver hasta que no terminen la tarea y será en esa biblioteca de la que todos hablan, que además estará repleta de gente. Pero bueno, a pesar de ser un adolescente, le ha tocado vivir mucho ya, lo suficiente como para suspirar y pensar, “la veré luego, un poco más tarde, pero la veré… además no tiene a donde ir…” y sonríe calmado mientras comienza a trabajar con redobladas energías, cuanto antes terminen, antes la volverá a ver.

Marta espera en la biblioteca a que Sofía vuelva con el resto de habitantes del Núcleo, se la van a enseñar a todos, salvo por supuesto a los miembros de la expedición a la granja que a estas horas están limpiando la casa donde Malik ha dibujado su símbolo abstracto. Aunque como es normal nadie en el emplazamiento conoce nada de eso, llevan tiempo tratando de enviar mensajes por la radio pero hasta ahora sólo los pueden recibir y a duras penas. A pesar de esto, Marta está nerviosa por otras dos cosas ahora mismo: la responsabilidad que acaba de ganar sobre el grupo a través de la biblioteca y cómo no, que por fin va a volver a ver Toni. Sofía y ella han estado toda la tarde repasando las reglas que imperarán para la conservación de la cultura que ahora allí reside. También han limpiado mejor el lugar porque, aunque el Contador ha ordenado todos los ejemplares con minuciosidad bibliotecaria, nunca le había importado en exceso la suciedad ambiental.

Antes de que Marta pueda darle más vueltas a la cabeza, un bullicio nervioso empieza a apoderarse del pasillo, se va acercando poco a poco y por extraño que parezca, muy rápido, y de repente explota cuando Sofía abre la puerta y el resto de personas del Núcleo entran sorprendentemente ordenados para el ruido que generan. Se van sentando en las sillas los mayores y en el suelo los niños, quienes conocen a la perfección el aula y que aun así se revuelven ansiosos por las novedades que se esconden tras esa reunión. Los demás se apoyan sobre mesas o contra paredes y progresivamente el silencio se va haciendo fuerte hasta que vence al bullicio y conquista las voces de los presentes.

Mientras Sofía carraspea y comienza a hablar, Marta busca entre todas esas caras conocidas las que le son más conocidas, pero entre las, por lo menos, treinta personas que están enfrente de ella no encuentra ni a su madre ni a Toni. Tampoco ve a Carlos así que supone que seguirán en la cocina, trabajando. Sofía vuelve a carraspear y continua con su monólogo sobre lo importante que puede ser la biblioteca para su futuro y el pensamiento de Marta vuela durante unos instantes. “Pero… ¿cuántos vivimos en el Núcleo? Cómo mínimo treinta… aún recuerdo cuando éramos tres y… y también cuando fuimos más…”

El tercer carraspeo la trae de vuelta y se despeja justo cuando Sofía enumera las normas de uso.

  • No se sacarán libros, cómics o juegos de la biblioteca
  • Todos los ejemplares se tratarán con cuidado (manos limpias, mesas limpias…)
  • No se podrá comer en la biblioteca
  • La encargada principal de la biblioteca será Marta, por deseo expreso del Contador y la aprobación del Consejo… Todos sabemos que estas preparada, confiamos en ti.

Y con la misma naturalidad con la que ha dicho lo dicho, la abraza y da por cerrada la reunión. Clara es la primera en salir de la biblioteca seguida del resto de adultos, que parecen no tener dudas ni interés, y es en ese momento cuando varios de los niños, de manera infantil, es decir, a su manera, empiezan a quejarse porque Marta tenga llaves y el resto no. Que ella pueda entrar cuando quiera y ellos no. Marta recapacita sobre cómo afrontar la situación durante unos minutos, pocos, en ese lapso de tiempo, en el que aprovecha para cerrar los ojos, su madre y Toni entran (Carlos nunca fue aficionado a la lectura) y cuando los abre, como si su sola presencia la inspirase, empieza a hablar con una voz autoritaria pero dulce que calma a los envidiosos, enorgullece a Sara y porque no decirlo, le produce unas cosquillitas en el bajo vientre a Toni.

A ver, creo que para entender porque el Contador de Historias me ha confiado las llaves, será mejor que sepáis cómo le conocimos mi madre y yo… ¿queréis saberlo?

El silencio y los ojos clavados en ella le indican que la respuesta es positiva… qué voz más milagrosa.

Entonces dejadme que os cuente la historia… una historia que comenzó en Ikea


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