Capítulo 23. Un Día en el Núcleo (II). Roces 1


hands-437968_640 by Takmeomeo from Pixabay. RocesLa avanzadilla comienza a moverse por entre los silos, Malik y Paco adelantados y la Amazona detrás, controlando la situación a nivel de suelo mientras que el Contador lo hace desde lo alto de la colina… pero eso todavía no ha ocurrido, sucederá más tarde, dentro de unas horas… ahora estamos en el Núcleo, a media mañana, y Marta y su madre, Sara, vuelven a la cocina con el balde lleno de agua, entre los cuatro responsables de cocina se organizan.

Los adultos, el cocinero Carlos y Sara, comienzan a limpiar la estancia, cuán importante es la higiene en estos tiempos, y los adolescentes friegan, Toni pasa el estropajo y Marta aclara. Pasan los minutos y se pasan la vajilla y sus dedos se rozan, no pueden hablar ni mirarse, que sería de la adolescencia sin estos primeros rubores y anhelos románticos. Por el contrario, Carlos y Sara barren el suelo y quitan el polvo y las migas de las mesas, de vez en cuando paran de tararear para marujear un poco, lo que antes era tarea de los centros de inteligencia y del espionaje, hoy las cumple el campo de los cotilleos, porque cuando los gobiernos y las corporaciones desaparecen, los humanos resurgen…

De repente un grito de dolor, todos se giran hacia Marta que tras el susto inicial, tan sólo se permite soltar un pequeño quejido de dolor. Toni, al percatarse que le ha pasado el último chuchillo al revés, con el filo hacia ella (problemas del no mirarse), pide perdón arrepentido y superando la vergüenza romántica, observa preocupado el corte en la palma de la mano de la adolescente y le pasa un trozo de tela “limpio” que iban a utilizar como trapo. Sara se acerca rauda y se ofrece a acompañar a su hija a la enfermería, pero Toni salta nervioso.

Por favor, ha sido mi culpa… déjame ayudar.

Esto último se lo dice directamente a Marta y su madre, después de comprobar que la herida no es profunda, espera a que su hija decida.

Vale, ven…

Sonríe y continúa.

Pero no necesito ayuda…

Los dos jóvenes se miran durante unos instantes, cortos para ellos y largos para los demás. Sara se queda un rato en blanco porque a su instinto maternal le asaltan dos sentimientos que se enfrentan, lo positivo de que su hija, por primera vez, pueda tener unas relaciones normales (como las que recuerda a su edad) en un tiempo que sólo pone trabas, y el miedo a perderla que le acompaña constantemente desde que sobreviviesen al fin de la sociedad. Carlos pone fin al impasse con unas palabras burlonas acompañadas por una de sus típicas sonrisas socarronas, entre burlonas y bonachonas.

Bueno parejita, mejor que vayáis a la enfermería… de todos modos en nada tendríais que ir ¿no? Hoy tenéis primeros auxilios con Josep.

Los adolescentes asienten y sólo después de que Sara le dé un cariñoso beso de “cura sana” a su hija, salen de la cocina. Al pasar la puerta, unas risitas se oyen a sus espaldas y es entonces cuando se dan cuenta de que se han cogido de la mano, de forma natural, entrelazando los dedos. Se sueltan rápido, con brusquedad, y vuelven a mirar al suelo con vergüenza… esas primeras veces…

En la enfermería Josep le hace la cura a Marta con su sequedad habitual (objetividad le llama él) y aprovecha a estos ayudantes inesperados y que aún falta media hora para que llegue el resto, para hacer el registro diario de suministros médicos que quedan en la consulta.

Ayudadme a hacer el inventario de medicamentos de hoy.

Ni Marta ni Toni dicen nada, sólo comienzan con el recuento. Pasan los minutos y se pasan los medicamentos y sus dedos vuelven a rozarse.

Después su día se sucede acelerado, como si esos tiempos muertos en los que se han tocado hubieran consumido el resto de horas de la jornada. Ninguno de los dos hace caso a las indicaciones que Josep les da a los jóvenes sobre como entablillar una pierna, aún se recuerdan y a hurtadillas, se buscan con la mirada. Comen separados, en turnos distintos, en el asentamiento siempre hacen dos, así es más cómodo y se asegura que nadie coma sólo. Como responsables de cocina de hoy, recogen la comida rodeados de otros, que ayer no molestaban pero que ahora están de más, y después se van a echar la siesta, costumbre instaurada tácitamente como símbolo de la tranquilidad conseguida en el Núcleo. Cada uno en su cama, en habitaciones separadas y mientras se les cierran los ojos, recuerdan la mañana.

Aunque ya habían tenido conatos, nunca los sentimientos habían aflorado de forma tan comprensible para los adolescentes. Antes de dormir ninguno de los dos pueden parar de pensar. Toni duda.

¿Y qué hago? La invito a jugar… no seas crio… ¿a dar una vuelta?… ¿mejor hablo con ella? ¿Y cuándo? Siempre hay gente… después de la sorpresa del Contador que nos han contado… ¿le digo qué me gusta?… y si me dice que yo a ella no…

Marta, por su parte, tiene el alma dividida entre la responsabilidad de la nueva biblioteca y las ganas de profundizar en las sensaciones de hoy, tan atractivas como desconocidas. Y sin que ninguno de ellos llegue a decidir nada, los nervios de la novedad les pasan factura y se duermen con un único pensamiento.

Hoy por la tarde la volveré a ver.

Hoy por la tarde le volveré a ver.


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