Capítulo 22. Expedición a la Granja (I) 8


640px-Main_barn_and_silo_at_the_McDonald_Farm from WikimediaLos cuatro componentes de la expedición a la granja avanzan por el yermo paisaje que ha dejado el abandono humano y tras dos horas de marcha al norte, se toman un pequeño respiro que cada uno aprovecha a su manera. Paco, como es costumbre, se aleja un par de metros para miccionar y el Contador, el miembro más viejo, se sienta en una roca erosionada de manera tan curiosa que se asemeja a un sillón orejero mientras bromea con el primero.

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¿Conocéis ya la naturaleza burlona que el Contador saca a relucir cuando está fuera del Núcleo? Él es así, además viene aderezado con cierta verborrea, lo que le lleva a decir frases del estilo continuamente, cualquiera diría que se siente más feliz con los peligros del exterior que con los que surgen en el asentamiento. Por su parte, Amazona echa un trago a su cantimplora y observa desde la distancia su asentamiento. Ese antiguo internado en mitad de ninguna parte con muros exteriores que rodean al edificio central donde ellos residen le transmite esperanza, al fin y al cabo es el primer dormitorio al que llaman hogar desde que la sociedad occidental desapareció sepultada por sus propios principios.

Malik espera resignado a que sus acompañantes caucásicos se recuperen, le queda cuerda para rato debido a su pasado deportista, de hecho, él hubiera seguido por unas horas más, pero entiende (y entiende bien) que por ahora no tiene voz, ésta es su primera misión con sus nuevos compañeros y conoce su lugar.

El descanso termina y vuelven a caminar hacia la granja, dirección norte, con cuidado de no torcer el rumbo ni lo más mínimo hacia el este porque ahí, en el noreste, está la pequeña ciudad (si se le puedellamar así) que un día reunió a los fundadores del Núcleo, pero a la que ahora tienen prohibidas las visitas e incluso acercarse a las carreteras nacionales de sus cercanías… algún día, alguien querrá saber lo que allí ocurrió, aunque ese día todavía no ha llegado…

Horas de camino, descansos aderezados por el burlón Contador del exterior, continuos viajes al baño de Paco y conversaciones trascendentes e intrascendentes salpicadas de leves tensiones surgidas de ruidos desconocidos a su alrededor, se ven resumidas a un simple párrafo por el poder y la gracia del bolígrafo. Después, a media tarde, llegan a la granja y la observan desde una estratégica colina.

En una explanada bucólica se extienden los módulos que conforman el lugar, una nave con las puertas abiertas lo suficientemente grande como para albergar maquinaria pesada, un par de silos que se quejan del tiempo crujiendo con el viento y al fondo, lo que fue la casa del dueño de todo lo demás; aunque las promesas que esconden los edificios no se pueden comparar con la alegría que sienten los expedicionarios al corroborar con sus propios ojos que han tomado la decisión correcta al venir. Ante ellos hay organizados pequeños huertos, bien diferenciados por tipo de cultivo y lo que es mejor, con apenas signos de abandono.

La Amazona toma la iniciativa.

A ver, esos campos cultivados son una señal engañosa… nos vendrán muy bien, pero su estado también indica que alguien vive o ha vivido aquí hasta hace poco… así que deberíamos elaborar un plan antes de entrar a trompicones… la ciudad está demasiado cerca como para no tener cuidado… ¿alguna idea?

Malik sin ninguna vergüenza ofrece la suya.

Tenemos dos walkie-talkies ¿no?… uno de nosotros se puede quedar aquí y dirigirnos al resto desde esta posición tan ventajosa y avisarnos de las posibles sorpresas…

Todos asienten y la Amazona termina la organización.

De acuerdo, Contador, tú te quedas aquí con el walkie y los prismáticos. Nosotros bajaremos la colina por la ladera de aquel lado y entraremos por detrás… primero comprobaremos si queda alguien vivo, luego ya nos pararemos a recoger lo que hemos venido a buscar…

El grupo muestra su acuerdo con semblantes serios, determinación en la mirada y un minuto de recogimiento antes de separarse. En la despedida, el Contador saca de nuevo a relucir el temperamento dicharachero que se le apodera cuando sale al campo y, mientras se alejan, les comenta por el walkie.

¿Os había dicho alguna vez que yo trabajé en el campo?… Qué duro era… fui agricultor durante seis meses… y en verano, que los días son más largos…

A pesar de que no se paran a pensar si tiene gracia o no, una ligera sonrisa surge en los labios de los tres componentes de la avanzadilla, pero desaparece en unos pocos instantes. Han llegado a la trasera del lugar, ahora no hay chascarrillos, ahora todo es concentración. Ahora, ellos son el silencio.


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